Un problema institucional llamado comunitarismo

20 Oct 2016
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Rubén Martínez Moreno
Miembro de La Hidra Cooperativa (www.lahidra.net) y la Fundación de los Comunes (http://www.fundaciondeloscomunes.net)

Desde hace unos años, hablar de lo común vuelve a ser un espacio de reflexión, de sugerencia, de acción. Un territorio para pensar nuestros modos de relación, producción y consumo. Una vía desde la que pensar el sostenimiento de las comunidades humanas y la vida medioambiental en su conjunto. Una perspectiva de contenidos titánicos. Por eso veo oportuno resaltar un aspecto que en el libro Los (bienes) comunes. ¿Oportunidad o espejismo? toma importancia y que suele quedar en los márgenes de estos planteamientos mastodónticos. Y no es tanto pensar lo común como deseo o como metáfora de una necesaria transformación social a escala terráquea, sino como problema institucional.

renduelesEl geógrafo marxista David Harvey ha insistido en entender el capitalismo como la historia de una continua desposesión social y en demostrar cómo este sistema predatorio no resuelve sus crisis, sino que las desplaza territorial o temporalmente. Estas tesis resumen lo que se quiere expresar cuando se habla de lo común, o por lo menos cuando se piensa como contraparte a los procesos de esquilmación social. Pero el proceso de acumulación por desposesión no toma forma de entelequia, sino que aterriza de manera concreta sobre las vidas y los territorios. El neoliberalismo ha hecho un uso intensivo de herramientas jurídicas, leyes parlamentarias, arreglos institucionales y tácticas capitalistas para cercar y extraer renta de la producción social: apertura de espacios para el capital financiero sin sistemas de control públicos; privatizaciones de bienes públicos y de recursos básicos para el sostén humano; políticas, reglamentos y medidas coercitivas para convertir en mercancía el trabajo, la tierra, el dinero, los saberes. La lista es larga y obscena. Es en ese sentido que lo común se plantea como un problema institucional, como la necesidad de producir y asumir un conjunto de derechos, normas, obligaciones y compromisos para reapropiarse de lo enajenado y garantizar las condiciones materiales de subsistencia.

A menudo se pasa de puntillas por esta cuestión fundamental cuando se ponen sobre la mesa conceptos como el común, los comunes, la comunidad o los bienes comunes. Por el contrario, se entra en discusiones cercanas al realismo mágico sobre “lo que es de todos o no es de nadie” o “lo que está más allá del Estado y el mercado”. No es el caso de este libro. Joan Subirats –Catedrático en Ciencia Política y autor de multitud de libros sobre retos políticos presentes– y César Rendueles –Doctor en Filosofía y autor de ensayos sobre la sociedad actual que han sacudido largos debates– entran en un diálogo profundo para tratar lo común como espoleta de dilemas institucionales.

Lo común se presenta como concepto que no solo produce texto o discurso, sino que ordena las prácticas existentes, que hace observables procesos que habían sido invisibilizados, como marco político articulado con la realidad empírica. Lo común abre preguntas sobre cómo resolver problemas colectivos, sobre si la totalidad de los asuntos públicos se pueden responder sobre la lógica del apoyo mutuo, sobre si en sociedades complejas y atomizadas es posible recuperar los vínculos comunitarios necesarios para producir nuevas instituciones públicas. Estos son los primeros dilemas que desglosan Rendueles y Subirats, sin esquivar las ambivalencias de una mirada que tanto puede convencer a cierto empresariado reaccionario como a comunidades implicadas en procesos emancipatorios. Esta ambivalencia, como adelanta el subtítulo del libro, es la que puede hacer ver a lo común como espejismo o como oportunidad. O dicho de otra manera: la amenaza de que una perspectiva comunitarista consensual y garrapiñada deje a un lado los conflictos materiales navega al lado de la oportunidad que abre una respuesta social decidida y mayoritaria contra la mercantilización del todo social.

Lo común se emparenta entonces con posiciones que parten de diferentes trayectorias institucionales. Por un lado, lo común emerge de la defensa de lo que colectivamente se considera un derecho; lo común se inscribe así dentro de tradiciones políticas como el anarcosindicalismo, el mutualismo o el cooperativismo. Por otro lado, lo común puede ser reducido a “lo colaborativo”, a la prestación de servicios en plataformas que no operan bajo principios de gestión democrática ni de propiedad colectiva; lo común se inscribe así dentro de tradiciones apropiacionistas y de promoción de prácticas rentistas. Hay todo un abanico de matices, hibridaciones y prácticas que hacen poco útil ordenar la realidad en este tipo de cajones, pero eso no evita pensar que es en la producción institucional, en asumir un conjunto de normas, derechos y obligaciones donde reside gran parte de las cuestiones que arroja el debate sobre lo común.

Como se resalta durante diversos momentos de la conversación, la crisis económica y política han puesto sobre la mesa cuáles son los compromisos y normas que constituyen una comunidad política. La perspectiva neoinstitucionalista de Elinor Ostrom rescató esta cuestión en su escala más micro, pero es Karl Polanyi quien aparece como uno de los perfiles clave durante las reflexiones del libro. Como señala Rendueles, Polanyi entendió la economía como “una actividad intrínsecamente institucionalizada, los procesos económicos tienen distintas posibilidades de organización social que en la mayor parte de sociedades conviven simultáneamente”. Para otro mundo posible, hacen falta otras instituciones tangibles. Y esto atraviesa cuestiones como las formas políticas de participación y representación, la capacidad de actuar en las diferentes escalas donde se organiza y desplaza la crisis, el papel de la esfera digital y la tecnopolítica, la ficción de la autonomía individual frente a la naturaleza codependiente de nuestra existencia.

Pensar en otras instituciones públicas y comunitarias pasa por “hacerlas”, en el sentido más particular y práctico –arremangarse y afrontar la complejidad de resolver problemas concretos atravesados por mil variables– pero también en el sentido más estratégico y político –no olvidar a qué valores y a qué prácticas de desmercantilización deben responder dichas instituciones–. Este reto, tan institucional como descomunal, es el que “los (bienes) comunes. ¿oportunidad o espejismo?” sitúa de forma pedagógica y mordaz.

Rendueles: “Estamos recurriendo a una retórica almibarada acerca de lo colectivo y lo común”

Extracto de la conversación entre Joan Subirats y César Rendueles

Joan Subirats: Para empezar, deberíamos explicar el propio concepto que nos reúne, ¿qué entendemos por comunes? Existe una cierta ambigüedad en cómo se está utilizando. Se acerca a lo que se denomina «concepto paraguas» o un «no concepto». ¿Por qué? Porque por un lado se habla de bienes comunes, que desde la teoría económica es un concepto bastante específico y delimitado. Por otro lado, se habla de «lo común», que es mucho más genérico. Luego se habla del procomún, a veces simplemente para expresar mejor lo que suena extraño si hablamos simplemente de «común», o para poner el énfasis en la idea de acción, de propiciar lo común… En definitiva, existe una cierta dificultad en saber si se está hablando de algo material, de una forma de propiedad, de algo que precisamente se contrapone a la propiedad o si se está hablando de una aproximación ideológica o conceptual que intenta de alguna manera situarse entre el ámbito de lo público y el ámbito de lo privado. Por tanto, esta conversación nos puede ayudar a aclararlo. Si no del todo, sí, al menos, intentando aportar una serie de elementos que puedan servir para encuadrar mejor el debate conceptual.

De entrada, una de las preguntas que podría plantearse es por qué ahora, de repente, todo el mundo habla de lo común o de los comunes. En ese sentido, sin detenernos demasiado ahora en averiguar de dónde proviene el concepto, podríamos estar de acuerdo en que en este entorno de globalización económica, con el refuerzo de la competitividad a nivel global, la percepción bastante fundamentada es que existe un proceso de mercantilización que no tiene límites. A lo que se añade la sensación de que el Estado cuenta con menos herramientas para compensar los excesos, los efectos colaterales del mercado que provocan desigualdad.

Si nos fijamos en todo ello, la búsqueda de respuestas en la promesa de «lo común» adquiere más sentido. Predomina la sensación de que hemos perdido los referentes de la segunda mitad del siglo XX en que la existencia de una economía de mercado, de una sociedad de mercado, contaba con una cierta capacidad de compensación por parte del Estado. Surge entonces la necesidad de recuperar algo que exprese lo colectivo, que nos acerque a una idea de lo público, sin que ello se confunda necesariamente con lo institucional-público. Lo común representaría entonces la necesidad de reconstruir ese espacio de vínculos, de relaciones y de elementos que conforman lo colectivo. Creo que esta es una explicación convincente de por qué estamos ahora hablando de un tema que tiene sin duda mucha historia detrás, pero que hoy reaparece con fuerza aunque sea a través de otras lecturas y significados.

César Rendueles: Es realmente impresionante el modo en que en diez años se ha difundido el vocabulario relacionado con los bienes comunes entre personas que provienen de espacios sociales y tradiciones intelectuales muy diversas. Es evidente que se ha convertido en un elemento esencial del bagaje conceptual de ecologistas, tecnólogos, feministas, economistas heterodoxos, artistas, ciberactivistas… Pero es que incluso ha pasado a formar parte del léxico cotidiano de los agentes políticos y las instituciones públicas. Incluso las empresas y los bancos lo emplean en su publicidad.

Sin duda, una de las razones de esta popularidad es la crisis del modelo neoliberal y de las esperanzas que el mundo había depositado en la globalización económica y cultural. Los procesos de neomercantilización que se iniciaron en los años setenta nos prometieron no solo prosperidad material sino, más importante aún, un cierto proceso de despolitización, de superación de los conflictos colectivos que atravesaron la modernidad capitalista durante el siglo XX. El encanto del programa neoliberal es que entiende el vínculo social como una relación estrictamente electiva y, así, es perfectamente compatible con un cosmopolitismo banal y dulcemente individualista. La crisis económica y política ha vuelto a poner sobre la mesa la necesidad de pensar cuáles son las condiciones sociales del cambio político, cuáles son los compromisos y las normas que constituyen una comunidad política. Creo que el concepto de los comunes es la forma en que nuestra contemporaneidad se está planteando esta cuestión clásica.

El problema que veo es que el coste de esta popularidad de los comunes es un impresionismo conceptual que no tiene que ver solo con una cierta indefinición, que al fin y al cabo se podría ir refinando, sino con que se está utilizando este repertorio teórico para eludir algunos problemas graves relativos a la articulación política concreta de esta nueva preocupación por lo colectivo. Es evidente que en el planteamiento contemporáneo de los comunes subyace una clara voluntad de desprenderse de adherencias históricas de una parte de la izquierda tradicional, como la planificación estatal o la hipertrofia de la racionalidad burocrática. Pero a pesar de que me parece muy positivo, esta es una discusión compleja que plantea numerosos dilemas, y creo que a veces la idea de los comunes se utiliza para evitar estos mismos problemas. El común es un concepto amable y consensual, poco sospechoso de complicidad con la burocracia y con el mercado, y que siempre tiene resonancias cálidas: como recordaba Bauman, la gente culpa a la sociedad de sus males, pero no a la comunidad.

Este impresionismo desproblematizador tiene efectos políticos importantes, por ejemplo, en forma de afinidades monstruosas. Al calor de lo común parece como si los conflictos materiales se disolvieran y los intereses de cierto tipo de empresariado coincidieran con los programas de cierto tipo de activistas. Aprecio mucho esta nueva preocupación por lo colectivo tras una larguísima oleada de nihilismo individualista, pero creo que es crucial tener en cuenta las limitaciones que tiene esta forma concreta de preocupación por lo colectivo. Si queremos poner en marcha políticas de recolectivización realistas, que realmente se puedan llevar a la práctica, tenemos que tener en cuenta que no son políticamente neutrales, sino que van a tener que pronunciarse respecto a intereses materiales enfrentados y que necesitan de una articulación institucional, que tampoco es políticamente neutra.

J.S.: Quizás lo que está detrás de esta gran oleada en la utilización del término, de lo que tú llamas «impresionismo conceptual» que rodea al tema de lo común, es la sensación de que no existe una respuesta clara a los problemas sociales a los que nos enfrentamos, y menos si seguimos usando los instrumentos y mecanismos que antes podían sernos más o menos útiles…

La respuesta que daba el Estado a los problemas colectivos está en cuestión. Primero, porque es menos capaz de responder de manera efectiva. La dinámica de la globalización económica genera un fuerte desequilibrio entre las instituciones estatales que tienen una base territorial muy clara. El mercado global no se enfrenta a un Estado global. Y ello es aún más grave en la sociedad digital, globalmente conectada. El resultado es un gran desequilibrio que se nota especialmente en la capacidad y la efectividad impositiva, en la capacidad de ofrecer una respuesta autónoma e individualizada desde cada Estado a un problema que es estructural. Y además, predomina la sensación de que esa estructura estatal de respuesta —tú antes mencionabas la lógica burocrática— tiene una dimensión muy delegativa, de hacer en nombre de otros. Lo cual, de alguna manera, desmotiva la implicación de la gente en sus propios problemas colectivos. Lo que predomina en esa visión es la idea de que hay que confiar en que el Estado resuelva esos problemas y que no es necesaria la implicación personal.

Recuerdo la película de Ken Loach, El espíritu del 45, en la que, a partir de las entrevistas a las personas que habían protagonizado el período entre-guerras, se recordaba lo que había supuesto el triunfo del laborismo en 1945 y la puesta en marcha de un modelo de socialismo democrático que se intentó aplicar a partir de aquel momento. Las críticas que la película mostraba, anticipando el final del documental en el que se recoge el triunfo de Thatcher en 1979, aludían a que la ciudadanía que había provocado el triunfo de Attlee sobre Churchill pensó que ya tenía resuelto el problema de la pobreza y la desigualdad desde el momento en que se disponía de un Estado que representaba al conjunto de la población. Ello provocó un alejamiento de la ciudadanía hacia lo colectivo, que acabó propiciando que en el período de Thatcher la gente acabara sintiéndose solo como cliente de un Estado al que pagaban impuestos, votaban cuando tocaba y del que recibían servicios.

Hoy día, esta idea de lo común, esta llamada a recuperar lo común, incorpora también esa idea de compromiso, de implicación, de tener que arremangarte, por así decirlo, para defender lo que colectivamente se considera como un derecho. Y eso entronca con episodios de carácter histórico, como el propio de Barcelona del anarcosindicalismo, del mutualismo, de la cooperación. En definitiva, en este concepto de lo común resuenan muchos elementos que algunos aprovechan, como decías, para sus propios fines, pero que propician una dinámica de acción y no una postura de estricta delegación a los que representan al conjunto de la sociedad. Para mí este es un tema importante.

C.R.: Efectivamente, me parece que es el elemento central de las conceptualizaciones más interesantes de la política de los comunes: una recepción empática pero crítica de distintas tradiciones emancipatorias, abierta a su legado pero también consciente de sus limitaciones. Lo que me resulta más oscuro es en qué medida sus elementos propositivos constituyen una alternativa realista hoy. La idea de comunes remite a sociedades pequeñas y frías, a comunidades donde ese conjunto de obligaciones y compromisos compartidos que llamamos comunes estaban claros y eran estables y en las que existían mecanismos de supervisión reconocidos y efectivos. Me resulta raro que ese modelo sea el que vaya a sustituir con ventaja al Estado en un entorno globalizado que, como tú señalabas, está crecientemente desterritorializado.

Dicho de otra manera, para mí la clave es pensar en qué medida la idea de lo común —más allá de un uso meramente metafórico— tiene sentido en sociedades de masas, individualizadas, multiculturales, con estilos de vida diversos y donde la complejidad técnica de muchos problemas también es mucho mayor que en las sociedades tradicionales. ¿Queremos tratar la totalidad de los asuntos públicos desde la lógica del apoyo mutuo, con sus exigencias de alta implicación personal? Tal vez sí pero, entonces, ¿qué recursos políticos, materiales, legales e institucionales se requieren? Creo que son preguntas que no nos estamos planteando. Estamos recurriendo a una retórica un poco almibarada acerca de lo colectivo y lo común. Pero lo colectivo en una sociedad de masas en la que existen altos niveles de libertad individual y autonomía personal, a los que seguramente no queremos renunciar, tiene implicaciones muy distintas que en una pequeña sociedad campesina preindustrial.

En realidad, creo que lo que estamos viviendo es una reaparición de dilemas que, en el fondo, atraviesan la tradición emancipatoria desde sus orígenes. Desde el siglo XIX ha existido entre los movimientos políticos de izquierdas una inquietud en torno a un problema embarazoso e inquietante: en qué medida los proyectos políticos socialistas son compatibles con los estándares de libertad propios de una sociedad industrial compleja o más bien exigen un retorno reaccionario a un comunitarismo atávico.


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