Los invisibles

26 Nov 2014
Compartir: facebook twitter meneame
Comentarios

Gonzalo Gómez Montoro
Activista de Marea Granate-Montpellier, militante de Izquierda Unida-Francia y profesor de español

Ana, Juan, Rosa y Pedro viven cerca de Montpellier, en el sur de Francia. Llevan poco tiempo en el país, y han tenido que emigrar para que el banco con el que firmaron la hipoteca en España no les despoje de sus viviendas. Vienen de Asturias y de La Mancha, y ninguno de ellos sabe hablar ni escribir bien francés. Tampoco poseen estudios superiores, pero antes de la crisis y de quedarse en paro pertenecían a lo que se llamaba clase media.

Los cuatro pasan ya de los cuarenta y han venido a la desesperada. Por un contacto o una promesa de trabajo que no siempre se ha cumplido. Ana y Juan han traído a sus hijos, que se adaptan al país con dificultad, pero Rosa y Pedro los han dejado en España para que no vean las malas condiciones en las que viven. Si los hijos se interesan, Rosa y Pedro les envían fotos que no son de su pobre apartamento, el más barato que han encontrado, y les ponen cualquier excusa para que no vengan a visitarlos. Sólo se reúnen cuando la economía lo permite, cada seis meses, pues hasta el último céntimo que ingresan va destinado a pagar la hipoteca en Cuenca.

Estos ejemplos verídicos pertenecen a la emigración española que no aparece en los medios, a los “invisibles”, como diría el cineasta Fernando León. Ya no se trata de jóvenes “aventureros”, titulados y sin cargas familiares, que investigan en universidades y trabajan en grandes empresas, que encuentran empleo de lo suyo tras pasar una breve temporada de precarios, o que, en el peor de los casos, podrán regresar a casa de sus padres donde no les faltará un techo y un plato de comida.

Al contrario, estos trabajadores que vemos en las viñas, en los campos de fruta, en las obras o en la cola del paro, no tienen más opción que emigrar para sobrevivir. Además, con frecuencia son explotados en el país de destino. Por desconocimiento del idioma y miedo a perder el empleo, y también por la indefensión aprendida, no se unen a otras personas en su misma situación, y asumen la culpa de haber tenido que marcharse. “Algo que nunca hubiera imaginado”, dice Rosa entre sollozos.

Esta emigración “invisible” es cada vez más numerosa, y en ella tenemos que incluir también a muchas personas de nacionalidad española y origen colombiano, ecuatoriano, rumano o marroquí, que, doblemente emigradas, se ven obligadas a venir a Francia u otros países del norte de Europa.

En este contexto, los colectivos contestatarios de españoles emigrantes, como la “Marea Granate”, ya son visibles en muchos lugares del planeta además de España. Mayoritariamente compuestos por jóvenes titulados, dichos colectivos deberían fijar como uno de sus principales objetivos el contactar con la emigración antes mencionada, e implicarla en sus reivindicaciones, pues tanto unos como otros forman parte del pueblo damnificado por los responsables de esa estafa llamada crisis.

Superar las diferencias de edad, origen y formación entre emigrantes es, por tanto, el cometido que los activistas debemos realizar lo antes posible. Nuestra movilización será incompleta e insolidaria si no logramos contar con los que aún permanecen invisibles.


comments powered by Disqus