La ley afgana que otorga al marido el derecho a negar el alimento a su esposa si esta rechista ante su exigencias sexuales no es más que la expresión legalizada del chantaje que sufren las mujeres dentro y fuera del matrimonio a nivel mundial. Un maltrato legal vigente en una veintena de países y practicado y silenciado en el resto. Aunque exhibida por el fanatismo religioso, la milenaria explotación sexual de la mujer resulta del monopolio y la gestión de los medios de producción y de los recursos económicos por parte de los hombres, además de la santificación de una moral discriminatoria que equipara la mujer y el sexo.
Para que la esposa cumpla con sus “obligaciones maritales”, han inculcado la perversa idea, tanto a ellos como a ellas, de que el estatus natural de la mujer es el de un ser inferior. Le aseguran que “las necesidades sexuales del hombre son mayores que las de las mujeres” y la asustan con que él “busque fuera lo que no encuentra en casa”. Como si fuera poco, la amenazan con un castigo duro en la otra vida por una divinidad que suele estar al lado de él. Así han perpetuado una humillación que hace añicos el vínculo del contacto íntimo con amor, deseo y respeto.
La condición de esposo concede a un violador el derecho a atentar impunemente contra su esposa una y otra vez, anulando su derecho y la capacidad de oponer resistencia a una violación que, para más pavor, acontece en el hogar. El matrimonio es un contrato sexual, condicionado en los sistemas patriarcales por la ley del mercado, en el que él provee los bienes de consumo y ella el placer y la descendencia. El precio de ella dependerá de su clase social, su nivel educativo, su belleza, su edad y de si es de primera mano. Un mercado donde se alquila su cuerpo, o se la vende por una dote que amortiza los cuidados recibidos, como en las tradiciones semíticas, que advierten que si los esposos se separan antes de “consumar” el matrimonio, ella debe devolver la dote. En la cultura hindú, la ofrecen gratis e incluso recompensan al que se la lleva.
Una situación agravada por la crisis, que ha dejado sin trabajo a 22 millones de mujeres, consolidando así la feminización de la pobreza y engrosando las filas de personas disponibles en la infame industria que trapichea con pan y sexo, dentro y fuera del matrimonio.
Son posibles elecciones libres en un país que agoniza bajo el terror de los talibanes y la invasión de unos 100.000 soldados procedentes de 43 naciones que no paran de soltar bombas y misiles sobre sus gentes? Afganistán –que hace 30 años era una República Democrática y en 2001, con la ocupación, pasó a ser una República Islámica tutelada por Estados Unidos– ha celebrado unos comicios que lejos de ser la culminación del proceso democratizador del país, sólo sirven a Washington para pintar de normalidad el caos absoluto, demostrar la utilidad de las agresiones militares, legitimar a sus políticos títeres y dar vanas esperanzas a este sufrido pueblo. Una farsa organizada con unos 65 millones de euros donados por los miembros de la Alianza Atlántica.
El presidente Obama, que no se enreda con palabrerías sobre la democracia o los no derechos de la mujer afgana y centra su prioridad en la seguridad (¡de sus tropas!), ha invertido cuatro veces más en operaciones militares que en reconstruir lo destruido. Los atentados del 11-S de 2001, año de la creación de la ambiciosa Organización de Cooperación de Shangai por China y Rusia, lanzaron a la mayor coalición militar de la historia, liderada por el Pentágono, a tomar Afganistán que, a pesar de no encontrar ni una sola prueba que lo relacione con dichos atentados, sigue ocupada.
Que Bin Laden no apareciera (como las armas de Saddam), y que Washington buscara una nueva alianza con los talibanes, presentan a Afganistán como un “daño colateral” de otros objetivos de EEUU: usarlo de trampolín para hacerse con el control estratégico y energético de Eurasia, punta de lanza de operaciones militares en la región y consolidar una OTAN asiática. Hoy Afganistán es el principal narco Estado del planeta; el país con mayor número de civiles afectados por la radioactividad de toneladas de bombas prohibidas descargadas por la aviación invasora; el país de donde han huido unos cinco millones de personas, dejando allá otro tanto de viudas y de niños huérfanos, que tientan a los traficantes de sexo y de órganos; donde mueren de hambre unos 400.000 niños al año y la esperanza de vida no alcanza los 45 otoños; una dictadura en la que los críticos acaban en uno de sus decenas guantánamos… Réquiem por Afganistán.
Cuarenta latigazos para las mujeres de Sudán que vistan pantalones. El mismo número que reciben las iraníes si no los llevan, aunque llevarlos pirata les supondría además una pena de prisión. Lubna Husein, la periodista sudanesa condenada a recibir esos azotes por violar el código de vestimenta moral al ponerse esta prenda, “indecente y occidental”, saca a la luz la magnitud de la falta de derechos de millones de personas sometidas a totalitarismos que regulan hasta los rincones más personales de sus vidas.
Que el modo de vestir de la población se castigue con la flagelación –prevista por el Corán sólo para el adulterio (versículo 24,2)– viene dado por considerar el sexo como principal fuente de los problemas de la comunidad, de ahí que cubrirse con ropa holgada frenará el despertar de los instintos más básicos. También se identifica la prenda con el rol asignado; ella con falda –siempre larga– estará al cuidado del espacio privado, mientras él vestirá pantalones y dirigirá la esfera pública.
Que ellas pretendan llevar pantalones desafía el orden patriarcal establecido y perturba la paz de las autoridades, ancladas en el pasado e incapaces de abordar nuevas situaciones. Para impedir la trasgresión de este orden, la Biblia advierte: “No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová, tu Dios, cualquiera que esto hace” (Deuteronomio, 22:5). Y los musulmanes citan a Mahoma: “Dios maldiga a los hombres que vistan de mujer y a mujeres que vistan de hombre”.
Perseguir a quienes llevan pantalones o faldas, además, tiene objetivos políticos: correr una cortina de humo sobre los verdaderos problemas sociales, y poner a raya a la población bajo pretextos no políticos. Tiempo después de que los hijos de Adán y Eva se desprendiesen de las hojas e inventasen atuendos para protegerse de las calamidades del medio, el pantalón fue fabricado, probablemente, por jinetes de Eurasia, quienes le llamaron “pi-jama”, término persa que significa “vestido para las piernas”. Las tropas persas fueron las primeras en utilizar pantalones en la guerra, mientras que los romanos y griegos iban cubiertos con faldas y túnicas, hasta que en el siglo XVII, y desde el Imperio Otomano, el pantalón se propagó en Occidente. ¡Hay que ver cómo hoy una inocente prenda se convierte en una bandera!
Cada vez que los medios se encargan de hacer de algunos delitos noticia al borde del sensacionalismo, parte de la sociedad pide el endurecimiento de las penas para, por un lado, escarmentar a los infractores de los pactos establecidos –más allá de su justedad– y, por otro, aleccionar a los demás por si caen en la tentación de saltárselos. Sin embargo, educar en base a miedos, hacer uso del terror como instrumento de control e identificar la justicia con castigo severo sólo han servido para saciar la sed de venganza.
Bajo el nombre de preservar la paz social, los gobiernos han privado de libertad a unas diez millones de almas, incluyendo disidentes políticos, prostitutas, drogadictos e indigentes. En España hay más de 70 prisiones –otras nueve en construcción– que albergan a unos 60.000 internos. Las medidas coercitivas por sí mismas ni reparan el daño hecho, ni evitan la repetición del mismo delito por otros, ni impiden que el infractor reincida. Tampoco la pena de muerte frena a quienes, de forma premeditada o impulsiva, rompen la legalidad. ¿Acaso la silla eléctrica o la inyección letal han hecho disminuir el número de asesinatos en EEUU, que cuenta con una población correccional de siete millones de personas? ¿Acaso en Irán la lapidación ha podido cohibir a los que deciden amar sin pedir permiso?
La industria penitenciaria va en auge: cientos de millones de euros destinados a construir nuevas prisiones, nuevos puestos de trabajo carcelario y más efectivos policiales, sin contar la inversión en artilugios como cámaras de vigilancia, pulseras o sistemas de identificación. Y eso es sólo una parte de un negocio que desde la televisión, uno de las principales agentes de socialización, promociona la violencia como medio de resolver conflictos. Dibujos animados y películas que manipulan la sensibilidad del espectador y provocan fascinación hacia el agresor seductor, duro y triunfante. La oferta incluye la violencia divertida: vestirse de militar y desahogarse disparando balas-bolas de pintura.
La fábrica del crimen sofisticado ha sabido colarse de tal manera en nuestros proyectos de vida que hasta series como CSI hacen que cada vez a más estudiantes se les despierte el morbo de ser forenses o detectives… Ningún castigo es justo si no se tratan las causas que convierten a una persona en una amenaza para otra.
Se salió del guión. Criticó la actitud racista de un policía blanco hacia un ciudadano negro y los blancos organizaron un monumental ataque, por lo que el presidente negro –aunque mulato– Barak Obama fue obligado a disculparse ante un sistema basado en el poder de los blancos que le había colocado ahí arriba para dar la imagen de un país que siempre vence, incluso al racismo inherente a sus
cimientos.
Le sacaron de su confusión: él, al igual que los ex secretarios de Estado Condoleezza Rice o Colin Powell, no es más que la cara negra de un poder absolutamente blanco. Lo ocurrido no era excepcional.
Una ciudadana blanca, desde una zona exclusiva para ricos –que se da por supuesto que son blancos– avisa a la policía de que un negro estaba entrando en un domicilio. Ni se imaginaba que él pudiese vivir en tal barrio, aun siendo una eminencia de la Universidad de Harvard. Lo mismo pensó el policía blanco que humilló y detuvo al profesor.
Obama, en falso, representa la era posracial, y los progresos increíbles en esta materia parece que los valora desde la comparación de la actual situación con cuando los negros utilizaban fuentes y aseos diferenciados. La realidad de hoy es contundente: la renta de una familia negra media es diez veces menor que la de una blanca; la tasa de mortalidad de bebés negros es dos veces mayor que la de los blancos, y menor es la esperanza de vida de sus adultos.
La probabilidad de que un negro acabe en prisión es ocho veces más que la de un blanco, aunque se trate del mismo delito. Así, atrapados en un sistema de desigualdad estructural, uno de cada cuatro se encuentra entre rejas.
La aberrante idea de la supremacía de un colectivo sobre otros ha llegado a santificarse en los libros religiosos que les considera “Elegidos por la gracia de Dios”. ¿Por qué no ha habido un profeta o un ángel negro, si “también van al cielo todos los negritos buenos”? Antes como ahora, sin un racismo popular y cómplice resultaría imposible explotar, cometer limpiezas étnicas o conquistar otros pueblos para esclavizarlos y apoderarse de sus recursos.