La cara dura del capitalismo ético

Thomas Hobbes intentó explicar los orígenes del Estado moderno como un pacto social para evitar nuestra autodestrucción. Sin embargo, su teoría se descompone al compás de la rotura unilateral de los acuerdos, cuando los gobiernos se esmeran al aplicar recortes por doquier.
Una única generación ha tenido la oportunidad de presenciar cómo nace, crece y desfallece el llamado Estado del bienestar, inmolado por crupieres globales en la pira de la crisis.
El Estado emergió como una inviolable alianza de castas económicas, políticas, religiosas y militares para someter a quienes producen. Su atuendo de neutralidad encubre un aparato dirigido por una élite que hace y deshace leyes para asegurar sus propios privilegios.
El espejismo del capitalismo ético ha sido tan fugaz que ya asistimos, en la primera fila, al funeral de las conquistas sociales. Durante el pasado siglo, en los rincones más privilegiados del planeta, la usura del sistema se ha ocultado bajo una maleza asistencialista. A su sombra, la insolencia floreció y las disidencias se marchitaron.
Luego, proclamaron el fin de la lucha de las clases y la muerte de las ideologías sobre los escombros del muro de Berlín. De-
sarmada y cautiva la izquierda, única esperanza de los parias de la tierra, un perverso neoliberalismo belicista, que ha globalizado el fraude a los pies de su becerro de oro, campa ahora a sus anchas.
Con el camino allanado ante las masas derrotadas, caen las libertades cercenadas por los dividendos de la guerra contra el terror y los ajustes de cuentas con las conquistas sociales, regadas con sangre, sudor y lágrimas.
El capitalismo con rostro humano agoniza y sus terceras vías no descansarán en paz: cientos de millones de almas han sido abandonadas en la jungla del libre mercado, devoradas por el darwinismo social.
Dicen que no hay recursos, pero lo que de verdad escasea es la vergüenza. Una vez socializadas las pérdidas y privatizados los beneficios, ahora debe ponerse en pie una famélica legión de millones de parados, mujeres y jóvenes, principales víctimas de la precariedad.
¡Que no nos arrebaten el derecho a patalear! Con organización, estrategia y esperanza, hacia la huelga general.