Opinion · Quien quiera oír, que oiga

Cocinas

En el primer día del debate de investidura, Pedro Sánchez abundó en referencias a la cocina: recomendaciones culinarias, maridajes ingeniosos, elogios a la variedad y al mestizaje. La política, venía a decir Sánchez, está emparentada con la gastronomía: la variedad da lugar al buen guiso, y, si se trata de elegir, todo el mundo prefiere la paella al solitario arroz blanco. Se trata de un intento, de notable eficacia simbólica, de justificar que un pacto con Podemos no cabe en las tragaderas políticas de su partido, a riesgo de quebrarlo por dentro.

La brújula política del PSOE mira hacia Andalucía, no hacia Valencia. Hoy, Pedro Sánchez sabe que, tras el Comité Federal del 30 de Enero, su futuro pasa por considerar a Podemos como un rival político cuya influencia hay que exorcizar. Y es que, en efecto, el armisticio político dentro del PSOE se ha logrado a partir de una condición: el veto a Podemos. En aquel Comité Federal Susana Díaz lo expresó con meridiana claridad: “Pablo Manuel Iglesias Turrión es nuestro enemigo”. Otros, como Patxi López o Eduardo Madina, secundaron la afirmación. Al final hubo consenso en este punto. Ninguna alianza con las fuerzas del cambio está permitida. El partido de Albert Rivera fue escogido como compañero de viaje y se adoptó la retórica de la diversidad a modo de “coartada perfecta”. Se entiende entonces por qué, en el plazo de unas pocas semanas, las antenas políticas de la dirección del PSOE viraron su orientación desde Lisboa hasta San Telmo.

Podemos es el ingrediente que le sobra a las élites de nuestro país. Tanto es así que los cocineros del régimen han preparado una crisis interna ad hoc para tratar de tapar otros casos vergonzantes (léase la imputación del ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, o el ya celebérrimo asunto del “compiyogui”) y, de paso, fabricar un sogatira artificial en Podemos a ver si a fuerza de estirar, sembraban la duda entre sus bases y potenciales electores. Desde el ABC hasta El País, hemos visto a los principales diarios de nuestro país abriendo con los mismos titulares y casi con los mismos textos. Toda la pluralidad del régimen encapsulada en un mismo relato. Alguien podría pensar que se trata de un castigo por haber votado “no” en la investidura de Sánchez. No cabe duda de que en algunos fogones se quiere cocer al partido morado en una gigantesca olla a presión. Pero como decía un personaje de una novela de Roberto Bolaño: “a veces lo que se presenta como tragedia termina revelándose como una comedia”. O, más aún: como una opereta.

En el fondo, lo que las élites no perdonan a Pablo Iglesias es que no se haya dejado tratar como un vasallo por el PSOE. Este último tiene el vicio de tratar a otras fuerzas políticas como hermanas pequeñas, como menores de edad. Pero hay que decirle al PSOE que la Revolución Francesa y la Ilustración ya tuvieron lugar, que felizmente los españoles son ciudadanos y no súbditos, y que no hay sitio en este Parlamento para tratar a otras fuerzas políticas como menores de edad. Quizás funcionó en otro época, pero ese período ya ha terminado. Lo que irrita profundamente al PSOE es que hayamos tratado de poner encima de la mesa los maridajes imposibles de Pedro Sánchez, su intento de vestir con retórica vaporosa su alineamiento con las élites, de presentar como cambio un auténtico cambiazo y de comerciar con monedas falsas. Lo decimos una vez más: elegir hacer política para una minoría es legítimo, pero no es nuestro camino.
Lo que no terminan de comprender nuestras élites es que Pablo Iglesias no es el Secretario General de un partido político, sino el líder de un movimiento popular democrático. Más allá de sus diferentes formulaciones partidarias, la clave actual de la política española es que existe un movimiento popular que pone por delante las aspiraciones de la mayoría social y que no se deja avasallar por el PSOE ni por otras fuerzas del establishment económico y político. Esa es en última instancia la razón por la que algunos se afanan en construir complicadas conspiraciones internas. Pero el suyo es un intento abocado al fracaso: el movimiento popular democrático ha nacido de los profundos anhelos de la sociedad española por hacer realidad los Derechos Humanos. Ha llegado para quedarse, para construir un pueblo sin miedo a decidir su presente y su futuro.