Opinion · Punto y seguido

Djamila Boupacha, la partisana que desafió la guillotina

No siempre el rostro (¡y el pelo!) de las mujeres en los países “musulmanes” ha sido tan tapado y ocultado. Dos décadas antes de que sus derechos empezaran a sufrir un inimaginable retroceso, millones de mujeres de esta zona del planeta luchaban en las filas de los partidos progresistas o movimientos de liberación nacional por la igualdad, democracia política, económica y social. Una de las más destacadas fue la argelina Djamila Boupacha (1938), partisana veinteañera del Frente de Liberación Nacional (FLN) que combatió contra la ocupación francesa. El mundo la conoció cuando fue arrestada en 1959, acusada de planear un atentado, y sentenciada a muerte por guillotina. Su testimonio de torturas que ella y sus compañeras habían sufrido fue estremecedor: violaciones, incluso con objetos punzantes, descargas eléctricas, golpes y humillaciones.  No consiguieron doblegarla. Aun se pueden ver las imágenes de los soldados franceses exhibiendo las cabezas cortadas de los partisanos argelinos, al puro estilo del “Estado Islámico”, mostrando la barbarie de los invasores. Una campaña internacional en la que participaron Simone de Beauvoir y Pablo Picasso consiguió convertir su condena a muerte en cadena perpetua, aunque fue liberada en 1962 con la independencia de Argelia.

Djamila Boupacha retratada por Picasso

Mujeres traicionadas

La independencia no cambió la naturaleza clasista ni sexista del estado argelino.  Los nuevos gobernantes invitaron a las mujeres a regresar a las cocinas: las argelinas se enfrentaban a un patriarcado nacionalista, que utilizaba tanto la opresión religiosa como la explotación de las clases trabajadoras para impedir una sociedad justa e igualitaria.

A finales de los 80 la mitad de las argelinas eran analfabetas. Mantener el poder de las fuerzas oscurantistas religiosos (sobre todo desde el Código de la Familia) fue uno de los motivos del ascenso de los grupos de extrema derecha como el FIS y el GIA, quienes desmantelaron en los años 90 los derechos conquistados por las mujeres: hasta autorizaron a los maridos a votar por sus esposas. Cientos de mujeres fueron asesinadas por los fanáticos, entre ellas Katia Bengana, de 17 años, por negarse a llevar el hiyab.

La lucha sigue

Aunque hoy la tasa de alfabetización de las mujeres ha subido al 73% y ocupan el 31% de los escaños del parlamento, sólo hay una general del ejército, a la vez que la tasa del desempleo femenino es del 41%.

También siegue pendiente acabar con leyes religiosa que: consideran a la mujer un ser discapacitada mental que necesita de un tutor varón para realizar un sin fin de gestiones, mantienen la humillante poliginia, niegan el derecho al domicilio conyugal a la mujer, a la guarda de los hijos, y a la libertad de vestimenta.

Las mentes tribalistas utilizan las maldades del colonialismo occidental para tachar cualquier hecho moderno y liberador, de ser “occidental” y automáticamente diabólico: ¡llevar vaqueros es sinónimo de ser agente EEUU! Hasta han inventado el término “feminismo blanco-colonial”  para cohibir a las mujeres que exigen su derecho a la igualdad salarial, a la libertad reproductiva, a hacer deporte, cantar, bailar, etc., ignorando que dichos logros son frutos y la suma de siglos de lucha de todas las mujeres del mundo. El sexismo “benévolo” es una apología al patriarcado protector que considera a la mujer el “sexo débil” a la que habría que respetar su “diferencia biológica”.  

“El cuerpo de la mujer no es el habitáculo de la honra de nadie”, afirma una campaña en defensa del uso de bikini en las playas de Argelia.

Las autoridades ejercen un sutil sexismo al negar la exclusión de la mujer a determinados puestos, ya que en teoría puede acceder a casi todos, aunque luego se les asigna roles de género tradicionales, puestos de menor rango, menor sueldo y más sacrificado, y todo ello con el fin de mantenerlas dependientes de los hombres.

A las mujeres de vanguardia como Djamila hoy le acompañan millones de mujeres que son conscientes de que la liberación de la mujer no sólo requiere un profundo trabajo tanto entre los hombres como las mujeres, sino un cambio del sistema del poder.