Tus (pocas) posibilidades son nuestra oportunidad

Por encima de nuestras posibilidades

La versión británica del programa que se estrenó hace unas semanas en nuestra “querida” (porque ya van quedando pocas) televisión pública, se titula “Dragons’ Den”. Fuentes poco fiables afirman que el nombre le viene de la versión “madre” –pues la propietaria de los derechos es una compañía japonesa–: un supuesto juego de palabras con el apodo del general japonés que perpetró una de las mayores masacres de la segunda guerra mundial en Asia. Lo más probable es que se deba simplemente a la estética del programa: una cueva a la que los concursantes entran aterrorizados, para enfrentarse a los “dragones” (o leones o tiburones, según las distintas –y elocuentes– versiones internacionales), que graciosamente decidirán otorgarles o no la oportunidad de sobrevivir en una economía tan desquiciada como nuestra parrilla televisiva.

Quizás sería más apropiada otra genealogía, por ejemplo la que lleva hasta el restaurante “Dragons’ Den”, efímero negocio de la Chinatown angelina de los años ’30, colocado a menudo como un ejemplo de espíritu empresarial dentro de la comunidad asiático-americana. Lo cierto es que la fachada del restaurante, que tras su apertura contó con la asistencia de numerosos iconos holywoodienses (Walt Disney o los hermanos Marx) que acudían a comer y contemplar su decoración, en realidad ocultaba una historia mucho más anodina, de depresión económica, explotación, y segregación: como relata Lisa See en su libro “On gold mountain”, la historia de aquellas familias de inmigrantes chinos que durante unos pocos años trabajaron allí no da pie a pensar precisamente en “el sueño americano”. Al fin y al cabo todavía quedaban algunos decenios para que se abolieran todas las “anti-miscegenation laws” que prohibían el matrimonio entre razas (quizás habría sido igualmente interesante, e incluso más polémico para el público norteamericano, que la película de Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt retratase su discreta lucha contra estas leyes). De hecho, en el libro de Lisa See aparece la fotografía de uno de aquellos asians americans, llevando el uniforme con el que acudía a trabajar en los años cuarenta: en su espalda, un rótulo bordado dice “Yo chino, por favor, NO japonés”. La xenofobia (elevada al nivel institucional) no sólo podía traer problemas en el puesto de trabajo: aún existían campos de concentración en suelo norteamericano, destinados a miles de familias japonesas, y en bastantes casos, simplemente de origen asiático.

Quizás tenía razón el próspero hombre de negocios que afirmaba en las páginas de The New Statesman que “vivimos en una economía de Dragon’s Den”: al menos nosotros sí. Vivimos en un país en el que la fibra óptica retransmite prosperidad y buenas intenciones en alta definición (con un poco de Disney y una pizca de Groucho), pero a nuestras pantallas llegan sólo imágenes sepia de caridad y subastas. Para entender qué significado le damos aquí a la primera, véase el infausto y bien conocido programa de sobremesa de “nuestra” televisión. Absténganse entonces quienes todavía piensen, como Gianni Vattimo, que la caritas es apelación a la práctica, y por tanto construir comunidad: nuestra televisión sepia HD tiene el encanto de devolvernos a esa noción tan folclórica de que caridad es poner distancia. Es aquello que hacen los Gabinos Quintanillas para no tener que escuchar más los lamentos de Plácido. No vaya a ser que nos dejemos llevar y acabemos metiéndonos en política: que si evasión fiscal, que si contracción salvaje de la demanda… o vaya usted a saber, igual incluso es el sistema entero el que no funciona.  Pero si hablamos de Quintanillas, tenemos que hablar de “Cocinex”: también aquí cuando hay caridad, hay negocio.

Desde luego en nuestro Dragons’ Den hay menos sotanas, y algo de color, pero tampoco difiere tanto de la versión afgana, en la que el dinero de los “tiburones” provenía de USAID (Reuters, 1-9-2008). Tampoco los ciudadanos españoles decidimos dónde se invierte el fruto de nuestro trabajo; eso les toca a los “dragones” o “tiburones”, que seguirán repartiéndose, bajo el amparo del alcalde o ministro de turno, los beneficios de sus ollas “Cocinex”.  Eso sí, que a nadie se le ocurra pagar tarde sus letras al banco: si se quejan después, compartirán celda con Plácido –ya saben, el de los escraches navideños–.

Antonio Antón Fernández