Opinion · Punto y seguido

La crisis de Jordania y el factor de la ‘guerra contra Siria’

Seis años después del fracaso de su Primavera, Jordania vuelve a las calles para exigir justicia social, trabajo y el fin de la corrupción y el régimen policial. Decenas de miles de hombres y mujeres llevan protestando contra las medidas de austeridad del gobierno y la reforma tributaria exigida por el FMI, que aumentará el gravamen a los ingresos tanto a los sectores más desfavorecidos como a las empresas. Los más afectados serán la clase media y el sector más pobre de los desheredados: los refugiados palestinos, que componen el 60% de los cerca de 10 millones de habitantes del país. Los precios de pan, electricidad y combustibles no paran de aumentar, sobre todo desde el inicio del año.  

Jordania es uno de los países con menos agua del mundo, con algunas minas de fosfato, potasa y pocas reservas de petróleo y gas. La ausencia de políticas ingeniosas, capaces de romper el eslabón entre el bienestar de los ciudadanos y una tierra poca generosa, agrava la crisis estructural de Jordania y lo hace dependiente de la ayuda externa que nuca viene gratis: EEUU y las petromonarquías del Golfo Pérsico han condicionado sus dólares a la alineación de la política exterior del reino jordano con sus intereses regionales, siendo éste uno de los principales factores de la actual crisis política, económica y social de Jordania.

El pequeño reino ha tenido que sufrir las consecuencias de la guerra de Israel contra palestinos, y el de EEUU y sus aliados contra Irak y Siria. La entrada de millones de refugiados palestinos, iraquíes y sirios han cambiado el rostro y el destino del país.

Siria: la paradoja de una guerra

Jordania, junto con el Líbano, Turquía e Irak han sido los principales receptores de los sirios que huyen de una guerra interminable. La llegada de 1,4 millones de refugiados a este pequeño país ha causado graves problemas de gestión para sus autoridades no preparadas. Abundan las denuncias de familias sirias de malos tratos, tortura, expulsión bajo la falsa acusación de “pertenecer a Daesh” y deportación forzosa al espantoso campo Zaatari. Instalado en el desierto que comparte con Siria, el tercer campo de refugiados más grande del mundo (después de Dadaab  y Kakuma en Kenia que juntos acogen a 400.00 personas), encierra a 80.000 sirios, sobre todo a mujeres y niños, expuestos a todo tipo de abusos y escaseces de primera necesidad, a pesar de que Jordania recibe miles de millones de dólares de ayuda para refugiados desde diferentes organismos y estados.

Desde junio de 2016, y después de que un atentado matara a seis jordanos, el reino ha cerrado sus fronteras de 375 km con Siria y ya no deja pasar a los que huyen de una guerra en la que ha participado activamente y que ahora está haciendo tambalear las columnas del propio régimen.  

A pesar de declararse ”neutral”, Jordania ha sido partícipe del complot de sus aliados para desmontar el Estado sirio, acatando las ordenes de EEUU y el Reino de Arabia. Desde 2011, miles de hombres armados han sido entrenados en el Centro de Operaciones Militares de la CIA en Ammán para hundir Siria en una guerra que ha dejado cientos de miles de muertos y millones de heridos, mutilados y desplazados. La recompensa para el rey y sus hombres han sido unos cuantos sacos de dinero y, para su pueblo, más miseria. Y eso a pesar de que Abdalá II teme a la facción antimonárquica del “Yihadismo” patrocinado por sus aliados; incluso en marzo de 2017 ejecutó a 10 acusados del terrorismo. Los extremistas sunnitas de Hermanos Musulmanes, brazo político de esta clase del yihadismo, han sido una de las principales amenazas a la estabilidad del estado jordano. El diario The Jordan Times (del 7 de febrero de 2018) revela el “doble juego” de Israel con Daesh y Al Qaeda: en Siria les entrega sueldos y ayuda logística con el objetivo de convertirlos en el contrapeso del grupo libanés proiraní de Hizbolá. Los servicios de inteligencia israelí y jordano cooperan estrechamente con estos elementos que son la espada de doble filo para Amman, justo cuando Washington y Riad le asignan una nueva misión: ser la base de operaciones contra Irán en Siria y en Irak, ahora que Turquía se ha centrado en la lucha contra los kurdos.

El impacto económico-social de la guerra se refleja en la pérdida de las rutas de exportación a Siria, que le conectaban con Europa y el resto de la región; en la subida de los precios de la vivienda (el campo Zaatari solo acoge a unos 80.000 sirios); la bajada de los salarios reales de los trabajadores jordanos; además de la pérdida de ingresos fiscales por el trabajo informal que realizan los sirios; y problemas con el suministro de agua, electricidad, saneamiento y servicios de transporte. La corrupción impide que las ayudas internacionales palíen el sufrimiento de la población.

El malestar aumenta entre los trabajadores jordanos que ven a los sirios (jóvenes, preparados y “baratos”) como una gran competencia. La Unión Europea ha creado Zonas Económicas Especiales para emplear a los refugiados no cualificados, en talleres de textil y servicios de alimentación. Sus bajos sueldos y la distancia de estos centros a los barrios que residen ni ayuda a ellos ni contribuye a la mejora de la débil economía jordana. ¿No sería más lógico que, en vez de decir a los refugiados lo que necesitan, invitarles a la toma de decisiones y poner en la agenda sus necesidades reales?

Lidiar con Arabia

Jordania, al igual que otros pequeños estados árabes (Qatar, Líbano, Siria, etc.), asfixiada por las injerencias de Arabia, intenta buscar aliados y se acerca a Turquía, Rusia o Qatar. Pero, el rey Salman de Arabia, que ha convertido este país en su medio para influir en escenario sirio, resiste utilizando todos sus medios: en diciembre pasado secuestró al millonario palestino-jordano Sabih al Masri, presidente del Arab Bank, para enviar un mensaje tanto al rey Abdulá como al presidente de Palestina, Mahmoud Abbas: “¡Aceptad el nuevo estatus de Jerusalén (aceptado por el propio jeque por 2 condiciones), y absteneros a acudir a la cumbre de la Organización de Cooperación Islámica, celebrada en Turquía, por la “Crisis de la Ciudad Santa!”, sino les cortaría las ayudadas y hundiría a sus pueblos en la miseria absoluta. Además, podrá expulsar a decenas de miles de trabajadores jordano-palestinos de todos los países árabes del Golfo Pérsico, como lo hizo en 1991 cuando Arafat apoyó a Sadam Husein durante la agresión militar liderada por EEUU a Irak. Aun temblando de miedo, ambos mandatarios acudieron a Ankara y, para más inri, se hicieron fotos con los dirigentes de Turquía e Irán.

El reino de Jordania no puede vender los intereses de la nación a otras potencias, destruyendo, además, la vida de millones de personas en Siria y pensar que podrá salvarse del fuego del infierno que ha atizado. Ahora, debe responder por sus pecados ante el pueblo.