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Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

Son los padres

04 nov 2008
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En 1977 fuimos muchos los españoles que nos opusimos abiertamente a la Ley de Amnistía por considerarla un insulto a los demócratas, por suponer una inaceptable legitimación de la dictadura y por entender que iba a constituir una hipoteca insoportable para nuestra futura convivencia en democracia. El tiempo se ha encargado de demostrar contundentemente la razón que nos ha estado asistiendo y, por fin, la ONU ha instado a su anulación. 30 años hemos estado padeciendo las consecuencias de haber pactado cobardemente con el franquismo. 30 años escuchando a los protagonistas de la transición enalteciendo aquella oprobiosa claudicación. 30 años manteniendo una actitud que lo único que nos ha traído es la conciencia más generalizada de que muchas de nuestras instituciones, empezando por la Jefatura del Estado, se nos han impuesto al margen de lo que los ciudadanos podamos opinar y que nuestro pacto social se nos ha impuesto con calzador.

MARIO LÓPEZ SELLÉS MADRID

No podemos hacernos mayores y seguir creyendo en los Reyes Magos, como hasta hoy. A la Ley de Amnistía sólo se opuso Alianza Popular. El PSOE, en cambio, el mismo que ahora aprueba una Ley de Memoria, la defendió entonces a través de Txiki Benegas. El año pasado, firmando ya como José María, volvió a recordar la verdad: “La Ley de Amnistía de octubre de 1977 fue una ley de punto final en virtud de la cual nada de lo ocurrido entre el 18 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977 podría ser objeto de reclamación. Es decir, renunciamos a revisar el pasado y exigir las responsabilidades generadas durante 40 años de dictadura”.

¿Estamos ya dispuestos a aceptar que los Reyes son los padres? ¿Vamos por fin a desmontar la Santa Transición? Porque ese es el problema: nuestro mito fundacional. No se trata sólo de condenar (y reparar en lo posible) el genocidio franquista: a estas alturas (casi) nadie se opone a eso. Al final, lo que también se pone en cuestión es cómo y a qué precio se construyó esta democracia. ¿De verdad estamos dispuestos a saber? ¿Queremos que nos digan quién hizo y dijo qué?

En aquel pleno del 77 fue Arzalluz el que afirmó que la democracia “tiene como exigencia unánime la amnistía, entendida como un olvido de todos y para todos”. ¿Estamos dispuestos a admitir que esa amnesia unánime y vergonzosa, casi delictiva, es el fundamento de esta democracia? ¿De verdad queremos recordar? ¿De verdad queremos saber a quiénes benefició ese olvido? Al final, la Ley de Memoria no tiene más remedio que tropezar con la Santa Transición y hacerla añicos: ¿queremos saber lo que hicieron papá y mamá sin ropa o preferimos seguir creyendo que esta democracia la trajo la cigüeña de París?