Semana de tortolitos

La semana me ha traído a la memoria un viejo diálogo de Pasión de los fuertes (John Ford) en el que Wyatt Earp le pregunta al cantinero que le acaba de servir un whisky:

Mac, ¿tú has estado enamorado alguna vez?
–No, yo siempre fui camarero.

De casi todos es sabido que el amor ciega y obnubila a los enamorados. Lo que hemos descubierto con sorpresa, tras este juicio zarzuelero clausurado ayer, es que también obnubila y ciega a los más alambicados cerebros de la derecha mediática. Para más inri, no es el idilio íntimo el que más pone a la inteleultralidad española. Es el amor de los demás. El de princesas y sapos. El de lacayos con libertarias delacroixianas que revolucionan al pueblo con una teta por fuera.

Francisco Marhuenda siempre ha sido uno de los juglares cortesanos de voz más afinada y laúd más genuflexo. Y hoy el editorial de La Razón es una égloga, o quizá epitalamio, en busca de final feliz para los amantes protagonistas. El enemigo de este amor, por cierto, es el pueblo español, la opinión pública, la turbamulta vocinglera: “Los contrapesos de la Justicia han funcionado para equilibrar la tendencia ejemplarizante –que no justa– de querer procesar a la Infanta, hermana de Rey, antes que a la ciudadana Cristina de Borbón”.

La inocencia de la dama se le hace patente al diario en las pruebas aportadas contra ella: “A la esposa de Urdangarín se le imputaba no por lo que hubiera hecho, sino porque su fotografía aparecía en los folletos del caso Nóos“. Se trata, o sea, del moderno equivalente a un candoroso camafeo con su retrato, encontrado entre el corazón y la cartera del duque bandolero. ¿Quién por amor no ha regalado un camafeo con su principesco perfil, para que el amado lo vaya enseñando por palacios gubernamentales y ayuntamientos, y así dotar de ternura al trinque del erario público, oh Musas?

Ahora solo queda liberar al amado de las garras del populismo judicial, para propiciar el reencuentro de los amantes en algún paradisíaco entorno (se me ocurre Estoril): “Todavía queda el recurso ante el Tribunal Supremo, donde sosegadamente –y una vez analizada la tortuosa instrucción del caso–, debería revisarse la condena a la baja […]. No creemos que el fiscal solicite el inminente ingreso en prisión de Iñaki Urdangarín”. Estaría bonito, habiendo titiriteros aun en libertad por los eriales de España.

Bieito Rubido, director de ABC, es vate de menor finezza que Marhuenda, a pesar de gallego. Ayer en la previa, y hoy en el pospartido, se ha dedicado a atizarle a los jueces con quevediano enconamiento (lo de La Razón, ya se apuntó arriba, era más garcilasiano encoñamiento). Un ejemplo es el billete que Rubido regala hoy en su página dos sobre la sentencia: “La megalomanía justiciera puede llevar a un juez a adoptar una superioridad moral que no se corresponde con ninguna ley, ni divina ni de los hombres”.

El editorial de la página siguiente pone rostro y apellidos al destinatario del billet-doux: “Replican con arrogancia, como el juez Castro, que en vez de guardar un prudente silencio tras su deficiente instrucción se atreve a descalificar a la Infanta Cristina como mujer florero“. ¿Y qué podría decir el atribulado leguleyo para exculpar a una dama que reconoce haber delinquido por amor? Se le exige a los togados razonamiento de poetas. Marhuenda lo hizo mejor ejerciendo más de Cupido que de Rubido. Coinciden, eso sí, en exigir al fiscal Horrach no “utilizar la prisión provisional para estos condenados”. Y ABC se pone bolchevique cuando apunta que Cristina “hace tiempo que debió renunciar a sus derechos dinásticos”. En resumen, que quiere invertir el cuento trasformando, por un beso, a la princesa en sapo.

En páginas interiores, el insidioso Salvador Sostres afea que Cristina “decidió casarse nada menos que por amor y con un jugador de balonmano, en lugar de observar con prudencia y sentido del deber los intereses de su Casa y de España”.  Y unas páginas más adelante José Luis Restán escribe en postura genuflexa una diabética columna que remata contándonos que “ayer el rostro sereno de Don Felipe reflejaba el dolor, la confusión y la esperanza de todo un país” [disculpad un segundo, que se me cae la baba en el teclado y se me va a cortocircuitar la prosa].

El País, hoy más soso que un escribano sin visera, nos dice que “cabía esperar un fallo justo y equilibrado, y así ha sido”. Después critica a Cristina por no haber renunciado al trono imposible, y almibara sus vasallajes a la Corona con un pasaje final en el que no se han comido mucho el tarro de miel: “La distancia mantenida por el rey Felipe VI ha sido encomiable”. No sé si se le habría pasado a alguien por la cabeza que El Preparao se sentara junto a su hermana en el banquillo, comiendo palomitas.

El Mundo, por fin, califica de “sentencia de mínimos” la dictada ayer, y editorializa titulando que “la infanta debe renunciar a sus derechos sucesorios”. Sin duda influido por el hecho de que el diario de la bola fue uno de los pioneros en destapar el caso, el periódico de Pedro Cuartango se moja la punta del dedito opinando que “el tribunal ha interpretado los hechos de una forma muy benévola, lo que beneficia tanto a la Infanta como a Ana María Tejeiro […]. El hecho de que resulte tan inverosímil que desconocieran el origen ilícito de los fondos con que se beneficiaron es lo que hace que la sentencia cause cierta decepción social”. La verdad es que sí resulta llamativo  que tu marido, trabajador de una fundación sin ánimo de lucro, adquiera un palacete de siete millones. Yo creo que ese detallito no le hubiera pasado despercibido ni a Ana Mato, a no ser que el palacete fuera todo garaje.

Y de los palacios bajamos ya a las cabañas, como el Tenorio. Y pasamos al género pastoril con los amores de Pablo IglesiasIrene Montero. Qué espectáculo la portada de la revista Tiempo, con la ya primera dama de Podemos entronizada. “La Yoko Ono de la formación morada”, la bautizan. Y prometen contarnos en páginas interiores cómo “conquistó a Pablo Iglesias”. Al parecer, Tiempo ha iniciado un rumbo editorial hacia convertirse en el Hola! de los encoñamientos plebeyos. Pero no es el único.

En La Otra Crónica de El Mundo, la pastoril pareja merece página completa firmada por Cote Villar, una de las figuras cumbres de nuestro periodismo cardiológico. Reparad en las sólidas fuentes de las que ha bebido la zangolotina reportera para informar su reportaje:

1.- “Para mí y para muchos es la guardiana de las esencias en Podemos”, afirma un correligionario.

2.-“Lo que Irene siempre ha defendido es recuperar el asfalto, el activismo, y sin embargo estará en el lado más institucional de la política”, aprecia un cronista del Congreso (¿desde cuándo un periodista utiliza a otro como fuente?).

3.- “Todo pasa por ella, es rigurosa, perfeccionista, pulcra y en las distancias cortas muy simpática, aunque eso la convierte en una gran intoxicadora off the record“, aprecia una fuente cercana.

Con fuentes cercanas, cronistas del Congreso y correligionarios anónimos no dudéis que Cote Villar acabará llevándose el Pulitzer. Y en la página de al lado, un reportaje titulado Pablo Iglesias descuida su coleta. Y no es metafórico. Analiza pelo a pelo la cabellera del pastorcillo. “A pesar de la imagen descuidada que Pablo Iglesias desprende con su coleta, no se podría decir que el líder de Podemos lleve el pelo sucio. Solo necesita cuidar más su pelo”; “al llevar el pelo tan aplastado y recogido da la sensación de que acaba de levantarse de la cama”… Y así doce consejos sobre qué champú debería usar, con qué frecuencia debe acudir al trasquilador y otras lindezas capilares.

En El País Rubén Amón, otrora buen reportero, también dedica una columna solo a decirnos que los pastorcillos podemitas están enrollados, reconociendo que “carece de toda relevancia informativa la vida privada de Montero e Iglesias”. Coherencia pura y dura.

Y ya no sé qué más contaros sobre la prensa y el amor. Yo siempre fui camarero.