La metamorfosis de Obama y el motín de los generales

La dimisión forzosa del secretario de Defensa, Chuck Hagel, ha sido tan repentina que al presidente Barack Obama no le dio tiempo a proponer y designar un sucesor para el cargo. Se trata del tercer responsable cesado de este secretariado, después de Robert Gates y Leon Panetta. ¿Es que un demócrata no puede dirigir la seguridad de este país?

Con el Congreso y el Senado bajo el control de una mayoría republicana, la popularidad del presidente bajo mínimos, y la dificultad de llegar a un acuerdo final con Irán sobre su programa nuclear, la salida de Hagel del gobierno ha supuesto un golpe muy duro para Obama.

El desencadenante de las discrepancias acumuladas ha sido la publicación de una carta enviada por Hagel a su adversaria Susan Rice, consejera de Seguridad Nacional, miembro del pequeño círculo de fieles de Obama, en la que se quejaba de falta de una política clara del gobierno respecto nada menos que el destino de Bashar Al Asad, el presidente de otro país soberano, sin que ningún organismo internacional se escandalizara de tal injerencia. Los republicanos, quienes estrechan el cerco alrededor del presidente, intentan despojarle de todo lo que había quedado del “Yes we can”, y resucitar los peores fantasmas del pasado bushiano del país.

“Acepté el cargo para poner fin a las guerras, y no para empezar otras”, ha confesado el general a sus círculos, refiriéndose a los cambios en la postura del presidente que iba a “poner fin a una década de guerra”, como uno de los motivos de su marcha del gabinete. Pero, hay más matices inquietantes tanto en los motivos del cese encubierto de este peculiar militar, como en las posibles consecuencias que puede acarrear.

Un general poco republicano

Veterano de Vietnam, militar cauteloso, Hagel fue elegido por Obama para organizar la supuesta retirada de Afganistán y de Irak, reducir el presupuesto del Pentágono, y eliminar el acoso sexual en el Ejército. Acusado de desleal por sus compañeros de partido, se había opuesto a los continuos e innecesarios despliegues militares que sólo ponían en peligro la vida de los soldados —la de los pueblos agredidos no cuentan—, causando estragos en los presupuestos del país: en 2006 había pedido la retirada de Irak y empezó a apostar en el uso de la diplomacia en vez de en ataques militares y sanciones económicas. También sorprendió a muchos que se negara a respaldar la candidatura de John McCain en 2008, y que su esposa votara a Obama. Luego vino con la propuesta del “Global Cero” —reducción radical del arsenal nuclear nacional hasta su total eliminación en los próximos diez años—, y en cambio lanzó la “Iniciativa de Innovación de Defensa” pensada de cara a la era de las guerras robóticas que se avecinan. Por tanto, no crean que las discrepancias son con Obama, en realidad vienen originadas por el complejo industrial-militar, uno de los pilares que mantiene este imperio en pie.

Los demócratas, por su parte, le tachan de ineficiente por no haber podido firmar un acuerdo de paz con los Taliban (¡Sí, los mismos acusados de estar implicados en el 11-S!); ni evitar el golpe de Estado (financiado por los amigos saudíes) contra Mohammed Mursi, la opción de Obama para Egipto; ni el desastre del “cambio de régimen” en Libia, que ha convertido a dicho país en un Estado fallido; ni la decapitación de las dos periodistas estadounidenses; ni la anexión de Crimea por Rusia y la desastrosa situación de Ucrania; ni el avance del Estado Islámico en Irak.

Pero el abanico de las discrepancias de Hagal con los demócratas, cercados en la Casa Blanca, y los republicanos que controlan las instituciones más importantes del país, son más extensas e incluyen las siguientes cuestiones:

• Relaciones con Israel. Defensor de la idea de que la política de EEUU hacia el Estado judío y Palestina debe guiarse por los intereses de su país, Hagel se atrevió a recordarles al grupo “Ante todo Israel” de que era “un senador de los EEUU, y no de Israel”, y reveló en voz alta un secreto de Estado: “el lobby proisraelí aquí intimida a mucha gente”. Sobre Hamas, recomendó un acercamiento y dialogo, para de este modo, afirmó, fortalecer la posición de los islámicos moderados.

• Sobre Siria ha estado en favor de tomar represalias contra el Bashar Al Assad por el supuesto uso de armas químicas el verano pasado, y se sorprendió cuando Obama dio marcha atrás en lanzar el ataque militar contra Damasco. Hoy sigue apostando por acabar con el mandatario sirio, por enviar tropas terrestres a Siria si se pretende contener el avance del Estado Islámico. El presidente, cuya prioridad es la firma del acuerdo nuclear con Irán —el principal apoyo de Damasco—, ahora sí que planea ocupar Siria, pero con trampas: formando un nuevo ejército de mercenarios locales, dirigido por el Pentágono, y sin mancharse las manos, mantener la promesa de no enviar tropas sobre el suelo de otro país.

• En cuanto a Afganistán, Hagel, que estaba organizando la salida de las tropas para el 2015, de repente, recibe órdenes de Obama de seguir manteniendo la ocupación del país , como mandan los republicanos: se trata del corazón de Asia Central, frontera con China, Irán, espacio soviético, India y Pakistán, y dejar un lugar tan estratégico sería una imperdonable locura. Para un militar disciplinado acostumbrado a acatar órdenes, estos caóticos planes, le superan.

Purga en el Pentágono

Despedir a unos diez altos cargos del ejército en solo un año no tiene precedente en la historia reciente de EEUU. Durante su primer mandato, Obama bajo el pretexto de un escándalo de faldas se deshizo del general neocon David Petraeus, director de la CIA, al general Allen, jefe de la OTAN en Afganistán, y de paso del secretario de Defensa, Robert Gates. Se rumorea que después de Hagel puede caer el general Dempsy, Presidente del Estado Mayor Conjunto, otro halcón del Pentágono. El general retirado Jerry Boykin ha hecho un llamamiento a los altos cargos castrenses a renunciar a sus puestos en protesta por las políticas del presidente, su comandante en jefe, afirmando que las superpotencias no se jubilan, si eso lo pretende hacer Obama. Puede que no, pero sí que, por su propia lógica y ciclo vital, sufren un ocaso y luego desaparecen.

Mientras, aumenta la presión de los belicistas republicanos y los llamados “intervencionistas liberales” sobre la Administración Obama, empujándole hacia un conflicto armado con Rusia, Irán y Siria-Irak. Los militares, que ven su influencia disminuida sobre las políticas de la Casa Blanca, acusan al jefe del ejecutivo de ser responsable de lo que llaman “la pérdida de ventajas” en comparación con China, a pesar de que el presupuesto de defensa de EEUU en 2013 ha sido 600.400 millones de dólares y el del gigante asiático de 114.300 millones.

Al final no hubo “Fin a la década de guerras”: Obama ha mandado bombardear al menos siete naciones, matando a decenas de miles de civiles, y aun así los Señores de la Guerra de su país le acusan de aislacionismo, y que su doctrina de liderar “los combates desde atrás ha hecho que EEUU se quedase atrás”.

Pisándole los talones a Bush

El fracaso de las políticas de un presidente muy debilitado puede acarrear peligrosas iniciativas como reocupar militarmente Irak y Siria, con todo lo que eso significaría para EEUU y para el mundo. Puede, por contra, que su realismo aristotélico frene esta inercia, y que no haya grandes cambios en la política de Obama, lo cual provocará más huidas o caídas en su equipo como la de John Kerry o la del General Dempsey (quien apoyó la última tanda de bombardeos sobre Palestina a cargo de Netanyahu, justo cuando el gobierno afirmaba que “Israel podría haber hecho más para evitar víctimas civiles”), o ignorando la negativa del Presidente al decir que podría enviar tropas terrestres a Irak.

Es posible que Obama —muy propenso a la presión de los halcones— vuelva a fortalecer los lazos con regímenes de Pakistán, Arabia Saudí e Israel, o decida mantener el conflicto sirio durante un largo tiempo, desgastando a los países de la región. En cuanto a Irán, Obama puede seguir jugando al “palo y la zanahoria”. Justamente este país puede ser uno de los dos escenarios donde se comprobaría si hay una nueva tendencia o no: por un lado, si decide incrementar el acoso contra Teherán y por otro, si la aviación estadounidense opta por bombardear las posiciones del ejército sirio con el fin de derrocar a Assad.

El principal beneficiario de la tentación de la “Guerra perpetua” que domina el pensamiento geopolítico estadounidense también en la era Obama es el cartel-industrial-militar. Entretanto, Chuck Hagel no ha sido capaz de ganarse el corazón de los demócratas y ha terminado por perder también el de los republicanos.