Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

Niños mimados

23 Nov 2007
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Este año volverán a suprimirse los belenes y festivales de villancicos en algunas escuelas y centros públicos, como una manifestación más de la ofensiva laicista que, desde ciertas instancias proclives a la izquierda radical, está teniendo lugar en nuestro país. Lo curioso es que se justifique con el argumento de que en un Estado laico no puede haber manifestaciones externas de religiosidad en esos lugares, para no ofender a los no creyentes, pero en cambio sí admiten que se puedan permitir obras de teatro y exposiciones blasfemas, muchas veces subvencionadas con el dinero de todos, aunque ello ofenda a millones de los que sí creemos.

JOSEP PRATS CARRASCO, Salt (Girona)

¿Qué ofensiva laicista? ¿Qué es eso? ¿Algún chascarrillo publicitario como los ácidos Omega 3? ¿Una consigna que reparten en las sacristías o en foros de Internet? Todo lo contrario: cada vez pagamos más dinero a la Iglesia, nuestros ministros van a Roma a arrodillarse y en los colegios públicos hay clase de una religión privada (y con profesores que eligen y despiden ellos mismos, pero pagamos todos los demás). Mi hija, por cierto, aprende villancicos en un colegio público. ¿Exposiciones blasfemas en los colegios? ¿Ha fumado usted algo más que tabaco? ¿O mezcla aposta churras con merinas? No es lo mismo un colegio público que una sala de exposiciones. Si no quiere ir, no vaya: la enseñanza, en cambio, es obligatoria.

España cae en picado hacia el cretinismo. La prueba: esa convicción contemporánea tan extendida de que la ley garantiza el derecho de cualquiera a llamarse a agravio. Individuos, colectivos y hasta entidades abstractas se dan por ofendidos a la más mínima: homosexuales, mujeres, gordos, pilotos, la Corona, la bandera, las naciones, las lenguas… Hay que andar con pies de plomo, porque a la menor distracción, alguien se ofende. Como dice mi amigo el escritor Nico Casariego, los calvos somos ya los únicos que (de momento) no nos arrogamos el (delirante) derecho a sentirnos ultrajados cuando nos dé la gana. Es más: lo que nos indignaría es que nos llamaran discapacitados capilares o cosa semejante. Somos calvos, putos calvos, ¿qué pasa? Y los peores de todos: sin duda, los católicos, como es natural, pues ya vienen con carrerilla, malcriados por 40 años de nacional-catolicismo.

¿Qué capacidad ofensiva puede tener el laicismo? Ninguna, como es obvio, salvo para esa sensibilidad infantil del niño déspota que exige sin parar y sin límite atención, miramientos y protagonismo. A mí no me ofende que retransmitan misas por la tele, ¿qué derecho se concede usted a darse por ofendido si no ponen belenes en el cole? Dejen de portarse como críos, si pretenden que se les trate como adultos.

RAFAEL REIG


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