Rajoy el izquierdista

 

Todos los periódicos han dado esta semana, con mayor o menor relevancia, un dato bastante estremecedor sobre la realidad de nuestro barrio: “La justicia procesa una media de tres personas al día por corrupción”, titulaba El País. La coincidencia de esta revelación con los nuevos avatares del caso Yak-42 me ha dado que pensar. Siempre he considerado que este accidente nunca debió de ser tratado como mera negligencia, sino ser investigado como posible delito. Un giro argumental que no he visto ni sugerido en ningún rincón de nuestra prensa de papel. En 13 años no se ha indagado desde ningún gobierno el porqué de la desaparición de decenas de contratos de aviones semejantes firmados cuando Federico Trillo era ministro de Defensa. La sustracción de documento público creo que anda por ahí tipificada, y hasta José Bono ha osado desvelar que nunca –cuatro años como ministro de Defensa– pudo hallar la esquiva documentación.

Todos sabemos que las investigaciones prometidas por María Dolores de Cospedal no van a dar ningún fruto. Nunca se encontrarán esos papeles, esos contratos manchados de sangre. Nos quedamos en lo superficial: la salida casi honrosa de Trillo hacia el Consejo de Estado es castigo suficiente para toda la gleba mediática. Y La Razón hasta se permite hoy entregar página al secretario de Estado de Defensa en época de la tragedia. Escribe Fernando Díez Moreno una larga carta titulada Yo soy Trillo, en la que tiene el impudor de comparar a su ex jefe con las víctimas de Charlie Hebdo: Je suis Charlie!

“Está a punto de consumarse el acoso y derribo, la persecución, el linchamiento moral, la caza del hombre, o como quieran llamarlo, más largo de la historia democrática de España. Porque, no nos engañemos, lo que la izquierda y sus terminales mediáticas han pretendido es acabar con Trillo […]. Nunca le perdonaron que fuese el azote de la corrupción filipina”, escribe el fiel soldado. Corrupción es precisamente a lo que apesta este asunto del Yak, un avión por el que se pagó cinco veces más de lo que costó en realidad. Pero en España nunca se sospecha de un sobrecoste. Son avatares del juego económico-político. Nadie investigará el presunto delito que hay tras la baratija de avión ni bajo los contratos desaparecidos. Todo el mundo se limita a exigir a Trillo un gesto de perdón. O ni eso. Lo dejó claro ayer el portavoz del Gobierno, Íñigo Méndez de Vigo: “Cada uno es responsable de sus actos, y Trillo es responsable de los suyos”. La omisión también es un acto, querido portavoz. Y esta es ominosa.

Aznar

La rentrée de Aznar nos ha traído las albricias de que Mariano Rajoy es un rojo peligroso, y así nos lo contaba Federico Jiménez Losantos en su columna de este miércoles en El Mundo. “Que los medios, que salivan con Aznar como el perro de Pavlov, critiquen que un señor de derechas vea mal que un partido que él fundó haga política de izquierdas mientras su base social se hunde, prueba que el maricomplejinismo mediático creado por Aznar ha alcanzado con Soraya sus últimos objetivos ideológicos”.

Lo de Federico es contagioso. Su colega Jorge Bustos, siempre brillante y malvado, también sospecha de la pureza ideológica de Mariano, bolchevique agazapado: “Sectores no desdeñables de la derecha social están hartos de que usen su voto para adoptar medidas que firmaría un socialista canónico”.

Este mal de la izquierdización taimada que sufre Mariano lo comparte, según el columnista Iñaki Zaragüeta en La Razón, Albert Rivera: “Su oportunidad política aparecía en el sector social de centro-derecha, mientras que su ideología personal derrota hacia el ideario socialista”. Pero no os asustéis. En el diario de la bola, Santiago González nos deja un aserto imborrable que define perfectamente el debate que se está viviendo en el PP sobre su “rearme ideológico”: “La derecha es una posición relativa: depende de dónde la sitúen los demás”. De ahí que algunos puedan enarbolar la impudicia intelectual de decir que Rajoy o Rivera son socialistas. ¿Cómo se puede escribir eso en un periódico?

Las primarias

Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha despertado esta semana a la serpiente de Shelley pidiendo primarias puras para la elección del líder del PP. No se entera la motera de que en España no nos gustan las primarias. Lo dice Jaime González en ABC este miércoles (Versos sueltos): “Es discutible que la designación del líder de una formación política se resuelva emulando las votaciones de La Voz“.

En la misma línea de desprecio a las prácticas democráticas se expresa en La Razón Martín Prieto, para quien las primarias consisten en “elevar a la enésima potencia el número de enanitos de Blancanieves“.

Esto de la democracia, en España, es que hay que cogerlo con papel de fumar. Francesc de Carreras hurga en los mismos presupuestos desde El País al tratar la idea carmenita de someter a referéndum la peatonalización de la Gran Vía madrileña. Ojo al dato: “Los ciudadanos no son quienes mejor pueden decidir sobre cuestión tan complicada […]. A la gente le gusta participar en aquellas materias sobre las que puede opinar responsablemente”.

Se supone que los periódicos estamos aquí para catalizar la experiencia crítica de los ciudadanos. Que la peatonalización de una calle sea considerada “cuestión tan complicada” que hace imposible que los ciudadanos puedan “opinar responsablemente” sobre ella, dice bastante sobre lo que el periódico de Prisa opina de sus lectores. Por eso muchos han preferido irse a “opinar responsablemente” a la prensa digital. Y aquí estamos.