Opinion · Quien quiera oír, que oiga

Desempate

Me van a perdonar las personas poco aficionadas al fútbol, pero en este artículo voy a usar varias expresiones relacionadas con el ámbito de este deporte para ilustrar el panorama político actual y lo que nos ha ido pasando estos últimos meses.

 

Desventaja inicial. Hay una bonita imagen que a Pablo Iglesias le gusta mucho repetir: “peleamos con una mano atada a la espalda”, esto es, siempre que salimos a competir, lo hacemos en desventaja, habiendo encajado dos goles. Cuando queremos darnos cuenta, vamos perdiendo 2-0. Y así ocurrió también en los meses previos a las elecciones del 20 de diciembre. Varias encuestas y la desventaja inicial hicieron soñar a una parte de la élite política y económica (con fuertes apoyos mediáticos) con jubilar a Podemos, con mandarlo directamente al territorio del folklore político y con sacudirse al fin el fantasma morado. En su soñar, soñaban los privilegiados con dar por terminado el atípico año 2015 sin que nada sustantivo hubiera cambiado. “Hasta la próxima, descamisados”, se regocijaban en algunos programas de 13TV. En aquellas noches de octubre y noviembre las élites se ilusionaron con la posibilidad de tener vía libre para continuar su proyecto centrípeto y narcisista (su peculiar revolución de los ricos): nuevas reformas laborales, pérdida de derechos, mayor precariedad, más exilio, menos oportunidades para la gente corriente, más desahucios, más pobreza energética, más neveras vacías; pero, sobre todo, mayor indefensión, vulnerabilidad y miedo.  Fin del partido, victoria visitante, alegría de Merkel, Rajoy y los suyos, y desánimo colectivo. Y así se encontraban las élites, gozando oníricamente, hasta que el 21 de diciembre la realidad les despertó y les produjo dolor de cabeza.

 

Remontada in extremis. Y el dolor de cabeza era tanto más fuerte cuanto que algunos no eran capaces de recordar qué había sucedido ni por qué los plebeyos podemitas habían logrado 69 diputados y más de 5 millones de votos. ¿Cómo era posible y qué había pasado entre medias para que la desventaja inicial se disipara de aquella manera? Ciertamente ocurrió algo inesperado: una remontada histórica en la que el empuje de la gente corriente (esas personas que se sentían engañadas, estafadas, injustamente tratadas; esas personas, en suma, que sentían que una élite se había reído de ellas) logró igualar la contienda. En los minutos finales de aquella campaña electoral vertiginosa, la ilusión de la gente niveló el partido. Tablas. Como decía Iñigo Errejón en un artículo a principios de enero: las elecciones del 20 de diciembre habían concluido con un empate entre las fuerzas del cambio y las fuerzas de la restauración.
Sabor a victoria. Como bien saben los aficionados al deporte, hay empates que saben a victoria, y aquel fue uno de ellos. Con aquella remontada histórica logramos evitar que las élites cerraran en falso la ventana de oportunidad para el cambio que se había abierto en España desde 2014. Cinco millones de votos impidieron a las élites seguir rompiendo el pacto social por arriba y continuar acantonándose en la defensa numantina de sus privilegios. El escrutinio demostró aquella noche que el jaque mate de las élites había fracasado. Aún había partido. De ahí las sonrisas, de ahí las caras de satisfacción y de ahí la “V” de victoria que durante la campaña poblaron nuestros actos y mítines.

 

Comité de apelación. Tras aquellos comicios, algunas fuerzas políticas no eran capaces de encontrar las coordenadas, el lenguaje, el tono, el estilo de juego. Ya desde antes se sentían incómodas, pero el fastidio fue en aumento y provocó tensiones y hasta calambres internos. En Ferraz y en Génova ya no se dormía bien por las noches: un sordo desasosiego agitaba unos sueños cortos y superficiales. No comprendían y el gemelo de la inquietud se les subía (¡rayos!) cuando al fin parecía que iban a reposar. Como escribe Germán Cano en su libro Fuerzas de flaqueza, el extravío del bipartidismo está relacionado con una cierta incapacidad para hablarle a la gente común: “lo viejo no tiene gramáticas ni lenguajes para construir ese puzzle en el que se ha convertido nuestra realidad”. Por ese motivo, enmudecida y asustada, una de las patas del bipartidismo, el viejo PSOE, decidió recurrir a una suerte de Comité de Apelación  (el Comité Federal del 30 de enero) al que encargó examinar qué había pasado, quiénes eran los culpables de la remontada y si se podía hacer algo para desbaratar sus efectos. Reunido de urgencia, aquel Comité decidió vetar y sancionar a Podemos, con el beneplácito de Susana Díaz y la sonrisa cómplice de Felipe González. Había que expulsar a Podemos de los terrenos de juego.

 

Cautelar para Pablo. Aquella decisión en la que se pusieron de acuerdo (acaso con camisa de fuerza) Eduardo Madina, Pedro Sánchez, García-Page, César Luena, Susana Díaz o Fernández-Vara, incluía un decreto ad hominem: sancionar cautelarmente a Pablo Iglesias, al que a partir de entonces comenzarían a llamar “Pablo Manuel” o directamente “señor Iglesias”, con objeto de alejarle preventivamente tanto de los terrenos de juego como de la simpatía del público. Un corto vistazo por la hemeroteca de febrero y marzo nos muestra este ímpetu por señalar a Pablo Iglesias, esta voluntad de desgastar su figura, este empeño por convertirle en el causante de todos los males, este, en fin, esfuerzo denodado por ganar fuera del campo y con malas artes lo que se perdió sobre el césped. Mandaron a Pablo a la grada y convocaron a Albert Rivera, pero quién sabe si aquello no fue un error de cálculo. Desde el graderío se ve el fútbol no sólo con más pasión, sino también con más perspectiva.

 

Catenaccio. A partir de entonces el PSOE decidió dar por olvidados los viajes a Lisboa y poner en marcha una estrategia ultra-defensiva para tratar de salvar los muebles entre los suyos. Todos atrás, todos dando golpes, todos despejando balones: patapún parriba. Se trataba de mantener la cohesión interna, aunque ello supusiera renunciar a todo intento de mimar el balón, de trenzar una jugada, de atreverse a hacer pases al hueco o de levantar la cabeza para mirar, por ejemplo, hacia Valencia. Estamos convencidos de que si se hubiera mirado al Mediterráneo, se habrían encontrado huecos y espacios para desmarcarse.

 

Partido de vuelta. Y así hemos llegado al mes de mayo, con la eliminatoria empatada y con un PSOE encadenado al pacto con Rivera y temeroso de mirar mucho más allá de sí mismo. Esta actitud nos conduce a una segunda vuelta en el mes de junio en la que los partidos del cambio y los partidos de la restauración (con Albert Rivera a la cabeza) volverán a medir sus fuerzas. Eliminatoria a doble vuelta, lo decisivo se juega el 26 de junio.

 

Desempate. Este será el momento de desempatar el partido, de ponerse por delante y superar el resultado de diciembre. Nos jugamos el título. Por eso es importante la participación, la creatividad y el entusiasmo de todo el mundo; por eso es también clave el empuje colectivo, la pasión plebeya, las ganas de ganar. Tengo la impresión de que esta vez jugamos en casa. A por ellos.