Punto y seguido

Nazanín Armanian

Fin del erdoganismo: terremoto en la región

10 Jun 2015
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Histórico golpe a la farsa de la “democracia religiosa”, otro ropaje engaña-masas del capitalismo siempre autoritario, misógino, anti-plural y corrupto. Los resultados de las elecciones parlamentarias de Turquía, en las que no sólo el partido islamista gobernante de Justicia y Desarrollo (AKP) perdió escaños en favor de los partidos nacionalistas seculares de centro-izquierda, sino que pone fin a una década de confusión dirigida por otro  excéntrico ‘Führer’ (líder supremo y absolutista) llamado Tayyeb Erdogan. Mientras retiran la pancarta electoral más grande del mundo que llevaba su imagen, el jefe “espiritual” del AKP, un inquietante personaje malabar con delirio de grandeza, medita sobre su futuro, sentado en el sofá de su “Casa Blanca” —megapalacio que le ha costado al pueblo unos 400.000 euros, construido ilegalmente en un bosque protegido—, ignorando que a pocos kilómetros, cerca de 8.000 trabajadores de las fábricas del montaje de Renault y Fiat estaban  de huelga en protesta por sus bajos salarios.

Las 8  lecciones turcas

1. La inutilidad de políticas islamizadoras para tapar los problemas sociales: ponerse a separar las mujeres de los hombres en las residencias universitarias, repartir miles de ejemplares del Corán en las zonas rurales, acusar de “ateos y zoroastricos”, de “enemigos de Turquía y del Islam”  y de “agentes  de extranjero” a los  opositores políticos, no empujan al alza el crecimiento económico que está en 0%, ni crean empleo para 5-6  millones de parados. La respuesta del gobierno a las protestas del Gezi Park (2013) fue polarizar la sociedad entre los religiosos conservadores (turcos y kurdos) y los seculares, y ahora Erdogan ha caído en su propia trampa: los seculares ya son la mayoría en la Asamblea Nacional; dato, que por otro lado, desdibuja el fondo del problema,  que es el sistema capitalista que produce dictadores, aunque ciertamente los que además utilizan la fe de los creyentes, son los peores. Las consecuencias del  resurgimiento del islamismo  y con ello el retroceso en los derechos sociales conquistados durante el siglo pasado, obligan a las fuerzas progresistas rescatar el lema de “la separación de la religión del poder” que había sido guardado en el baúl, hasta hace pocas décadas.

2. Contundente presencia de las mujeres como candidatas en todas las listas electorales como desafío a las políticas misóginas del erdoganismo y sus leyes religiosas —que obligan, por ejemplo, a una mujer maltratada a indemnizar a su maltratador—. Ha llegado a acusar a las mujeres forzadas de interrumpir su embarazo de conspirar para “eliminar a los turcos del escenario mundial”, y así  restringir el aborto. El 48% de los candidatos del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) eran mujeres acompañadas por tres personas de la comunidad LGBT. El HDP ha hecho una innovación política: una mujer y un hombre compartirán la secretaria general del partido.

3. La genial medida de convertir a HDP (fundado en 2012) en una amplia plataforma de unión de las fuerzas de izquierda, —kurda, turca, armenia, izadi, alawi, asiria, las minorías sexuales, etc—. HDP, que no es una partido kurdo como afirman algunos medios, cuenta con el apoyo de los socialistas y del Partido Comunista. El papel de su líder, el carismático abogado kurdo Selahattin Demirtas de 42 años, ha sido decisivo en el triunfo del  partido

4. “Mejor un poder repartido en el parlamento que uno concentrado en el palacio de Erdogan”, o sea, la opción ganadora de “menos Presidente y más Parlamento” , mostraba el temor ciudadano a un despotismo ya desenfrenado que ha llevado a 64 periodistas a la prisión, y ha llenado el espacio político de odio, desconfianza y violencia. Los activistas y las sedes partidos izquierdistas han sufrido cerca de un centenar de ataques que ha causado varios muertos y heridos.

5. Instaurar el mediocre culto a su personalidad tiene su precio: el castigo al Sultán Erdogan ha dañado al AKP que ya busca  otro rostro, otro  “Ata” (Padre) con el fin de recuperar el poder en una sociedad –como las demás orientales-, muy dada al paternalismo de hombres poderosos.

6. Estas elecciones han vuelto a mostrar una innegable realidad: que la identidad étnica está por encima de la religiosa, lo mostró el vuelco del voto tradicional kurdo conservador al AKP “musulmán”, ahora depositada en favor de HDP, partido en cuyo programa se exige la supresión de las señas de identidad lingüística, étnica y religiosa de los documentos de los ciudadanos y la plena igualdad de todos.

7. Que los partidos kurdos —clandestinos o legales— se han convertido en actores decisivos del escenario de Oriente Próximo, a pesar de que unos estén al servicio de los intereses de las potencias reaccionarias mundiales y regionales y otros al servicio de sus gentes. El baile de Erdogan con el PKK fue una táctica para desactivar la lucha armada y arrancarle concesiones unilaterales. El último clavo al ataúd del proceso de paz se lo puso cuando impidió, hace unos meses, la entrada de los refugiados civiles kurdos sirios a Turquía, mientras daba cobijo a los terroristas del Estado Islámico que masacraba a aquella gente desesperada.

8. El uso oportunista de la carta kurda en los conflictos de la región es como echar piedras sobre su propio tejado. Desde principios del siglo pasado, cientos de miles de kurdos han sido asesinados por todos los régimen de la zona. Hoy, ni siquiera EEUU puede ignorar la “cuestión kurda”. Tal es así que Masoud Barzani, presidente de la Autonomía Kurda de Irak, está preparando, con el apoyo de Obama, la declaración de la  independencia de este territorio, dando por terminada la desintegración de Irak, que los demás países de la región con kurdos en sus senos, pongan su barba a remojar.

Erdogan y el mundo

Su sueño de extender la influencia turca desde el mar Egeo hasta la Gran Muralla China, ha sido enterrado en las fosas comunes de sirios asesinados por grupos terroristas apadrinados por él con tal de quedarse con parte del destruido Estado sirio.

La política neo-otomana del Pashá turco le ha llevado, no a la llamada “soledad preciosa” que suelen sufrir personas de integridad ética rodeado de hostilidad, sino al aislamiento propio de los populistas, quienes lanzan promesas huecas con el fin de atraer simpatías.

Así, Erdogan ha conseguido la enemistad de:

Occidente: a Barak Obama no le habrá disgustado la caída de Erdogan, el Netanyahu turco, que va por libre y le tiende trampas —como cuando aseguraba en 2013 que Assad había usado gases químicos, con el objetivo de forzar a la OTAN a acabar con el presidente sirio, colocando a Obama en una situación embarazosa de la que fue rescatado gracias a Vladimir Putin—, o se atreve a incriminarle por no condenar el asesinato de “tres musulmanes” en California. El presidente de EEUU, que había apostado fuertemente por los Hermanos Musulmanes, también ha llegado a criticarle por los ataques a las libertades en Turquía; él ahora ve que “el modelo turco”, —el sistema político del Islam capitalista incapaz de respetar los mínimos derechos sociales de los ciudadanos—, se derrumba. Los republicanos también dudan de su lealtad: inadmisible que un socio de la OTAN compre a China misiles de defensa antiaérea HQ-9  y forme parte de la nueva ruta de la seda, permitiendo inversiones del Banco Industrial y Comercial de China (ICBC), o se niegue a participar en las sanciones contra Rusia y encima acepte que el abandonado gasoducto de la Corriente Sur vuelva a cobrar vida en el cuerpo de la  Corriente Turca.

EEUU se pondrá a buscar en Ankara otro hombre que garantice la estabilidad de este socio “musulmán” de la OTAN: el primer ministro Ahmet Davutoglu es una de las apuestas.

Israel: se acabaron aquellos ataques televisados a los mandatarios judíos, mientras agitaba la bandera palestina. Ahora Tayyeb Erdogan ni se pronuncia sobre la negativa de Netanyahu de respetar “la solución de dos estados”. En cambio, se gasta 1.5 millones de dólares en la reforma de la sinagoga de Edrine —la tercera más grande de Europa— ignorando la propuesta de convertirla en un museo hasta la normalización de la situación de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén por parte de Israel. Erdogan está preocupado por el acercamiento de Tel Avive a Grecia, y que de paso extrae petróleo de la costa griega de Chipre. Paralelo a estos guiños a Netanyahu, el político turco se seguía negando a  reconocer el genocidio armenio, –quizás para no tener que indemnizar a los miles de familiares—, ni compadecer a las actuales víctimas sirias e iraquíes de todas las religiones. Quien le pidió paz para la región y protección para los fieles a Jesús fue el Papa Francisco durante su visita a Turquía –país en el que trabajó el “Papa Turco”,  apodo otorgado al arzobispo Angelo Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII. La sombra de la rival Iglesia Ortodoxa Rusa, convertida en uno de los protagonistas del escenario geopolítico de Eurasia, pesaba sobre los motivos de la oposición del Vaticano a las guerras en Oriente Próximo,  y en su defensa a los “hermanos” Ortodoxos en esta región.

Países árabes: el proselitismo en favor de los Hermanos Musulmanes, y el afán de liderar a los fieles del Islam del planeta le ha enfrentado al presidente turco  a Arabia Saudi, otro aspirante del mismo cargo, que no dudó de pararles los pies desde Egipto, derrocando al hermano Mohamad Mursi. Para “el mundo árabe” los turcos son tan intrusos como los iraníes.

Irán: desde Siria, Irak y Yemen, Erdogan pretende “cortar los brazos largos de Irán”, apuntándole además con los misiles Patriot, sin dejar de hacer suculentos negocios familiares, teñidos de corrupción, con Teherán.

Ahora bien, el Partido Democrático de los Pueblos ha prometido sacar Turquía del pantano sirio, colaborar con Irán y Rusia para pacificar este país y ayudar a un millón de refugiados a regresar a sus hogares. Por lo que los yihadistas se quedarían huérfanos de “Padre”, y Obama tendrá que revisar su estrategia acerca del destino de Assad, antes de las elecciones de 2016 en EEUU. Todo indica que los occidentales pueden estar tranquilos: Turquía permanecerá en la OTAN.

Estamos ante el fin del erdoganismo que no de Erdogan, quien tiene 45 días para formar el gobierno de coalición, sino tendrá que convocar nuevas elecciones. Es poco probable que el poder judicial llegue a acusarle de asesinato de manifestantes en Gezi Park, la suerte que corrió Mohamad Mursi. El huracán turco ha despeinado el bigote del Sultán, pero a él no le ha tumbado.


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