Le precedieron Saddam y Musharraf. Ahora las campanas doblan por otro hombre de EEUU con fecha de caducidad. Y ya hay una alternativa a Hamid Karzai: el fundamentalista y empleado del Banco Mundial Abdullah Abdullah, que ocupó el lugar de Karzai el día de la investidura de Obama. El presidente afgano no había sido invitado.
Según la versión oficial, la caída en desgracia del afgano se debe a su incapacidad de acabar con los talibán, aunque hay otro motivo: se había vuelto crítico con sus amos. El ex consultor de la petrolera Unocal y candidato de los talibán ante la ONU se convirtió en presidente de la mano de Bush tras el monumental fraude electoral de 2005 que originó la dimisión de 14 de los 16 candidatos. Cuando le dijeron que había personas que habían votado hasta 15 veces, dijo: “¡Esto demuestra las ganas de participar en las elecciones!”.
Karzai se había dado cuenta de que Washington le estaba tomando el pelo: por un lado le exigía mano dura contra los talibán y, por otro, les armaba. No iba a cargar solo con toda la responsabilidad del desastre del país, por lo que empezó a cuestionar la impunidad en los delitos cometidos por los ocupantes, se negó a firmar la petición de EEUU de establecer bases permanentes y permitió que el parlamento investigara la participación de los oficiales de la OTAN en el transporte de droga al extranjero. Paralelamente, negoció con los jefes tribales la creación de un Estado islámico que exigiría la retirada de los ocupantes y prohibió a la prensa llamar terroristas a quienes atentaban contra los extranjeros. Patriotismo tardío de un oportunista.
Los riesgos de un cese brusco de Karzai han empujado a EEUU a organizar esta segunda vuelta de las elecciones. Una vez humillado, aceptará un puesto inferior, pensaron. Si a través de un Gobierno fuerte dirigido por Abdullah Washington no consigue construir el gasoducto Caspio-Afganistán-Pakistán ni instalar lo que va a ser una mega base militar en este territorio, cubrirá el vacío de poder con más soldados, ignorando la propuesta de políticos locales de crear un consejo presidencial compuesto por hombres influyentes del país.
Planes que se desharán por el choque de los intereses de demasiados actores –EEUU y Europa, Rusia, China, Irán, India, Pakistán, Turquía y Arabia Saudí– y por el hondo sufrimiento de los afganos, que aborta cualquier actividad que genere futuro.
La guerra es la suma de todas las tragedias que un ser humano puede sufrir: ver morir a los seres queridos, torturas, violaciones, hambre… Quizá por esta asociación, muchos gobiernos cambiaron el nombre de Ministerio de Guerra por el de la Defensa, sin frenar su maquinaria bélica. Tras las protestas contra las “guerras preventivas”, se empeñaron en realizar operaciones de maquillaje a las fuerzas armadas –asociadas a la represión, a los golpes de Estado, a la ultraderecha y el terror– y añadieron el término “humanitario” al despliegue de tanques y misiles, y de paso destinaron nuevas partidas de presupuesto a las guerras bajo el cómputo de “gasto humanitario”. ¡Como si jugar con el lenguaje cambiara la naturaleza de las misiones bélicas, y los líderes de EEUU, con 45 millones de indigentes en casa, se desvivieran por los desharrapados afganos! Las invasiones solidarias son un derecho exclusivo de las potencias. ¡Que se atreva Benín a mandar sus tanques a Nueva Orleans para ayudar a las víctimas del Katrina!
La agresión humanitaria de la OTAN a Kosovo en 1999 tenía el objetivo de controlar el tránsito de los hidrocarburos procedente de Azerbaiyán, sorteando el gasoducto ruso. Misión que culminó con la declaración de independencia de Kosovo por EEUU y la instalación de la mega base de Camp Bondsteel. Para ello, compasivamente, mataron a miles de personas, lanzaron toneladas de desechos atómicos, destruyeron cientos de centros de salud, puentes, escuelas y fábricas.
La misión humanitaria de Afganistán ha costado la vida de casi un millón de civiles. Mientras estudiaban cómo extraer los recursos de Asia central, lanzaban bombas de racimo y misiles cargados de uranio empobrecido. Los ocho millones de afganos que hoy pueden morir de hambre no reciben más que bombas a diario.
En 2004, los humanitarios del Pentágono encontraron en el tsunami la oportunidad de oro para enviar contingentes a la zona de influencia china, reactivar la base Utapao en Tailandia, firmar acuerdos militares con Filipinas, Singapur y Sri Lanka y hacerse con el control de Aceh, trasladando su portaavión nuclear Lincoln a este enclave –un inmenso yacimiento de gas que conecta el océano Índico con el mar del sur de China–.
La misión de paz en Irak, sin comentarios.
“No podemos responder a todas las crisis humanitarias que se producen en el mundo”, lamentaba Bill Clinton. “¡Menos mal!”, contestó Eduardo Galeano.
Hacer pasar por desastre natural las consecuencias indeseables de las alteraciones extremas de la naturaleza no hace más que eximir de responsabilidad a los políticos sobre la tragedia generada. Estos fenómenos, inocuos per se, arrasan cuando visitan territorios no preparados para enfrentarse a su potencial demoledora. En Japón, un seísmo de siete grados Richter agrieta algún edificio; en Irán –un país con menos recursos–, sepulta miles de vidas.
Hubo un tiempo en el que el ser humano estaba expuesto a las fuerzas de la naturaleza y les atribuía sentidos antropomórficos, convencido de que expresaban la furia de unas deidades dispuestas a escarmentar a sus criaturas por los pecados cometidos. Con la sociedad de clases, a cada uno de estos castigos se les llamó desastre –sin estrella–, ¡quizá porque afectaban principalmente a los nacidos estrellados, a los pobres!
Los ritos y ofrendas que antaño realizaban chamanes y sacerdotes para aplacar la ira divina, han sido sustituidos hoy por una buena póliza de seguros a modo de sacrificio ante los dioses financieros, que salvarán el patrimonio de unos selectos mortales. Así, los estados, en tanto de proteger a sus ciudadanos, desplazan su responsabilidad a empresas privadas. Garantizar una seguridad para todos
–elaborando mecanismos de prevención y reducción de riesgos de tales fenómenos, estrategias de evacuación y políticas para mitigar el sufrimiento de los damnificados– es la obligación de todo Estado democrático.
El último huracán que atravesó Cuba desmintió la relación lineal entre el desarrollo económico y la vulnerabilidad de una población. Esta pequeña nación constituyó todo un modelo de cómo hacer frente a semejante perturbación ciclónica, la misma que, a su paso por EEUU, dejó una treintena de muertos. Cuba fue capaz de evacuar a unas 700.000 personas gracias a una planificación eficaz, una sólida estructura, una ciudadanía preparada y equipos entrenados, una imagen que contrasta con la de una Nueva Orleans devastada por el Katrina, donde, bajo el lema “sálvese quien pueda”, permanecieron atrapados en el agua miles de pobres, ancianos y enfermos que no podían costear su huida, mientras los políticos se entretenían jugando a la guerra en tierras lejanas.
Cuenta la Biblia la historia de Jacob, un joven que le pidió la mano de Raquel a su tío Labán a cambio de trabajar siete años en su granja. Él le engañó, entregándole su otra hija, tras cubrirla con un grueso velo, prenda que le despojaba de su identidad singular.
De un velo impuesto a la mujer por un hombre, a otro velo que coronará su cabeza por coacción: el fuego del infierno. Es el que explica la razón por la que dios le premió con siete hijos sacerdotes: “Ni un solo día de mi vida las vigas de mi casa han visto mis trenzas”, insinuando que el velo, además de ocultar a la mujer, servía para reclutarla. La Sharia musulmana les recomienda que se cubran incluso ante otras mujeres, aunque les deja mostrar la cara y las manos, mientras el Corán –que no presta mucha atención al atuendo de los fieles–, en su versículo 24:31, les pide tapar sólo su escote, ya que son ellas responsables del honor y de la sexualidad de los varones.
Enfoque sexual que relaciona la vestimenta con el pudor. En el Génesis las hojas de parra esconden “las vergüenzas” de la primera pareja una vez que se ruborizan al mirarse. Más tarde, aquellos que se vistan con decoro serán los inocentes, triunfadores y elegidos, autorizados para arrancar la ropa a los “malos” para humillarlos. Así empieza la misión moral de los tejidos: a más exhibición de la cabellera, menos castidad.
Aunque el ser humano inventó la vestimenta para protegerse de las inclemencias del tiempo, luego la llenó de simbolismos: poder, distinción, identidad étnica, roles, religiosidad… En Sumeria, fueron las educadoras sexuales de los templos quienes, para diferenciarse de otras devotas, se pusieron un pañuelo en la cabeza. Entre los judíos, el velo fue la señal de la autoridad del hombre sobre la mujer.
En Persia y Babilonia, las aristócratas se cubrían en público con un tul, exhibiendo su clase social, la misma razón por la que el Corán pide que las creyentes se distingan: “Para que sean reconocidas y no molestadas”. Las plebeyas, al igual que millones de trabajadoras musulmanas de hoy en día, llevaban un atuendo práctico para poder plantar arroz o recoger el trigo.
El Corán desvincula el velo de la fe: “Las mujeres que han llegado a la menopausia, que no esperan un nuevo matrimonio, no cometen falta al deponer sus velos de adultas, siempre que no exhiben sus adornos” (24:59).