Opinion · Punto y seguido

Islam político: empujando la historia hacia atrás

Hace dos años, cuando millones de personas desde el Norte de África y Oriente Próximo pedían la democracia política y económica, se anunció la muerte del islamismo (¿La era del post islamismo?). De nuevo, tras el derrocamiento del Gobierno del hermano musulmán Mohamed Mursi, a mano de 20 millones de egipcios, se vuelve a plantear si estamos ante el fin definitivo de un Islam con aspiraciones de poder. Sorprende que un año fuese suficiente para los “musulmanes” egipcios en dar la espalda a una organización que lleva 80 años en la oposición, dando asistencia social a los más pobres. Pues los que piden paciencia a los hambrientos tienen el estomago lleno.

Las primaveras árabes estaban condenadas a fracasar, en parte por la naturaleza de los grupos islamistas que las secuestraron y las desviaron (Réquiem por la Primavera Árabe).

Interpretar en clave religiosa todo lo que sucede en esta zona del mundo es tan absurdo como tratar la crisis económica europea en clave del cristianismo. Se llamó, también erróneamente, “Revolución Islámica” a la gran revolución nacional-democrática de Irán del 1979, como si los 30 millones de iraníes se jugaran la vida, pidiendo más mezquitas y más espiritualidad (Los marxistas y los islamismos, desde la experiencia de Irán).

El versículo 9:38 del Corán muestra que el bienestar personal es primordial, incluso para los militares religiosos, negándose ir a la guerra: “¡Creyentes! ¿Qué os pasa? ¿Por qué, cuando se os dice: «¡Id a la guerra por la causa de Alá!» permanecéis clavados en tierra? ¿Preferís la vida de acá a la otra? Y ¿qué es el breve disfrute de la vida de acá comparado con la otra, sino bien poco…?”. El versículo 9:81 aclara el motivo: ¡hacía calor!  Di: «El fuego del infierno es aún más caliente»”, les recordó Dios, en un tono amenazante.

En el Irán de entonces, como en el Egipto de ahora, las rebeliones de tal envergadura tienen un trasfondo económico y político. La religión y sus mensajes familiares se convierten en la bandera de los pueblos ante la ausencia de partidos (a causa de una persecución despiadada) que les representen.

El islam político es un fenómeno de nuestra era. La inexistencia de un Papa poderoso, la diversidad de los centros religiosos y la separación entre el poder mundano y el terrenal dejaban tranquilos a los reyes. Éste fenómeno aparece a partir de 1978, en plena Guerra Fría, con el objetivo de cercar a la URSS con un  cinturón religioso (el mismo año que el polaco Papa Juan Pablo II ocupó el Vaticano). Desde Afganistán, EEUU creó a los muyahedines, con la misión de derrocar al Gobierno marxista del doctor Nayibolá. En Irán los hombres vestidos de negro aparecieron en las manifestaciones al sexto mes de las protestas, obligando a las mujeres a llevar el chador. Tomaron el poder sin tener siquiera la base social que ostentan los Hermanos Musulmanes en Egipto. Es más, uno de los fundamentos del chiísmo ha sido quedarse al margen del poder hasta la llegada de Mahdi, su Mesías. Ayatolá Jomeini cambió este principio con su Welayat-e faghih (tutoría del hombre religioso), y se convirtió en el jefe del Estado teocrático de Irán, una tierra empapada de petróleo, otro vecino de la URSS, enclave estratégico y… una reunión del G-4 en la isla de Guadalupe con los representantes del ayatolá hizo el resto: habría que evitar que Irán cayera en manos de las fuerzas progresistas. Éstas luego fueron exterminadas («Decidme cómo es un árbol» ), al igual que los generales del Ejército y los islamistas moderados y liberales –el primer presidente de la República Islámica, Hasan Bani Sadr, huyó del país y unas cinco millones de personas siguieron sus pasos-.  El horror fue de tal magnitud que Hosein Montazeri, el sucesor de Jomeini, dimitió en protesta (La teología islámica de la liberación). El rechazo hacia la reislamización del país fue tal que el propio Imán, un año después, abandonó el poder y regresó a la escuela teológica de Qom, dejando la política para los políticos. Poco después, se arrepintió y regresó. Tras varias rebeliones para desmantelar el extremismo, el propio sistema, quizás en un intento de corregir los excesos, ofreció la llamada  “democracia religiosa” del presidente Jatami, que tras ocho años de ineficacia mostró hasta qué punto reconciliar el mandato popular y el divino es una ficción. El nuevo presidente de Irán, ayatolá Rohani, será otro encargado de alargar esa ilusión.

En Irak, la guerra sectaria desatada por el Gobierno instalado por EEUU sigue devorando a decenas de personas cada día. Un Gobierno medieval para un país árabe desarrollado completó la obra de Bush. En las elecciones parlamentarias del 2010 ganaron los seculares. El Consejo Supremo Islámico tuvo solo ocho escaños de los 325.

Las distintas versiones nacidas en los laboratorios islámicos han fallado.

Una crisis existencial

Decía Marx que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces, una como tragedia y la otra como farsa. Querer imitar al profeta Mahoma y reproducir la vida de las tribus beduinas de Arabia del siglo VII, e introducir la Shari’a (centrada en la actitud moral de los súbditos) como norma de Estado es, en distintos grados, la esencia de los ideales del islamismo.

Como sus homólogos cristianos, afirman que la inmoralidad –que no la acumulación aberrante de las riquezas de todos en manos de unos cuantos- es la fuente del resto de los desequilibrios sociales. Se pueden destacar, después de más de tres décadas de este experimento – en Irán, Afganistán, Arabia Saudí, Yemen, Irak, Turquía, Tunez, Egipto, o Sudan-, los siguientes resultados:

-Mirada mutilada hacia las complejas cuestiones que presentan los Estados Modernos. El lema surrealista del “islam es la solución” para cualquier problema en cualquier tiempo y lugar no solo es simple sino también peligrosa.

– El Corán es su constitución, palabra de Dios, inamovible e infalible. Una orden para ser ejecutada. No se admite ninguna crítica, ni observación ni cambio.

-Declarar la desigualdad de los ciudadanos ante la ley, basándose en el Corán (el versículo 4:34 afirma la preferencia del hombre sobre la mujer, por ejemplo). ¡Serán iguales ante Dios!

– Su concepto de la economía: Ayatola Jomeini, dirigiéndose a los trabajadores, decía que “la economía es la preocupación de animales”, mientras los humanos deben mirar por su espiritualidad. ¿No será esta incapacidad de acabar con la pobreza el origen de los ayunos religiosos y santificar el hambre, o prometer  alimentos deliciosos en el Paraíso, para evitar la rebelión de los hambrientos en la tierra? El fracaso económico es el inicio del fracaso político. Al final, defienden el capitalista modelo siglo XIX que ni reconoce los mínimos derechos de los trabajadores.

– No reconocen el derecho a una sanidad y educación universal y gratuita para todos. La diferencias de clases existe, con la venia del Señor. Dejan la aspiración de promover una sociedad igualitaria a los marxistas.

– Menosprecian la dignidad y la integridad física de las personas en el sistema jurídico llamado “hodud”, basado en el ojo por ojo de hace cuatro mil años. La vigencia de la tortura y la pena de muerte es un ejemplo. Hasta el “moderado” Erdogan plantea restituir la pena capital.

– El miedo al pluralismo en el pensamiento y en los saberes les lleva a prohibir o reducir el peso de carreras de humanidades  (derecho, historia, ciencias políticas, periodismo, sociología, etc.) y expulsar a  Darwin, Shakespeare, Kant, Rousseau o Voltaire de las aulas, creando un grave vacío en dichas disciplinas y una manera de gobernar pobre. En Irán, los mandatarios, que suelen ser médicos o ingenieros, no pueden detectar el origen de los problemas y carecen de recursos mentales para ofrecer soluciones. ¡Y esto también explica que Irán sea uno de los primeros exportadores de nanotecnología o que gane año tras año en la Olimpiada Internacional de Matemática!

– Su sistema político es totalitario: no sólo eliminan las libertades políticas, sino también las más personales, obsesionados por el control sobre cada individuo. Reglamentan hasta el color de la vestimenta, y llegan a prohibir las manifestaciones de la felicidad: besar, reír, bailar, cantar, y todo bajo durísimos castigos. Odian la individualidad singular. Por eso uniforman a las mujeres.

– Crean grupos paisanos de represión para atemorizar a la población. Sus tribunales a veces recuerdan los de la Inquisición cristiana, acusando de blasfemia y ateísmo a los críticos. Mientras mandan patrullas para vigilar la moralidad de la gente, cometen las aberraciones más inmorales, a pesar de exhibir sus frentes marcadas por el sello de Mohr, tabletas de arcilla en la que pegan su frente al postrarse para rezar.

– Afirman rendir cuentas ante Dios, para no hacerla ante el pueblo. Se convierten en la nueva oligarquía, sin sonrojarse.

– Reivindican su independencia con respecto a las potencias, para no tener que responder por sus actos ante nadie, y de paso impedir que la influencia de la modernidad dañe las estructuras del poder tradicional. Su país es su “feudo”. Algo parecido al nacionalcatolicismo. No suelen reconocer ningún tratado internacional sobre los derechos de la mujer, la infancia y los trabajadores.

Nada de obituario

La experiencia como la muerte hay que vivirlo en la propia piel. Estos grupos seguirán teniendo su base social. La máxima lección que pueden sacar los Hermanos Musulmanes sería el no haber creado un ejército fiel, como los Guardianes islámicos de Irán; no entienden que si no satisfacen las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos, desaparecerán.

No hay guerra contra el Islam, sino contra su uso por los oportunistas, expertos manipuladores de fe y de una masa empobrecida y desesperada. El cruce entre la religión y la política no ha funcionado. Aun así, le queda mucha vida: EEUU seguirá utilizando a grupos religiosos como su quinta columna, contra Rusia, China  e India.