Siete motivos para matar al Jomeini de Arabia

A la sombra de las luces navideñas, el régimen de Arabia Saudí cometió dos horrendos crímenes: ejecutar a 46 opositores y poner fin a la tregua humanitaria en la silenciada guerra contra Yemen, que ha dejado cientos de miles de víctimas. Pero, en el mundo de los muertos, también hay categorías: sólo se destacó el nombre del ayatolá Nimr al-Nimr, predicador chiíta de escasa relevancia religiosa, que ni exigía democracia económica ni libertades políticas y personales. Su asesinato por la teocracia totalitaria de Riad provocó masivas manifestaciones organizadas por la derecha chiíta en la misma Arabia, en Bahréin, Kuwait, Líbano, Cachemira o Pakistán. En Irán, el asalto a las sedes diplomáticas de la patria de Mahoma, causó la ruptura diplomática de Riad con Teherán. Nimr llevaba 4 años en el corredor de la muerte, ¿por qué ejecutarle ahora?

 

Nimr: la cortina de humo

A nivel interno, lo que buscaba la Casa Saud ha sido:

1. Reunir las facciones enfrentadas en el seno del poder en torno a la lucha contra dos enemigos en común: los chiítas e Irán. Según The Independent, los principales clérigos del país y la mayoría de los 12 hermanos del rey Salmán preparan su derrocamiento y reemplazarlo por su hermano pequeño Ahmed Bin Abdulaziz, de 73 años, hombre moderno y místico. Acusan al rey y a su hijo Mohammed —de 30 años y convertido en ministro de Defensa y adjunto al príncipe heredero Mohammed Bin Nayef—  de llevar a cabo una política exterior aventurera y peligrosa, de la desastrosa guerra contra Yemen, de la muerte de unos 2.500 peregrinos en una estampida en la Meca en 2015 y de la tensión en las fuerzas armadas del reino.

2. Consolidar los lazos con el clero anti-chiíta y las facciones duras del régimen.

3. Desmentir que el rey, octogenario y enfermo, esté incapacitado para llevar el timón del país: ¡Puede mandar a decapitar a medio centenar de personas en un día!

4. Pedagogía del terror y un mensaje: Matará a cualquier “opositor”, sobre todo a los disidentes sunnitas, que eran, al parecer, la mayoría de los ejecutados. El clan Saud se enfrenta a tres amenazas: los extremistas sunnitas que le acusan de ser poco islámicos y permitir, por ejemplo, piscinas mixtas en la base militar de EEUU; los sectores liberales “sunnitas”, las mujeres feministas y jóvenes seculares como el bloguero Raif Badawi o el poeta palestino Ashraf Fayadh, acusados de apostasía; y los chiítas considerados herejes, que buscan el estatus de la minoría religiosa. Irán es un “Coco” útil, incluso para acabar con los opositores laicos y sunnitas cuando Irán, en realidad, carece de influencia sobre los chiítas yemeníes, saudíes o bahreiníes.

5. Ejecutar al ayatolá parecía ser la manera de evitar que se convirtiera en un héroe para los discriminados chiítas de Arabia que componen el 15% de los 30 millones de habitantes, y que para la desgracia de los Al- Saud habitan la Provincia Oriental, que alberga cerca del 80% del petróleo del país.

6. Temor a que el predicador chiíta se transformase en otro Hasan Nasrolah, el líder de Hizbolá la milicia libanesa, aliado de Irán.

7. Y la razón más importante: provocar la reacción de la facción radical del poder en Irán, con el fin de aislar a Teherán en el escenario regional y mundial. Riad había desalojado su embajada en Teherán horas antes del asalto. Los Saud, arrinconados por la “diplomacia de terciopelo del presidente Hasan Rohani, intentan sabotear el acuerdo nuclear de los 5+1 con Teherán. En breve, Irán podrá vender su petróleo y gas, recibir inversiones extranjeras y también los 100.000 millones de dólares bloqueados en los bancos extranjeros, mientras Arabia sufre un déficit presupuestario de 87.000 millones de dólares y plantea vender ARAMCO, su empresa estatal de petróleo y gas. Según el FMI, el país árabe puede quedarse sin activos financieros en cinco años, salvo que el Gobierno frene drásticamente su gasto, incrementado por el dumping en el precio del petróleo y sus guerras en la región. El acuerdo nuclear iraní ha destrozado los esfuerzos de los Saud por acabar con las “primaveras árabes” (en Egipto, Túnez, Yemen o Bahréin) y crear un entorno favorable a sus intereses.

 

Los temores geopolíticos de los Saud les empujan a promover dos tácticas extremadamente peligrosas:

1. Una guerra anti-chiíta en la región (fabricando yihadistas) y también en su propio país, radicalizando a los chiítas que en su mayoría son leales al difunto ayatolá libanés Mehdi Sahmseddin y tienen un pacto con la Casa Saud de respeto mutuo. Dentro del diseño de EEUU para un Nuevo Oriente Próximo, se baraja unir las Provincias Orientales de Arabia con Bahréin –la sede de la Quinta Flota de EEUU— y así romper un país que ha pasado de ser aliado a un obstáculo para Washington a la hora de llevar adelante su agenda.

2. Una guerra anti-iraní que es estéril, y no porque Irán sea una nación con un Estado desde hace unos 4.000 años y Arabia, un país recién formado gestionado por una familia que parece una compañía familiar de compra-venta de armas y petróleo. La formación de la “OTAN sunnita” encabezada por Riad es la guinda de las medidas para enfrentarse a Irán, echando mano de la superioridad numérica de los sunnitas y el apoyo del Occidente.

 

En Irán, la facción extremista del poder está provocando “conmoción y pavor” con dos objetivos principales: perseguir a los reformistas en vísperas de las elecciones parlamentarias de febrero y romper el acuerdo nuclear. En esta línea, el ejército islámico arrestó, el 13 de enero, a 10 marines de EEUU en las aguas iraníes del Golfo Pérsico. La rápida reacción de los gobiernos de Rohani y Obama nos salvó de un mal mayor, aunque este tipo de “crisis” podrán repetirse en las próximas semanas. La quema de la embajada de Arabia convirtió a los Saud de verdugos a víctimas, poniendo además en peligro la seguridad nacional de Irán.

Que este sismo geopolítico por la hegemonía regional entre ambos países tenga un disfraz religioso se debe al agotamiento de sus discursos políticos: Teherán no puede condenar el asesinato de Nimr chiíta desde la defensa de las libertades o de los derechos humanos si en 2015 ejecutó a cerca de 700 personas chiítas, sunnitas, laicas, opositores políticos, etc. Que la mayoría de los ejecutados en Arabia sean sunnitas y en Irán, chiítas, se debe en parte a los nexos entre la religión y el terror.

Este conflicto, en caso de intensificarse, imposibilitará el proceso de paz en Siria y militarizará a ambos países, aislará a Irán y dará mayor protagonismo de Arabia, aunque el principal ganador volverá a ser Israel: ¡Cómo disfrutaría al ver que dos países “musulmanes” se destruyen mutuamente, ahorrándole trabajo!

La frágil estructura social y el sistema estatal de muchos países de la región, con las fuerzas de la derecha (además, fundamentalista) como protagonistas, aumentan los riesgos de nuevas e interminables guerras: un réquiem para la ONU y otros inútiles organismos creados para resolver los conflictos vía diplomacia.