ANTONIO AVENDAÑO
En política internacional es malo ser un país pobre, pero es aún peor ser un país inexistente. A los primeros suelen engañarlos únicamente los países más grandes que ellos, mientras que a los segundos acostumbra a engañarlos todo el mundo. A veces, quienes los engañan ni siquiera saben que lo están haciendo.
Es lo que le está ocurriendo al Sáhara Occidental: que la Unión Europea estaba engañando a los pobres saharauis sin saber siquiera que lo hacía. Es verdad que también los engaña Rabat, pero es que Rabat lo hace de oficio, mientras que Bruselas lo hace por pereza, por olvido: porque un país inexistente raramente crea problemas.
Según las leyes internacionales, los beneficios del acuerdo de pesca que los europeos firmaron con Marruecos en 2007 deberían llegar también a los exhaustos bolsillos de los saharauis porque es en los bancos del Sáhara, y no sólo en las aguas marroquíes, donde el acuerdo autoriza a faenar a los barcos de la Unión. Pues bien: ha sido necesaria la tenacidad (no remunerada) de una organización no gubernamental como Western Sahara Resource Watch para que (la bien remunerada) burocracia jurídica de Bruselas haya hecho por fin el maldito trabajo que no hizo tres años atrás, cuando se firmó el convenio, y haya trasladado a la Comisión Europea su sospecha de que los saharauis tal vez no estén obteniendo beneficio alguno de los más de 140 millones de euros que la Unión paga a Rabat por ese acuerdo.
Bruselas no sólo debería asegurarse de que los saharauis cobren lo suyo. Debería también disculparse: aunque sólo sea porque los países inexistentes suelen empezar a existir precisamente cuando alguien se toma la molestia de pedirles disculpas.
ANTONIO AVENDAÑO
Una diferencia moralmente significativa entre la izquierda de cualquier país y la derecha de España es que esta no se avergüenza jamás de los delitos y faltas cometidos contra personas inocentes de relevancia pública. Especialmente no se avergüenza cuando las víctimas inocentes son de izquierdas. Y si además de ser inocentes y de ser de izquierdas, esas víctimas le han ganado reiteradamente las elecciones entonces no es que la derecha no se avergüence de nada, sino que más bien tiende a exhibir las vilezas cometidas como si fueran trofeos de una partida de caza que nadie recuerda ya cuándo empezó y que sólo concluirá cuando la pieza pierda la partida o se retire del juego.
El PP que dirige Javier Arenas, en connivencia con el diario El Mundo, viene injuriando al ex presidente socialista Manuel Chaves con una tenacidad y un encono que no se conocían desde aquella primera mitad de los 90 en que la derecha política y mediática se confabuló para acabar con Felipe González utilizando para ello todo el sucio armamento que encontró a su disposición. Periódico y partido tienen contra Chaves una fijación tan persistente y extraña que recuerda lo que sostenía Tolstói sobre el zar Nicolás I: el monarca odiaba profundamente a los polacos no porque estos le hubieran ocasionado daño alguno, sino porque él les había infligido tantos que necesitaba odiarlos para blanquear ante sí mismo las iniquidades que había cometido contra ellos. Como Felipe entonces, quien hace ahora de polaco es Chaves. Lo que no está del todo claro es quién hace de zar.
ANTONIO AVENDAÑO
Las diferencias electorales entre socialistas y populares se dirimen en un pañuelo. Todo parece indicar que el partido de las elecciones andaluzas se decidirá en el área pequeña. Tuya, mía, tuya, mía. Para los socialistas parece que se acabaron los buenos tiempos en que podían jugar a sus anchas, cómodamente, con todo el campo para ellos. Los socialistas andaluces eran siempre el Barça. Se llevaban alguna que otra patada en la espinilla, pero eran gajes del oficio. Al final el resultado siempre era el mismo: victoria socialista. A veces con más holgura de puntos sobre el segundo clasificado y a veces con menos, pero siempre campeones.
Las cosas están cambiando. Lo dicen todas las encuestas, incluso aquellas que dan una ligera ventaja al PSOE, como la realizada por la Universidad de Granada, a cuyos autores los dirigentes andaluces del PP se apresuraron a injuriar concienzudamente. La derecha andaluza no sólo no sabe perder elecciones, es que tampoco sabe perder encuestas. No entiende que las encuestas no dejan de ser una cosa virtual y un poco de mentira que sirve sobre todo para darse ánimos a uno mismo y quitárselos al adversario. Esa reacción antideportiva y barriobajera es un retrato involuntario del PP de Arenas, pero no es sólo eso. Es parte inseparable de un ADN ideológico que todavía espanta a muchos andaluces: demasiados, si se quiere ganar en la realidad de las elecciones además de hacerlo en la ficción de las encuestas. De nuevo, la gran esperanza de salvación de la izquierda parece residir en los pecados de la derecha.