Punto y seguido

Nazanín Armanian

Lo que une el burka con la reina

03 mar 2013
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Mientras la opinión pública sigue con un interés morboso, y sin escandalizarse, la relación entre el rey Juan Carlos con una alemana, me pregunto cómo hubiera reaccionado si fuera la reina Sofía quien tuviera un “amigo entrañable”. Aunque, las leyes otorgan la igualdad entre los géneros, la persistente cultura patriarcal sigue sin reconocerla. Incluso puede que fuese ella misma, quien a pesar de su poder, renunciase por su educación tradicional y religiosa a ejercer este derecho. ¿En qué lugar queda su “libre elección”?

“La voluntad propia de llevar el burka” y la libertad  religiosa son los argumentos ofrecidos por el  Tribunal Supremo para anular la Ordenanza del Ayuntamiento de Lleida que prohibía el uso del velo integral en edificios públicos. Que las religiones hayan instalado en los cerebros de sus adeptos “un gran hermano” armado con el fuego del infierno, lo cual hace innecesaria la presencia de un varón carabinero para que les coaccione, no justifica el profundo desconocimiento del Tribunal respecto al velo integral —que no es religiosa ni cultural— y los motivos de su uso, que es absolutamente político: es la marca de la corriente wahabita fabricada en Arabia Saudi.

Por otro lado, de qué “libertad” se habla cuando se sabe que las mujeres emburkadas carecen del elemento fundamental que da sentido al ejercicio de la liberad: tener acceso a la información. Mujeres a las que se les prohíbe entrar en comunicación con otras personas, debatir ideas, viajar, ir al cine, escuchar música, amar, elegir al hombre con el que vivirán el resto de sus vidas, ni qué decir de participar en la vida social, ¿cómo pueden desarrollar libremente  (dentro de las condicionantes convencionales) su personalidad, si el “plan” justamente es impedir que sean autónomas y libres? Además, no es lo mismo llevar niqab en occidente que en Arabia, donde los hombres, al no sentirse amenazados por rivales, les permiten trabajar y asomarse a la vida social.  En Europa, ellas no son ni el segundo sexo.

¿Qué hay de “libre elección” en una niña de 9-10 años, que carece de idea sobre la religión, para cubrirse con esta prenda? Deben ser atendidas por psicólogos aquellas adolecentes con las hormonas a flor de piel, en España, en Dubái o en China, afirman que les gusta esconder su rostro para huir de las miradas de los chicos. El trastorno de personalidad que sufrirá una menor, adoctrinada en valores como obediencia, sumisión y represión de los instintos básicos y más humanos, asustada por el pecado que supone bailar, cantar, soltar una carcajada, tocar, vestirse de colores o hablar con un compañero, es intratable. Ni qué decir del secuestro de sus sueños y perspectivas. Vive permanentemente en un estado de terror: a la familia o a Dios. Para quienes dirigen este “feminicidio blando”, una niña es considerada adulta en sus obligaciones (las mismas que se le asignó hace unos siglos), y una adulta siempre es menor en cuanto a sus derechos, para cuyo ejercicio necesitará la autorización del varón.

El velo tampoco protege a las mujeres de la agresión sexual, como suelen insistir. El índice de violaciones en los países musulmanes es mayor que en un país europeo, ya que al sistema patriarcal y la supremacía masculina que comparten, se añaden las prohibiciones sexuales; ni impide que ellas se conviertan en mujer-objeto, todo lo contrario, ya que aquella prenda oculta el nivel de la inteligencia, las virtudes, los pensamientos de su portadora, para transmitir el  único valor que posee: ser una persona de sexo femenino, que desde la fidelidad será la propiedad exclusiva de un solo hombre. En un mundo lleno de incertidumbres y carencias —un valor seguro— tranquiliza a determinados varones.

El Tribunal, que confunde el oscurantismo promovido por unos movimientos políticos con la cultura de millones de personas, en sus argumentos huye de la responsabilidad de vigilar los derechos de ciudadanía de estas mujeres que ya son o serán españolas y cuyo número crece paralelo al avance de la extrema derecha ultraconservadora.  Las autoridades carecen de políticas de integración que impida la formación de guetos, donde el rechazo mutuo entre estas familias y los demás vecinos creará conflicto social, explotado por hombres de ambos lados que esperan su momento de gloria y poder.

El velo y la religión

En el Corán no existe ningún versículo que obligue o aconseje a las mujeres cubrirse la cabeza, el pelo y ni mucho menos el rostro. Para el libro sagrado la ropa es “como un adorno. Pero la ropa de rectitud es mejor” (7:26),  y se diferencia del Génesis (3.7, 21) en el que los primeros humanos se cubrieron “sus vergüenzas”, por  pudor.

La libertad absoluta de vestimenta no existe en ningún país, de lo contrario uno podría ir en bañador a una reunión o andar por las calles con el uniforme Nazi. Suena a chantaje y manipulación afirmar que al prohibir el velo integral ellas serán  las perjudicadas, se les impedirá salir a la calle, como si esto no fuera un delito: retención ilegal. Aunque en realidad, las emburkadas de las familias trabajadoras deben seguir realizando sus tareas domésticas: ir a comprar alimentos y llevar a los hijos al colegio; lo harán con un pañuelo y una túnica larga, lo cual sería un paso adelante.

La occidentofobia y la modernofobia es la otra cara de la islamofobia. Impedir que las mujeres tengan relaciones con un entorno ominado por Koffar (no creyentes) es una forma impedir que se empapen de reivindicaciones, que desmoronaría su carcomido sistema.

Es un acto de provocación hacer caricaturas de Mahoma y también lo es convertir esta prenda en la bandera del totalitarismo misógino, cuya doctrina, muy estructurada, otorga el estatus de “subhumano” a las mujeres: seres creados para servir al hombre y obedecerle hasta que la muerte de ella les separe. La segregación es una política al servicio de “divide y gobierna”.

El relativismo religioso-cultural, que protege el esfuerzo de una “comunidad de mantener su seña de identidad”,  impide la crítica hacia las costumbres humillantes o atroces, mitifica el atraso y el subdesarrollo (que no es el decrecimiento alternativo al consumismo deshumanizado), por no decir que oculta la pérdida de valores de una izquierda que hace unos años eran firmes e innegociables: empieza por “respetar” el velo, y termina por justificar la ablación, la poligamia y silenciar la violencia de género. La otra cara de la falsa defensa del laicismo es la de los políticos occidentales que financian y arman a los peores integristas en Afganistán, Irak, Libia, Siria y Mali para sus macabros  y deshonestos fines.

Autorizar el regreso del oscurantismo petrificado por los taliban europeos echa por la borda las conquistas sociales de aquí, y dificulta aun más la lucha de millones de personas allá por parar los pies a los que en nombre de Dios, siguen avanzando y dejando tierras quemadas detrás de sí.

Sin rostro, no hay sociedad

Las mujeres pashtunes de Pakistán y Afganistán llevan la prenda llamada burka (adulteración de la palabra purda, “cortina”) como signo de identidad étnica y no religiosa; por su parte el niqab, propio de las mujeres de la Península arábiga, y parecido a lo que llevan los hombres del desierto, es un invento para protegerse de las inclemencias del clima. Asignarle simbolismo de distinción étnica, social o religiosa, es posterior.

Martha Zein, la analista de imagen, señala cómo el Occidente cristiano ha basado la individuación del ser humano en la existencia de un rostro —esa sede de los órganos de los sentidos—, y que fue Platón quien buscaba la “verdad” en la cara humana. Con el Renacimiento el rostro encarnó al individualismo moderno, que luego en el Pop-Art, y hoy en el Facebook, alcanza su máxima.

Si el rostro es el espejo del alma, los gestos faciales y corporales juegan un papel importante en el desarrollo de la comunicación, el lenguaje, y la inteligencia. Aun así, el rostro, esa identidad individual e irrepetible de la persona, es más que eso. Una mujer a la que se le impide ver, oler, oír, sentir, tocar, es un cuerpo de mujer, existe de cara a su familia, no un ser social, carece de identidad. Las prohibiciones —como la ley contra la violencia de género—, son necesarias y deben ir paralelas a la concienciación social. En una sociedad avanzada la igualdad entre los sexos es un valor indiscutible e irrenunciable que debe ser cumplido.


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