Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

La funesta manía

20 May 2009
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Obama, el tan esperado y deseado presidente renovador, parece estar calcando la política exterior de su predecesor; sólo que ahora las armas de destrucción masiva sí existen y están en manos del ‘débil’ Gobierno paquistaní. Que 4.000 insurgentes con armas ligeras controlen una zona montañosa y remota de Pakistán no significa que, de un día para otro, puedan llegar a Islamabad (¡100 km en línea recta!) a paso ligero, toreándose por el camino al Ejército paquistaní al completo y tomar su arsenal nuclear. Todo esto huele a guerra e invasión, ya lo dijo claro en su campaña: ‘Yes we can’.

ROGER PRIETO DE LA TORRE OPORTO (PORTUGAL)

Usted lo ha dicho: el Deseado. Así llamaban a otro Borbón, el rey Fernando VII, aquellos españoles, roncos de gritar ¡vivan las caenas! En cuanto ocupó el trono, no perdió tiempo en dejar claro que era un indeseable. “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, afirmó tras la sublevación de Riego, con tal de mantenerse en la poltrona. Poco duró la promesa: en 1823, de la mano de los Cien Mil Hijos de San Luis, recuperó sus prerrogativas de “rey neto”, hasta su muerte, durante lo que se conoce como la “ominosa década”. Ante él, el claustro de la universidad de Cervera declaraba acobardado (con sumisión digna del plan Bolonia): “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”.

Pensemos, pues. Invadir Irak era malo, así que ¿por qué va a ser tan bueno invadir Irán? Ah, perdón, es por esas armas nucleares que Irán no tiene, pero Israel sí que tiene. ¿Por qué no invadir Israel entonces? Con obligarle a cumplir la ley internacional sería suficiente, pero ni en sueños. No importa: cerremos Guantánamo. Pues también va a ser que no: ahora hasta se descuelga Obama con tribunales militares y censurando las fotos de torturas, porque sólo servirían para provocar sentimientos anti-americanos. Etc.

Al menos, en política internacional “yes we can” debe de significar “marchemos todos juntos, y yo el primero”. Y el legendario cambio acabará siendo como las vueltas en los bares: un poco de calderilla en un platito de plástico. Para eso, que se quede con el
cambio: ¡pa’l bote!


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