Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

¿La duda ofende?

26 Nov 2007
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Me gustan las personas que dudan. No me refiero a la duda paralizante o enfermiza que denota inseguridad ante cualquier circunstancia por trivial que ésta sea. Me refiero a la duda del sabio, del prudente, del experimentado, del sensato o del cauto. Me gusta la duda razonable y razonada: porque es buena consejera; porque hace que tomemos la mejor decisión dentro de las posibles; porque dudar es ser humildes, pero también inteligentes. Me gusta la duda que llega con la madurez inteligente; aquélla que se va adquiriendo durante el transcurso de la vida mediante el conocimiento, la razón y la reflexión. Me gustan, en fin, las personas que evolucionan hacia la duda; porque éstas no sufren de fanatismos ni de certezas absolutas. A propósito, ¿se imaginan los miles de muertos que se habrían evitado si Aznar, Bush y Blair hubiesen dudado antes de tomar la estúpida decisión de invadir Irak?

PEDRO SERRANO MARTÍNEZ, Valladolid

En 1988 José Comas entrevistó en Monte Caseros al teniente coronel golpista Aldo Rico, que entonces se levantaba en armas por segunda vez contra el Gobierno de Raúl Alfonsín. Aún conservo el recorte amarillento. El periodista le pregunta si está dispuesto a rendirse. Por supuesto que no, dice el teniente coronel. ¿Está entonces decidido a luchar contra sus propios compañeros de armas? El militarote responde que combatirá contra quien se le ponga por delante, y añade: “Yo soy un soldado y fíjese lo que le voy a decir: soy un soldado y no dudo, porque la duda es una jactancia de los intelectuales”.

Los intelectuales siempre crean dificultades. Franco, otro soldado, solía hablar de “la característica soberbia de los intelectuales”. A los 15 años, mi padre (que debía de ser un intelectual) me dio a leer Los justos, de Albert Camus. Si para lograr un mundo mejor, tuvieras que matar a un niño, ¿lo harías? Ésta es la pregunta que propone y que discutimos bastante toda la familia en la mesa de la cocina. Los revolucionarios, como los soldados o los políticos, no dudan: la justicia para todos exige el sacrificio de algunos. Vale la pena. Los intelectuales dudan entre la pasión por la justicia y la compasión, aunque al final, como Camus, suelen equivocarse en la dirección correcta: “Entre la justicia y mi madre, prefiero a mi madre”, confesó una vez.

De acuerdo con usted, Pedro, pero no haga trampas: dice que hay una duda buena y una mala y que sólo es partidario de la buena buenísima. ¡Toma, claro, muy elástico: así cualquiera! Yo soy partidario de la duda, incluso aunque sea jactanciosa, paralizante, soberbia o injusta. Al fin y al cabo, de lo único que no dudo es de lo que decía (también) Camus: “Hacer sufrir es la única manera de equivocarse”.

RAFAEL REIG


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