Opinion · Quien quiera oír, que oiga

Rivera tiene agujetas

En la era post 20-D se ha puesto de moda entre el gremio periodístico y político aupar al partido de Rivera al podio del consenso: campeón de tolerancia, líder en flexibilidad, máxima puntuación en las pruebas de elasticidad y medalla de oro en capacidad de pacto. El atleta Rivera pasaría así ante la mirada complaciente de algunos periodistas como el deportista que ha logrado crear un partido político poco político que, en lugar de ocuparse de lo que le separa del resto de formaciones, se centra en lo que las une. Encarna así el ideal tecnocrático de político light que siempre reaparece como tentación restauradora en tiempos en los que los debates son abiertos, democráticos y profundos. No es extraño entonces que a la formación naranja le guste representarse como el futbolista que reparte juego a izquierda y derecha, el jugador generoso o la ficha polivalente que todo sistema de partidos necesita.

 

La fuerza de esta imagen reside en que vivifica el mito más potente del que aún disponen las fuerzas restauradoras: el mito del pacto. Consciente de ello, Albert Rivera trabaja indisimuladamente por asociar su figura a la de Adolfo Suárez: siempre que puede le cita y no pierde ocasión de colgarse del último gran relato del Régimen del 78. Véase la puesta en escena del pacto firmado con el PSOE (con el célebre cuadro de El abrazo de fondo) y el discurso durante la doble sesión de investidura. Aires de campeón: retórica y pose suarista. Esta es su mayor fuerza pero también su mayor debilidad.

 

Pero he aquí que al atleta Rivera empieza a tener agujetas. A su discurso elástico se le empiezan a romper fibras y a la flexibilidad le sucede la rigidez. Pequeñas micro-roturas hacen visible una actitud maniquea heredada del mito del 78. Sólo así puede entenderse que en pleno siglo XXI, Ciudadanos eche mano de una división del campo político entre “constitucionalistas” y “no constitucionalistas” forjada en los años 80 y 90 y que hoy no nos dice apenas nada. Es síntoma de un gran sectarismo y de una mirada profundamente vieja y llena de prejuicios pretender situar a Podemos en el campo contrario a la Constitución. Aquí Rivera toma prestado el traje de boxeo de 13tv y por su boca pareciera hablar el también atleta José María Aznar. Lo más grave de esta actitud hermética es que no ayuda a abrir (sino más bien al contrario) los importantes debates que España necesita para ser un país más justo, más democrático, más soberano y mejor integrado.

 

Que Ciudadanos tenga que revivificar unas categorías políticas tan antiguas para afrontar este tiempo nuevo da la medida de lo poco que han entendido del proceso que se ha abierto en España, y, sobre todo, de su escaso deseo de cambio. Esta voluntad de cierre y esta insistencia en vetar a otras formaciones políticas revela en el fondo una actitud general: que esto pase pronto y que se dirima entre unos pocos. O lo que es lo mismo: el 15-M, las reivindicaciones de las mareas y la participación ciudadana no caben en el discurso restaurador de Albert Rivera. Es de ahí de donde surgen las agujetas de Rivera, es ahí donde le duele.

 

Los músculos no son infinitamente extensibles (como saben, ay, todos los deportistas) y la retórica del consenso se rompe siempre por el eslabón más débil: los intereses, siempre los intereses. A la retórica del consenso le saltan las costuras cuando se ve confrontada ante la realidad política concreta, esto es, cuando tiene que elegir. Y ahí es donde frecuentemente al partido de Albert Rivera (mirado con lupa y mimado por ciertos grupos de poder) se le ve ponerse del lado de los que han ganado con esta crisis. Un ejemplo entre otros, pero no cualquier ejemplo, lo encontramos en la modificación de la Ley del Suelo de Madrid promovida por la formación naranja junto con el PP para permitir dos mega-proyecto especulativos en la ciudad de Madrid: Mahou-Calderon (en el que se la juega el BBVA) y Chamartin (donde está implicada la constructora FCC) Habiendo sido ambos proyectos urbanísticos paralizados por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, ahora Ciudadanos con el apoyo del PP cambia las reglas de juego dejando sin efecto las sentencias del TSJM provocando una clara situación de indefensión jurídica. Este es un magnífico ejemplo de cómo el día a día el partido de Rivera consiste en la defensa de los intereses de las grandes constructoras y de las grandes entidades financieras. Frente a las necesidades de los vecinos y vecinas que exigen mejores dotaciones culturales, sociales y asistenciales en sus barrios, Ciudadanos y el PP favorecen los intereses de los especuladores. Palabras como pacto, consenso y diálogo, abundantes siempre en el discurso Albert Rivera, se convierten en meras palabras, en puro flatus vocis, cuando su partido se pliega de esta manera a los intereses pecuniarios de constructoras y bancos. El modus operandi del partido naranja en la política municipal, autonómica y nacional sigue siempre la máxima acuñada por uno de los personajes más famosos del dramaturgo español Jacinto Benavente, el célebre Crispín: “mejor que crear afectos, es crear intereses”.

 

Para prevenir futuras agujetas, los doctores recomiendan estirar. En las próximas semanas, la formación naranja tiene una inmejorable ocasión para demostrar elasticidad y altura de miras: ¿permitirá el partido de Rivera un gobierno de cambio que defienda los intereses de la mayoría social o se reafirmará como garantía de restauración conservadora? Un famoso anuncio de la década de los 90 (en la que a veces parece que vive atrapado Albert Rivera) hablaba de la “prueba del algodón”. Los próximos días serán una auténtica la “prueba del algodón” que mida los deseos de cambio de la formación naranja: si abandonan las posiciones maximalistas y permiten un gobierno a la valenciana, o si por el contrario (como les pedía Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell) se consolidan como el dispositivo de las élites para frenar la oleada democrática que desde hace meses avanza en ayuntamientos y Comunidades Autónomas en España.