Opinion · Por encima de nuestras posibilidades

Las siete columnas de la dignidad

En apenas unas semanas, el 22 de marzo, seis columnas de dignidad atravesarán las calles de Madrid. Después de varios días de recorrido, gentes de todo el país vendrán a reclamar pan, trabajo, dignidad y aprovecharán el eco de los callejones para gritarle a la troika y a sus lacayos que la deuda es ilegítima y que el pueblo está harto de recortes y de precariedad.

El reajuste del régimen nos ha dejado ya millones de personas sin empleo y otros tantos millones de personas con empleos tan precarios que apenas generan salarios para cubrir las necesidades básicas. Ningún trabajador o trabajadora de este país está fuera del riesgo que supone el legado del bipartidismo en forma de dos reformas laborales sucesivas y el plan de recomposición de la economía y la política de acuerdo con las imposiciones de la troika. Todas somos vulnerables.

Nos están convirtiendo en un enorme ejército de reserva de precarios, seres humanos con saberes acumulados, con fuerza en las manos, con talentos y con capacidades puestos a disposición de las necesidades del mercado.

Somos carne de cañón. Nacemos, crecemos y vivimos para que nuestra fuerza alimente las entrañas del sistema. Nos han hecho creer durante décadas que a cambio de eso íbamos a vivir en un estado de bienestar permanente y que nada podría pinchar esa burbuja de comodidades. No es que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades, es que nos han engañado por encima de ellas.

Hasta hora el país estaba instalado en una realidad en la que todo parecía democrático. Un modelo construido sobre la precariedad laboral estructural y sobre salarios muy bajos, que ha provocado un endeudamiento de las familias para poder acceder a casi cualquier bien de consumo.

El país del ladrillo y de la playa, el de las hipotecas con cláusulas abusivas. El de los derechos a medias, el del bipartidismo cañí porque no debemos estar en política.

Sin embargo casi seis años después de que se oficializara la crisis hemos visto aumentar el paro de forma proporcional al aumento de desigualdad y al pérdida de derechos. Todo parece indicar que no hay marcha atrás, que esto en un cambio inexorable en las relaciones de poder, en las que de un lado estamos los que construimos la riqueza del país, es decir, las gentes trabajadoras, y del otro están los vampiros de nuestra fuerza, el poder económico y sus representantes en las instituciones.

Pero detrás de todo esto la dignidad, la rebeldía y el rechazo a la tutela, hacen que las capas populares y clase trabajadora empiece a caminar y a organizarse. Estas marchas son un ejemplo de ello. Otro germen de resistencia, pero también de respuesta y de autodefensa.

Y aunque la construcción de procesos populares de acumulación de fuerzas sea compleja y larga, hay cuestiones que tienen que ver con la supervivencia cotidiana que cargan de razones y de urgencia la movilización y por lo tanto, aceleran la organización popular. El derecho al trabajo digno, a poner a funcionar nuestros talentos y nuestra capacidades, el derecho a vivir una vida digna y feliz, el derecho a que el mundo no sea un lugar infame para nosotras ahora y para quienes vengan después…se convierten en poderosos reclamos para dar cohesión y fuerza a la demandas de la mayoría.

Las Marchas de la Dignidad son un grito implacable contra este sistema de servidumbre y de expolio, un espacio de alianzas del pueblo y un desafío a quienes desde el paternalismo vienen a imponer soluciones de elites.

Sira Rego