Opinion · Punto y seguido

Tras las huellas de Putin en Israel

Es la hora de Vladimir Putin, de una Rusia que intenta recuperar el peso de la URSS en la escena internacional. EEUU, nervioso, contraataca destruyendo su imagen a través de los medios de comunicación. El mandatario ruso no se corta y responde con un  plantón a Barack Obama en la última cumbre del G8. Le va a tratar de tú a tú.

A continuación, le sigue Israel, aprovechando la caída a pique de la influencia de EEUU en la zona, originada no sólo por la prioridad que otorga el gobierno “no petrolífero” de Obama a contener a China, sino también por el enfoque belicista de su política en la región. Irak, Afganistán y Pakistán que iban a ser fieles aliados, le traicionan; incluso su amigo del alma, Israel trata mejor a Putin que a Barack Obama, quien lleva tres años sin pisar Israel, a pesar de que necesita el apoyo del lobby judío para ganar las elecciones presidenciales. ¿Utiliza Netanyahu al presidente ruso para chantajear a Obama?

Rusia aprovechó los años que EEUU estaba entretenido en “la guerra contra el terrorismo” para recuperarse del golpe de la desintegración de la URSS. Ahora, diseña alianzas basadas en intereses comunes, en la lengua e incluso en el cristianismo ortodoxo (en Grecia, Chipre y los Balcanes), a la vez que en Asia y África se presenta como la alternativa a los cowboys y Rambos procedentes del Oeste.

¿Eje Ruso-israelí?

A lo que antes unía a Israel y Rusia –lazos económicos, energéticos, los cerca del millón de emigrados rusos que viven en el país judío (el canciller Avigdor Lieberman, y el ex primer ministro recién fallecido, Isaac Shamir, entre ellos)–, hoy se añade el temor por el avance del extremismo sunita en la región como resultado de la “primavera árabe”, considerada por el  Kremlin parte del plan de EEUU en crear un Nuevo Oriente Medio a su medida. Rusia lucha con esos grupos que desestabilizan Asia Central y el Cáucaso. Israel reprocha a los gobiernos de Bush y de Obama por permitir la toma del poder del islamismo en Irak, Afganistán, Túnez, Yemen, Sudán, Libia y Egipto. Para que no suceda lo mismo que en Siria, Israel no se opondrá a la presencia naval rusa como retén en las aguas sirias.

Aun así, no habrá eje Ruso-Israelí. Lo impiden la discrepancia sobre Irán, además del recelo de los aliados musulmanes de Moscú e incluso el lobby musulmán de su propio país. Putin advirtió a los líderes judíos que no se quedaría cruzado de brazos si pretenden atacar a su vecino del sur. Lo cual contradice la afirmación de José María Aznar de que Putin le había dicho que “Israel se ocuparía de Irán”.

A pesar de que el Kremlin suspendió la entrega de misiles S-300 a la República Islámica a cambio de que Israel dejara de armar a los georgianos, su seguridad nacional sigue amenazada por otros conflictos en su periferia o por tener a la OTAN a sus puertas. Tampoco quiere que las inmensas reservas del hidrocarburo iraní caigan en manos de Occidente. Sí que le benefician las sanciones económicas contra Irán, pues debilita a este rival energético y elevan el precio del gas en el mercado. El sufrimiento de la población, no cuenta.

Pero Rusia no es la Unión Soviética. No podrá influir sobre el plan de guerra israelí-estadounidense contra Irán.