Arabia Saudí: el viaje más importante de Obama

 

En medio de la crisis de Ucrania y de “ya te dijimos que Rusia es el mayor enemigo geopolítico de EEUU” de Sarah Palin y Mitt Romney, Barak Obama aterriza en Riad (Jardín de flores, en árabe) para, de una vez, dejar las cosas claras a los rebeldes jeques saudíes. Venía de Italia, donde intentó convencer a sus dirigentes que “por su propia seguridad” les conviene olvidarse de suspender la compra de 90 cazas F-35 por los recortes, ya que les servirán para luchar contra los inmigrantes rumanos.

En Arabia, su objetivo fue impedir que los saudíes sabotearan su sólida y elaborada estrategia de seguridad (para sus intereses) en Oriente Próximo, en especial en lo que respecta a las negociaciones con Irán, puesto que su aliado desagradecido se ha mostrado incapaz de descifrarla y no valora que el desmantelamiento de las armas químicas de Siria y el acuerdo nuclear con Irán también les benefician a ellos.

En la reunión con el rey Abdullah, boicoteada por el impertinente príncipe Bandar Bin Sultan, el jefe de la inteligencia saudí que le acusa de traicionar a sus aliados árabes, Obama intentó suavizar las tensiones acumuladas entre ambos gobiernos, subrayando los intereses estratégicos comunes, conseguidos por diferentes tácticas.

Los saudíes se quejan de que trata a sus aliados como “pañuelo de usar y tirar”, dejar caer a Mubarak y a Bin Ali, apoyar al Hermano Musulmán egipcio Mohammad Morsi, oponerse a la intervención militar saudí contra los manifestantes chiitas en Bahréin, congelar parte de la ayuda millonaria a los militares egipcios, no cumplir con su promesa de atacar a Siria, y para el colmo acercarse a Irán, el archienemigo político-religioso de Riyad. Es más, al igual que Israel, temen que una vez que Washington y Teherán firmen “el acuerdo del siglo”, EEUU se marche de la zona y permita a Teherán aumentar su poder.

Para la sorpresa del presidente de EEUU, al encuentro no habían invitado al ministro de Interior, el despiadado príncipe Mohammed bin Nayef, favorito de Washington como el futuro rey. El monarca, para atar bien las cosas, acaba de nombrar al joven príncipe Muqrin, de 69 años, como heredero del heredero enfermo, el príncipe Salmán.

La prioridad de la política exterior de Obama es impedir la proliferación nuclear y que Israel dejase de ser la única potencia nuclear de Oriente Próximo. Un conflicto con Irán es de consecuencias más imprevisibles que una pelea con Rusia por una Ucrania que no tiene gran peso estratégico en su política.

Le preocupa que los saudíes “vayan por libre”, intenten derrocar a Bashar al Asad, sin previo acuerdo con Teherán, o desestabilicen al gobierno chiita de Irak –a través del envío de miles de mercenarios integristas. Todo ello pone en peligro sus esfuerzos con Irán. Por si fuera poco, la propia Arabia se ha encaprichado por tener una bomba nuclear en su casa.

El programa nuclear de Arabia

En 2009, la Casa Real Saudí aprobó un decreto para poner en marcha el desarrollo de la energía atómica con la misma justificación que Irán: diversificar sus fuentes de energía. Dos años después, Riad —que no ha firmado el Protocolo Adicional del Tratado de No Proliferación Nuclear (que permite inspecciones a las centrales nucleares)— anunció planes para la construcción de 16 reactores nucleares durante los próximos 20 años. Si Irán y otras decenas de países del mundo tienen derecho a tener industria nuclear y enriquecer el uranio, Riad también puede exigirlo.

Mientras, a falta de infraestructuras nucleares, los saudíes pueden utilizar las de su amigo del alma, Pakistán, con quien junto con EEUU, crearon, financiaron y entrenaron a los caníbales Muyahedines afganos, Talibanes y Al Qaedistas, y de quienes reciben miles de soldados mercenarios para sus operaciones encubiertas: unos 30.000 militares paquistaníes llegaron a esta tierra en 1979, durante la Revolución iraní, otros tantos cuando EEUU atacó a Irak en 1991, y ahora le pide otros miles (que sean suníes, por favor) para aumentar su poderío militar. Washington sospecha que Arabia financia la industria de armas nucleares pakistaníes, bajo el pretexto de ayuda económica a Islamabad.

Uno de los principales motivos de la ingente cantidad de armas avanzadas que EEUU vierte en la zona es justamente evitar que sus socios caigan en la tentación de querer conseguir armas de uso exclusivo de las potencias. En 2013 exportó a Arabia, su primer cliente, artefactos bélicos por valor de 35.000 millones de dólares, mientras grandes sectores de los súbditos del reino (allí no existen ciudadanos) viven en la absoluta pobreza.

Palo y Zanahoria

Arabia Saudí, a pesar de ser un aliado problemático, es primordial en el diseño americano de Oriente Próximo:

• Hace de contrapeso a Irán.

• Es suministrador de petróleo a Occidente.

• Es capaz de llenar los mercados, cuando por la agresión militar de EEUU a un productor de hidrocarburo como Irak o Libia, la oferta se tambalea.

• Es el miembro más influyente de la Organización de Países Exportadores de Petróleo.

• Cuenta con su cooperación y mercenarios en Afganistán, Irak, Chechenia, Kiev, Crimea, Xinjiang entre otros espacios en conflicto.

Por estos motivos ha prometido a los mandatarios saudíes un acuerdo firme con Irán, equipar a los rebeldes sirios entre otras acciones encubiertas contra el gobierno de Asad, sin descartar un ataque militar para desmontar el Estado sirio en el futuro, y trasladar a Pakistán buena parte de su equipamiento militar que posee en Afganistán tras la retirada de las tropas, para reforzar la seguridad de sus aliados, sin importarle el disgusto de la India. Insiste en que decenas de miles de efectivos militares de EEUU permanecerán en esta región, a pesar de que su mirada esté puesta en contener a China por el mundo.

Si Arabia sigue desafiándole, sobre todo en cuanto a las ambiciones nucleares, no dudaría en incluirle en la lista de países patrocinadores del terrorismo, y no sólo porque la mayoría de los supuestos participantes en los atentados del 11-S eran de este país, sino por sus fechorías desde Sudan y Somalia, hasta Libia y Egipto, pasando por las mezquitas y madrasas en Occidente. En vez de apuntalar el destartalado totalitarismo político-religioso saudí, lanzaría una campaña mundial a favor de los derechos de las mujeres, las minorías religiosas y étnicas, en contra de las decapitaciones y lapidaciones de las personas acusadas de brujería, apostasía y homosexualidad, y mostraría por todas las televisiones del globo cómo antes de matar a los condenados les destrozan el cuerpo con entre 300 y 1.000 latigazos.

Arabia Saudí sigue sin fiarse de la Administración Obama y, mientras cuenta los días que le quedan al presidente en el Despacho Oval y enciende velas para que regresen los republicanos (o en su defecto, Hilary Clinton), seguirá su propia agenda de forma discreta, como lo hacen Israel y Turquía. Incluso, puede que recurra a un autoatentado, imitando a los turcos que planeaban un ataque a su propio territorio echando la culpa a Siria para desencadenar más tensión y más tragedia a los sufridos pueblos de la zona.

¡En manos de qué individuos está la vida y el destino de millones de seres humanos!