Egipto: firmes pasos de una débil y férrea dictadura hacia la catástrofe

Nazanín Armanian

“Lo que pasó hace siete u ocho años, nunca volverá a suceder en Egipto”, advertía el presidente general Abdel Fattah Al Sisi a quienes, como el Partido Fuerza de Egipto y el Partido Comunista, estaban pensando en una Plaza de Tahrir 2, llamando al boicot en la farsa de las elecciones presidenciales.

Al Sisi, la cabeza del totalitarismo egipcio, renueva su cargo en un clima de terror: cerca de 50.000 niños y adultos, mujeres y hombres han sido encarcelados durante su primer mandato; 1.500 personas han desaparecido; miles han sido torturados y cientos ejecutados. En 2017 Egipto dictó 331 sentencias de muerte y se ejecutó a 49 personas, el doble que en 2016 y siete veces más que en 2015. Y mientras se desmantelaba la libertad de expresión, prensa y asociación, los países aliados le llamaron al militar “hombre fuerte” en vez de dictador: como si convocar elecciones amañadas fuera un atenuante.

Aunque hoy se presenta como el héroe que salvó el país (y sobre todo a las mujeres) del fanatismo de la organización ultraderechista de Los Hermanos Musulmanes (HM), fue el propio mariscal Al Sisi quien, ordenado por los Estados Unidos de Obama, negoció con los islamistas abortar juntos la revolución de 2011 y dar carpetazo a reivindicación popular de “Pan, trabajo y libertad”.

El papel de los países vendedores de armas para consolidar el poder del ejército ha sido determinante: entre otros, Estados Unidos con 1.300 millones de dólares en asistencia militar anual; Francia al enchufarle 7.200 millones en artefactos bélicos o Rusia con 3.500 millones

El ‘no régimen’ de los militares

El mariscal Al Sisi que, al contrario de otros presidentes militares de Egipto, no ha tenido experiencia política cuando era civil, ha creado un sistema peculiar de gobierno, el alsisismo. Estos son sus rasgos más característicos:

  • Ver el país como un campo de guerra, donde sólo hay dos opciones: atacar al otro y defenderse. Negociar, diseñar estrategias de alianzas, ceder para avanzar o emitir una declaración de paz, no son lo suyo. No ha sabido generar, como hizo Mubarak, un equilibrio entre la presidencia, la burocracia estatal y el ejército. Los militares están controlando todas las esferas de la vida egipcia.
  • Desmantelar las instituciones del Estado (aunque fuesen disfuncionales) y sustituirlo por un tinglado mafioso de oficiales que dominan sin competencia la política, economía y los recursos del país, sin siquiera adornarlos con una fachada democrática. Ha subordinado al poder legislativo y al judicial. Al Sisi se ha apropiado del Estado en vez de transformarlo.
  • Es antipolítico. Ha eliminado la política para usar el poder en su forma más desnuda. No ve la necesidad de contar con un partido político y otras formas de ejercer el poder blando, por lo que en vez de imponer su voluntad a través de la manipulación de la opinión pública lo hace a través del miedo y las armas.
  • A pesar de proyectar fuerza y seguridad, el alsisismo es tan frágil como el trumpismo, y al igual que esta doctrina, ha incumplido sus promesas a la clase trabajadora de seguridad y prosperidad.
  • No contempla un contrato social: pide a los “súbditos” obediencia, aplausos y sufrir en silencio.
  • Utiliza el fantasma del terrorismo “islamista” no sólo para perseguir a sus oponentes seculares y religiosos, de derecha y de izquierda, sino como cortina de humo para ocultar su incapacidad de emprender reformas económicas y sociales.

Entre los desafíos de Al Sisi

  • Acabar con la desastrosa situación económica: bajo las presiones del FMI, el gobierno ha devaluado la libra, que ha perdido la mitad de su valor. Además ha aplicado unas severas medidas de austeridad, como congelar los salarios o reducir los subsidios a los alimentos básicos, lo que causó el aumento de los precios en un 41%, etcétera. El alto índice del desempleo juvenil —uno de los motivos de la Primavera egipcia, en un país donde cerca del 60% de la población es menor de 25 años—, debe asustar al gobierno, que no deja de invertir en la compra de armas y absurdos proyectos faraónicos.
  • A causa de sus convicciones machistas, el equipo de Al Sisi es incapaz de utilizar la fuerza laboral e intelectual de la mitad de la población, las mujeres, para el progreso del país. Se dirige a ellas como amas de casa, madres y hermanas, pidiéndoles que apoyen a la patria “ahorrando electricidad, apagando las luces y la estufa”. Preservar la “identidad egipcia” que proclama, (y que significa lo más retrogrado y discriminatorio de las tradiciones, cuando se trata de mujeres) incluye la práctica de la ablación y la legalidad de la violencia contra a mujer. Su situación ha empeorado por el clima de inseguridad y la crisis económica: desde 2012, la tasa de embarazo y de matrimonios con niñas menores se ha disparado.
  • Impedir una guerra del gas en el Mediterráneo Oriental con Turquía, país que además está gobernado por los HM.
  • Seguir haciendo malabarismos con las petromonarquías del Golfo Pérsico para llenar las arcas públicas, ahora que la economía está paralizada. Los militares, muy “patriotas”, aceptaron la propuesta del Reino de Arabia de derrocar al presidente egipcio Mohammad Morsi en 2013 a cambio de recibir 1.200 millones de dólares anuales. Ahora temen la venganza saudí, por ponerse al lado de Irán apoyando al presidente sirio Bashar al Asad, por considerarlo un baluarte contra el islamismo. Cobraron en 2016 otros cientos de millones de dólares de los saudíes por la venta de dos islas egipcias en el Mar Rojo. Hasta sus defensores unieron sus voces a las grandes manifestaciones de ciudadanos que no daban crédito a lo ocurrido. Ahora deben trabajar para quitarse el apodo de vendepatrias, en su sentido más literal.
  • Cumplir lo incumplido: garantizar la seguridad de los ciudadanos. Han muerto cerca de 2.000 civiles y militares en los atentados y las costosas “campañas antiterroristas”; han enviado a la prisión a miles de personas, normalizando el uso de la tortura. El sector turístico que en 2010 empleaba al 10% de los trabajadores egipcios e ingresaba 12.500 millones de dólares, redujo en 2016 sus ingresos hasta un 75%, a causa de la inseguridad. Es casi imposible que Al Sisi consiga este objetivo. La lucha intestina, tanto en el seno del ejército como en el de HM puede añadir más complejidad al clima de terror que hoy sufre el país. Por suerte para los egipcios, es difícil que el país más antiguo del mundo se desintegre en pedazos como otros países árabes.
  • Recuperar la amistad de la Casa Blanca, que perdió durante el mandato de Obama. A pesar de que Estados Unidos necesita a Egipto para mantener el acuerdo de paz con Israel, y ser también un contrapeso a Irán, hoy carece de una estrategia respecto a este país, aunque Trump haya calificado a Al Sisi como un “hombre fantástico”.
  • La disputa por el agua del Nilo con Etiopía y Sudán.

A pesar de este panorama, los egipcios que al principio mostraron el síndrome de Estocolmo hacia el militar que les secuestró, traumatizados ahora, no piensan en otra revolución: la memoria y el dolor del fracaso son demasiado recientes. Además falta una alternativa para que las cosas no vayan a peor: resulta que uno de los problemas de Egipto radica en que gran parte de sus políticos son conservadores y enemigos de la modernización de las estructuras político-sociales del país.

Ahora bien, el mariscal Al Sisi no debe subestimar la amplitud y la profundidad del descontento popular que puede estallar de forma espontánea en el momento menos esperado. Al cerrar todo el espacio político para el activismo y la crítica pacífica, sólo deja abierta la vía menos amistosa para solucionar los problemas sociales.