Punto y seguido

Nazanín Armanian

Arabia Saudí: el silencio blanco y un coctel de wahabismo y petróleo

23 sep 2013
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Decía Jack London que mientras el silencio de la oscuridad es protector, el silencio blanco —a la luz del día—, es aterrador. Y así se mueven los jeques de Arabia por el mundo, sigilosamente, apoyados por la complicidad de la prensa “democrática” de Occidente, quienes con tal de no perjudicar la imagen de su reino de terror, a cuyo lado las demás dictaduras de la región parecen democracias puras, simplemente ocultan lo que allí sucede. Por ejemplo: el pasado mayo, cinco yemeníes acusados de “sodomía” fueron decapitados y crucificados por el gobierno, mientras los ataques de varios individuos a homosexuales en Rusia, ocupó portadas durante días.

Contratos de armas, el aroma del petróleo barato, entre otros factores, suelen desactivar la “moralidad” de los defensores de los derechos humanos, e incluso forzarles, como al mismísimo presidente de EEUU, Barak Obama, a realizar una reverencia hasta casi arrodillarse ante el monarca saudí.

Arabia amplía su poderío y su zona de influencia; además de utilizar el arma del petróleo, está exportando a gran escala el wahabismo que encima es takfiri: no solo considera enemigos del Islam a los no musulmanes —aun siendo de las religiones del Libro—, sino que acusa de “infieles” a la mayoría de los musulmanes nominales y lanza el Yihad –en su sentido de guerra-, para guiarles por el camino recto. Utilizando el aliciente de “ganar el botín en este mundo y el Cielo en el otro”, que fue utilizado por los primeros conquistadores árabes, desoyen la advertencia del Corán (14:4) que afirma “No mandamos a ningún enviado que no hablara en la lengua de su pueblo, para que les explicara con claridad”. Y así “envió” a Moisés para los judíos, a Zaratustra para los persas y a Mahoma para los árabes. ¿Por qué entonces Riad envía a los wahabíes árabes a propagar recetas elaboradas por y para sociedades tribales de la península arábiga de hace catorce siglos, a Afganistán, Chechenia o a Europa?

Respaldados por los petrodólares y la fuerza militar de EEUU, los líderes saudíes no solo afirman ser representantes de Alá en la Tierra, sino que transfieren su agenda política a todo el mundo, provocando tensión y caos en tierras ajenas, derrocando a gobiernos no afines y reprimiendo movimientos populares: Afganistán, Yemen, Chechenia, Bahréin, Irak, Libia, Egipto y ahora Siria.

Esta tierra, que lleva el mismo nombre de la familia que gobierna como si fuera su feudo particular, exhibe en su bandera la imagen de un arma, una espada. Toda una declaración de intenciones de unos cuantos príncipes que no dudan en cortar la cabeza de los disidentes políticos, asesinos, brujos o hechiceros.

La teocracia octogenaria saudí con una visión profundamente irracional del mundo real, una particular mirada medieval hacia el concepto del Estado, del poder y de la seguridad nacional, abusa del empleo de la fuerza y la arbitrariedad para imponer su voluntad; ignora el papel de la sociedad en la política, y es incapaz de elaborar un proyecto regional viable y acorde con los derechos de las personas.

Obsesión por Irán

Riad considera a Irán su principal enemigo. Si interviene en Siria es para romper la “media luna chiíta”. Sería un error tachar este pulso de conflicto árabe-persa o sunita-chiíta, ya que los dirigentes religiosos de Irán no son nacionalistas, más bien “pan islamistas”, y están ampliando su influencia con el fin de conseguir una seguridad estratégica.

El actual escenario del Oriente Próximo desmonta totalmente la pseudoteoría de “Choque de civilizaciones” de Samuel Huntington, que no explicaría cómo una Arabia musulmana se une al Israel judío y al EEUU cristiano, para destruir a los musulmanes sirios o cómo participó en la destrucción de Irak, Libia y Siria, tres Estados árabes.

Arabia, igual que Israel, no le perdona a EEUU haber entregado el poder en Irak a los chiitas proiraníes. Los atentados que a diario arrancan la vida de un centenar de civiles iraquíes, reflejan esta batalla entre los tres países por quedarse con los recursos de Irak.

Riad, tras conseguir que los medios de comunicación eliminasen el nombre “pérsico” al golfo que lo lleva desde hace 2500 años —usando términos como “la guerra del Golfo” o “el Golfo arábigo” (¡Si Pakistán tuviera dinero, pondría su nombre al océano Índico!)—, con el fin de reducir el poder de Irán, están enviando parte de su petróleo a través del Mar Rojo esquivando el Estrecho de Ormuz. Tampoco escatiman esfuerzos para llegar a la minoría árabe iraní —discriminada por Teherán— que habita la petrolífera provincia de Khuzestán, en el Golfo Pérsico.

Arabia, que está perdiendo en Siria, aunque ha ganado en Yemen, Libia y Egipto, puede recibir un duro golpe: que la República islámica llegue a un acuerdo con Washington de poner fin a su programa nuclear y retirar el apoyo a Bashar al Asad, a cambio de tener garantías de no ser atacado por Israel.

Los temores de EEUU

A los tres pilares de la influencia de Arabia en EEUU: el sector financiero, el petrolero y la industria militar, se unen las organizaciones como la Liga Musulmana Mundial, el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas, la Sociedad Islámica de Norteamérica, la Asociación de Estudiantes Musulmanes, entre otras, cuyos objetivos son debilitar el Islam moderado. Pero eso no le preocupa a la Casa Blanca. Las inversiones saudíes allí alcanzan los 6 mil millones de dólares, sin contar el regreso del dinero de la venta del petróleo a las empresas de armas estadounidenses.

La OTAN ha invitado a Arabia a integrarse en su estructura, mientras Obama ha firmado con Al Saud la venta de armas por el valor de 67 mil millones dólares, el mayor acuerdo de armas entre dos Estados en la historia.

Aunque el viejo pacto de “entregar petróleo barato y seguro a cambio de protección militar” sigue funcionando entre ambos, puede que estemos ante el fin de la convergencia de sus intereses. A la Casa Blanca le preocupa la situación interna de su único aliado estable en la región por:

1. El aumento del peso de la facción panarabista en la Casa Saud, que considera a EEUU, Israel e Irán sus principales enemigos. Ya consiguieron expulsar a las tropas americanas en 2003 de la tierra de Mahoma. La noticia de la existencia de una base secreta de aviones drones en este país, filtrada en la prensa de EEUU, y que, aunque tiene por objetivo intimidar a Irán, ha puesto en una situación difícil a Riad.

2. El apoyo de un sector de la Casa Saud al terrorismo anti estadounidense.

3. Que el régimen se haya negado a desasociar el estado de la familia real y desvincularse del wahabismo.

4. Ignorar la urgencia de realizar reformas políticas, como introducir el sufragio universal, crear partidos políticos, y eso sin dejar de ser una dictadura. La pobreza azota a millones de personas; conseguir un préstamo para comprarse una vivienda supone estar unos cuantos años en la lista de espera y el ambiente de terror asfixia cualquier intento de progreso.

5. La incertidumbre sobre el resultado de la lucha por la sucesión del enfermo rey Abduláh, de 89 años, cuyo heredero, el príncipe Salman, de 78 años, también sufre achaques propios de la su edad. Están al acecho los 40 hijos varones del monarca.

6. Una oposición débil y fragmentada complica la situación, también la falta de experiencia del pueblo a la hora de movilizarse. Los 10 fundadores del islamista partido de Umma, que solicitaron su legalización, fueron detenidos: exigían el fin de la monarquía absolutista. Pasó lo mismo con los dirigentes del partido comunista, hace unos años.

¿Fin de la gallina de los huevos de oro?

A la ralentización del crecimiento económico del 5,1%, generado por los altos precios del oro negro en 2012, se añade la disminución de la capacidad del país en la producción del crudo. Además, la población ha crecido de los 6 millones de personas en 1970 a los 29 millones de hoy, y con ello, la demanda de energía. Se teme que en 2028 Arabia se convierta en un importador de petróleo. Si hasta la actualidad Riad ha mantenido bajos los precios, ha sido con el fin de impedir, entre otros motivos, las inversiones públicas de los países consumidores en energías alternativas; ahora no tendrá otro remedio que incrementarlos.

La fragilidad de ser una economía monoproductora y un país sumido en la corrupción donde falta hasta agua potable y luz corriente en la capital, que a pesar de las ganancias petrolíferas —unos 300 mil millones de dólares en 2011, sin contar los beneficios del “turismo religioso” de millones de musulmanes a la Meca—, tiene que ingresar incluso a su propio jefe de Estado en un hospital de Marruecos, mientras planean la construcción de una estación de metro con paredes hechas de oro y plata.

Es anecdótico que mientras Gadafi convertía el desierto libio en un vergel trazando un río artificial de 4.000 kilómetros de longitud, el régimen saudí expoliaba las tierras fértiles y las agua africanas —Egipto, Senegal o El Delta del Malí— para abastecerse de alimentos.

Los jeques se enfrentan a una sociedad joven, que empieza a ser contestataria, que pretende poner fin a ser de “blanco y negro”: ellas, sobre todo, quieren despojarse de vestido de luto obligatorio y también dejar de ser consideradas menores de edad de forma vitalicia, necesitadas de un tutor varón para cualquier gestión.

Que los saudíes a pesar de financiar el tinglado del “diálogo de civilizaciones” —reunión de líderes religiosos para consolidar su alianza en obstaculizar la laicización y el progreso de sus sociedades— y prohibir cualquier actividad religiosa no wahabita, hayan conseguido del gobierno español la autorización de la apertura de una sucursal del Centro del rey Abduláh Ben Abdulaziz para el Diálogo Interreligioso e Intercultural”, será que “no es nada personal. Es sólo negocio”, diría El Padrino.


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