Yugoslavia: ensayo de la “guerra humanitaria”

Bill Clinton había aprendido bien el guión de la película Cortina de humo (Barry Levinson, 1997): bombardeó Irak,  desviando la atención pública del caso Lewinsky, y ante la crisis de Yugoslavia, usó los medios de comunicación para fabricar y manipular noticias, con el fin de conseguir el apoyo moral de una audiencia conmocionada para con sus planes indecentes en los Balcanes. Años después, desde la televisión siguen repitiendo que aquellas armas estaban en Irak, y que un tal Bin Laden se escondía en Afganistán. Farsas que servirán para seguir agrediendo a dichos países.

Una ingeniería informativa que asentó la idea maniquea de “buenos y malos”, “salvadores y verdugos”, al tiempo que sin rubor, empotraba en los tanques a periodistas que emitían “noticias autorizadas por el ejército de EEUU”.

La de Yugoslavia fue la primera de las llamadas “guerras humanitarias”. La censura militar impidió que viésemos a miles de víctimas civiles de los ataques de la OTAN al país europeo durante meses. Dijeron que habían ido a frenar la represión serbia contra los albaneses en Kosovo. Devastaron hospitales, escuelas, fábricas, vías fluviales y puentes, e hicieron desaparecer un país para en su lugar crear miniestados controlables.

Razones de la intervención de EEUU

1991. Cae la URSS. Washington se apresura en hacerse con el control de las zonas estratégicas que Moscú deja libre. El mismo año ocupa el petrolífero Golfo Pérsico, para defender, junto con otros treinta países, al diminuto Kuwait del ataque de Saddam. Todavía sigue allí. Después, anuncia el Nuevo Orden (neoliberal) del Mundo, y avanza hacia Asia Central, vía Afganistán, y hacia Europa Oriental a través de Yugoslavia. En este país, crea el Ejército Liberación Kosovo junto con Alemania, a imagen y semejanza de los narco terroristas afganos –muyahidines y Talibán– o los Contra nicaragüenses.

Desde los Balcanes intentará mostrar la necesidad de mantener la OTAN, a pesar de la disolución del pacto de Varsovia, y por ende el desorbitado gasto militar; debilitar el Movimiento de Países No Alineados, del que Yugoslavia fue miembro fundador; acabar con el último estado socialista de Europa; y limitar el acceso de Rusia al Mediterráneo. De hecho, paralizó el proyecto del gaseoducto ruso-greco-búlgaro, y lo sustituyó por el de AMBO (Albania-Macedonia-Bulgaria-Oil). Bechtel y Enron hacían su agosto, mientras Shell y BP explotaban el petróleo de Albania.

Más tarde, reafirmó su presencia militar permanente en el continente; evitó –tras la caída del Muro–, que Alemania (que había reconocido la independencia de Eslovenia y Croacia), controlase los Balcanes, sus recursos y mercados. De este modo, impedía también la formación de una Europa poderosa.

Por otro lado, la OTAN dejó de ser un sistema de defensa. Se estrenó, sin la resolución de la ONU, agrediendo a un país soberano en suelo europeo. A partir de entonces, la Alianza sustituiría de facto a la ONU, y esta dejaría de ser el organismo nacido para impedir guerras.

La guinda del plan fue declarar la independencia de Kosovo donde Halliburton construyó el Camp Bondsteel, una de las mayores bases militares de EEUU en el mundo. El nuevo narco-estado se convertiría en el enclave desde el que distribuir por Europa la heroína llegada de Afganistán, otro país “liberado” por la OTAN. Allí alojaría al crimen organizado albanokosovar que trafica con armas, droga y prostitución.

La verdad es la primera víctima de la guerra. A los historiadores les corresponde desvelar lo ocurrido entonces en Yugoslavia, ayer en Libia y hoy en Siria.