Punto y seguido

Nazanín Armanian

Siria: Mujeres en manos de Dios

19 ago 2012
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Cuando se trata de los derechos de la mujer en Oriente Medio, todos los Estados son teocráticos. Desde Turquía a Israel, pasando por Catar e Irak, las élites gobernantes en nombre de la Providencia, secuestran la libertad y la autonomía de la mitad de la población, para así someter al resto. En la Siria supuestamente secular, la dual opresión sobre la mujer – la explotación capitalista y la del patriarcado, según Friedrich Engels -, se suma a las leyes divinas y tribales, y la peor parte de las costumbres y tradiciones arcaicas, para convertir a la mujer en la ciudadana de segunda.

Situada en el triste puesto 124 sobre 157 países en el Índice Global de Disparidad entre Géneros (2011), Siria puede caer al nivel de Arabia Saudí o de Afganistán, teniendo en cuenta la composición de la insurgencia que lucha contra el gobierno de Al Assad.

Las sirias, de larga tradición de lucha por la igualdad, votan desde 1949 y ejercen la abogacía desde 1976, año a partir del cual han contado también con ministras en los sucesivos gobiernos. La tasa de alfabetización adulta es de 85%, y la esperanza de vida 75 años. Los anticonceptivos son gratuitos, y las embarazadas tienen derecho a 120 días de permiso de maternidad pagado. La otra realidad es que aun siendo fiscal general, al igual que los menores y los discapacitados mentales, una mujer debe tener la autorización de un tutor varón para trabajar, viajar, casarse, y un sinfín de gestiones.

Este sistema que considera a la mujer un “sub genero”, luego le otorga el derecho a solicitar préstamos bancarios sin el permiso de sus “tutores”.  ¡Alabado sea el capitalismo que eleva a la mujer a la categoría del hombre cuándo se trate de sacarle el dinero! Eso sí, ella seguirá heredando solo la mitad que el hombre.

Peor es posible

A pesar de que la Constitución  asegura la igualdad entre los ciudadanos, transfiere a los tribunales religiosos (islámicos, judíos y cristianos) la facultad de atender los asuntos relativos al estatuto personal. Sus jueces  garantizarán la ancestral supremacía del hombre sobre la mujer.

Entre el rosario de lo prohibido a las sirias, es amar a un hombre de otra religión y contraer matrimonio con él, o el transmitir su nacionalidad a los hijos nacidos de padres no-sirios, aunque sean de religiones abrahámicas. Estos niños no tendrán acceso a la sanidad y educación gratuitas, ni podrán heredar la propiedad de los padres. Para solicitar el divorcio –un tabú social-, las musulmanas no pueden recurrir a “ya no quiero vivir con él”, sino que deben aportar pruebas al juzgado que muestren una enfermedad crónica del marido, su drogadicción, largas ausencias, etc. Una vez que lo consiga, debe guardar el celibato si quiere mantener la custodia de los hijos, a la que tiene la obligación de cuidar hasta su adolescencia y luego entregarlos al ex marido. Éste, sólo con pronunciar tres veces “te repudio” puede divorciarse unilateralmente de ella, sin más, y enseguida rehacer su vida, incluso con cuatro mujeres al mismo tiempo, y sin “la carga” de los hijos, aunque seguirá siendo el tutor único de los proles. La guinda la pone la surrealista ley del adulterio. Se admite la denuncia de la esposa sólo si su cónyuge comete la infidelidad en el hogar familiar y él lo confiesa por escrito. El juez le condenaría a, más o menos, un año de cárcel. ¡Cómo se lo han montado! En cambio, la mujer sospechosa de cometer un delito sexual, o la que ha sido violada o haya rechazado un matrimonio forzoso, lo más probable es que sea asesinada por los varones de la familia, que  para no pisar la prisión a veces encargan el crimen a un menor. Cada año, unas 200 mujeres son sacrificadas al pie de esos “honorables” señores.

Que haya más niños registrados al nacer que niñas, muestra hasta qué punto el drama de ser mujer obliga a las madres realizar el aborto selectivo.

De poco sirve la educación gratuita y universal que proporciona el Estado, si está basada en una mentalidad que considera a la mitad de los seres humanos inferiores, por la gracia de Dios.

Discriminación normalizada, la pobreza del 25% de la población –en su mayoría mujeres campesinas-, la ausencia de la democracia y la falta de perspectiva para millones de jóvenes de ambos sexos, son parte del caldo de cultivo que ha hecho resurgir a la ultraderecha religiosa. La prohibición del uso del niqab (velo que cubre la cara salvo los ojos) en los centros académicos públicos, sólo ha impido al gobierno ver esta tendencia creciente. Miles de niñas y adolecentes ingresan en las madrasas, gestionadas por la clandestina, aunque poderosa, organización Hermanas Musulmanas Qubaisi – por su fundadora, la jequesa Munira al-Qubaisi- , que ha seguido con su proyecto de reislamizar la sociedad desde abajo, mientras los Hermanos estaban siendo vigilados.

El conflicto actual convierte este escenario en el pasado, interrumpe el proceso lento de la modernización de Siria, arrastrándola a la tenebrosa Edad Media.


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