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Un empate que vale como una victoria

09 nov 2011
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Imposible no opinar sobre el debate de Rajoy-Rubalcaba. Sería como no opinar de un derbi Madrid-Barça. El debate demostró que los matices y estrategias de imagen, telegenia y comunicación son irrelevantes en situaciones como la que vive el país. Entendámonos: son irrelevantes en términos políticos para el país, pero no en términos económicos para las familias cuyos responsables se dedican a ese oficio. Quienes viven de eso jamás admitirán que es irrelevante llevar una corbata de un color u otro, abrir el debate o cerrarlo, sonreír o no sonreír o incluso leer tus notas, como hizo Rajoy, o sabértelas de memoria, como se las sabía Rubalcaba. Y hacen muy bien en no admitirlo. Cuando un país tiene cinco millones de parados y el miedo metido en el cuerpo hasta la mismísima médula, los debates no se ganan con telegenia, sino con buenos argumentos, pero a su vez es difícil para alguien como Rubalcaba exhibir buenos argumentos para el futuro habiendo estado en un Gobierno que acaba de fracasar en el pasado, y a su vez es innecesario para alguien como Rajoy exhibir buenos, o incluso malos, argumentos cuando todas las encuestas dicen que no le hace falta alguna exhibirlos.
Hay gente a la que no le agrada hablar en términos de ganador o perdedor de estos debates, pero eso es cerrar los ojos a que su atractivo y su aliciente residen precisamente en eso, en que alguien gane y alguien pierda. Sin esa lógica no tendrían interés alguno. Por eso no lo tienen los debates con tres, cuatro o cinco candidatos: su formato es democráticamente impecable, pero jamás concitarían la atención de 12 millones de espectadores.

El debate se mantuvo durante toda la noche tendencialmente al empate. Hubo algún momento en que Rubalcaba pareció a punto de marcar algún gol a su interlocutor, pero este se defendió con el método italiano del catenaccio: tapar huecos, cerrar filas, poner el autobús, levantar un muro, negarse a responder. Es cierto que RB acorraló en algunos momentos a RJ. Digamos que pudo tener más tiempo la posesión de la pelota, pero realmente no consiguió marcar. Era difícil hacerle un gol al guardameta Mariano, que en ese encuentro no pretendía tanto marcar goles como que no encajarlos. En realidad, el debate era una especie de partido de vuelta en cuya ida Rajoy hubiera conseguido una cómoda renta de goles. Esa renta son los sondeos. El lunes le valía con un empate y lo consiguió. Y ya se sabe que en el fútbol y en la política hay empates que valen como una victoria. O como una derrota.

Un empate que vale como una victoria

09 nov 2011
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Imposible no opinar sobre el debate de Rajoy-Rubalcaba. Sería como no opinar de un derbi Madrid-Barça. El debate demostró que los matices y estrategias de imagen, telegenia y comunicación son irrelevantes en situaciones como la que vive el país. Entendámonos: son irrelevantes en términos políticos para el país, pero no en términos económicos para las familias cuyos responsables se dedican a ese oficio. Quienes viven de eso jamás admitirán que es irrelevante llevar una corbata de un color u otro, abrir el debate o cerrarlo, sonreír o no sonreír o incluso leer tus notas, como hizo Rajoy, o sabértelas de memoria, como se las sabía Rubalcaba. Y hacen muy bien en no admitirlo. Cuando un país tiene cinco millones de parados y el miedo metido en el cuerpo hasta la mismísima médula, los debates no se ganan con telegenia, sino con buenos argumentos, pero a su vez es difícil para alguien como Rubalcaba exhibir buenos argumentos para el futuro habiendo estado en un Gobierno que acaba de fracasar en el pasado, y a su vez es innecesario para alguien como Rajoy exhibir buenos, o incluso malos, argumentos cuando todas las encuestas dicen que no le hace falta alguna exhibirlos.

 

Hay gente a la que no le agrada hablar en términos de ganador o perdedor de estos debates, pero eso es cerrar los ojos a que su atractivo y su aliciente residen precisamente en eso, en que alguien gane y alguien pierda. Sin esa lógica no tendrían interés alguno. Por eso no lo tienen los debates con tres, cuatro o cinco candidatos: su formato es democráticamente impecable, pero jamás concitarían la atención de 12 millones de espectadores.

 

El debate se mantuvo durante toda la noche tendencialmente al empate. Hubo algún momento en que Rubalcaba pareció a punto de marcar algún gol a su interlocutor, pero este se defendió con el método italiano del catenaccio: tapar huecos, cerrar filas, poner el autobús, levantar un muro, negarse a responder. Es cierto que RB acorraló en algunos momentos a RJ. Digamos que pudo tener más tiempo la posesión de la pelota, pero realmente no consiguió marcar. Era difícil hacerle un gol al guardameta Mariano, que en ese encuentro no pretendía tanto marcar goles como que no encajarlos. En realidad, el debate era una especie de partido de vuelta en cuya ida Rajoy hubiera conseguido una cómoda renta de goles. Esa renta son los sondeos. El lunes le valía con un empate y lo consiguió. Y ya se sabe que en el fútbol y en la política hay empates que valen como una victoria. O como una derrota.

 

Roca al menos sólo arruinó Marbella

08 nov 2011
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La incansable crudeza de la actualidad política y financiera nacional e internacional ha convertido a Juan Antonio Roca en una anécdota. El hombre que fue un número uno en enjuagues políticos y urbanísticos de notable envergadura, cuando Marbella todavía era Marbella y Jesús Gil era todavía Jesús Gil; el gran cerebro gris de la política urbanística de un Ayuntamiento democráticamente elegido una y otra vez que acabaría absolutamente arruinado por el saqueo sistemático a que fue sometido durante años, ese hombre ha visto cómo su fama iba menguando con el transcurso de los meses, y no porque los sucesivos juicios hayan ido demostrando su inocencia, que más bien ha sido todo lo contrario, sino porque los grandes banqueros del mundo, los ases de las finanzas, los presidentes, vicepresidentes, consejeros, directores generales y demás burocracia dirigente de casi todas las cajas de ahorros han hecho palidecer las andanzas de Roca, en otro tiempo modelo de audacia política y contable.

 

El de Marbella se ha quedado en un juego de niños comparado con el saqueo a los presupuestos públicos propiciado por un sistema financiero cuyo derrumbe había que evitar a toda costa. De momento se está evitando, pero las arcas de los estados y los continentes han quedado literalmente exahustas y los tipos que hicieron todo eso no sólo siguen libres como el viento, sino que no han visto apenas mancillada su reputación.

 

Al menos Roca empezó hace tiempo a pagar un alto precio por sus correrías. Puede que haya contribuido a la ruina de Marbella, pero ha sido sólo de Marbella, no de países enteros o de presupuestos nacionales íntegros. La ciudad cuyo urbanismo dirigía se fue a la ruina, pero al menos alguien está pagando por ello. En cambio, nadie está pagando por esa otra ruina que llamamos crisis a falta de un nombre mejor. A los directivos de todas esas entidades devastadas que hemos tenido que salvar con dinero público no se les ha impuesto, en cambio, penitencia alguna por sus gravísimos pecados. Incluso cuando se les han impuesto multas, en realidad las ha pagado el seguro contratado precisamente para cubrir esas eventualidades.

 

El juicio por el caso Malaya, que continúa en la Audiencia de Málaga, dio ayer un salto cualitativo con el reconocimiento por parte de Roca de los sobornos pagados a concejales y de las mordidas cobradas a constructores. La condena de Roca es segura. Creyó ser más listo que nadie, pero no lo era. Otros también lo creyeron, pero ellos sí lo eran. Vaya si lo eran.