Yonquis del incienso

Como vate vago que soy, siempre he admirado a los escritores que te obligan a fijarte más en lo que callan que en lo que cuentan. Es la única manera de ser honesto. Por eso me admira esta mañana el ejercicio en ABC del periodista L.P. Arechederra, capaz de escribir toda un página sobre la trama Púnica citando solo una vez al Partido Popular. Sobre todo si el reportaje va sobre periodistas contratados con fondos públicos para lavar y abrillantar la imagen de cargos del PP en las redes sociales. Leyendo este reportaje no sabe uno por qué los del PP se gastaron todo ese dinero, si ya ABC, con su silencio, les niquela la imagen por lo gratis.

Pero no es tiempo de andar hablando de corruptelas, sino de Pasión. Nuestros píos diarios de la derecha son los que destilan ese olor a incienso que estos días todos percibimos al acercarnos a cualquier kiosko. La verdad es que pone. Te entran unas ganas de quemar a Giordano Bruno muy estupefacientes.

ABC le dedica sus dos editoriales de hoy al fervor ascético. En el primero —La más difícil Semana Santa— lamenta la persecución de los cristianos en tierra infiel… y aquí en España: “La presencia del cristianismo en la vida pública se ha convertido en la excusa para justificar una persistente campaña de acoso, camuflada de laicidad, contra los valores cristianos encarnados por la Iglesia Católica. Lo mismo se ataca a la Iglesia por inscribir en el Registro de la Propiedad templos que le pertenecen desde tiempo inmemorial, que se pretende expulsar de la televisión pública la retransmisión de la santa misa dominical o se pretende eliminar cualquier posible enseñanza religiosa en la escuela pública”.

Esto sucede en un país tan laico que los jueces aceptan una denuncia contra Wyoming porque, mofándose del Valle de los Caídos, ofendió presuntamente sentimientos religiosos. Dado que en España el franquismo es una religión, no hay de qué extrañarse. Tan laicos somos, insisto, que el Sevicio Galego de Sáude destina 625.000 euros a contratar curas para que hagan deambular su cientifismo por los hospitales. Se recorta en medicamentos, en médicos, en enfermeros… Pero que no nos quiten a nuestro curita, coño. Ahora de lo que me entran ganas es de torturar un ratito a Galileo.

En el mismo diario, Juan Manuel de Prada rescata una redacción que hizo en el colegio con seis años –supongo–y escribe un primera persona sobre Poncio Pilatos que hubiera hecho saltar de alegría al mismísimo Carrero Blanco. Arrodillaos para leer, ignorantes pecadores, trolls del infierno: “Me lavé las manos ante la multitud que acababa de expresar su decisión [de ejecutar a Cristo] en un democrático plebiscito. De este modo, simbolicé mi sacrificio de demócrata que acalla la voz de su conciencia en beneficio de la voluntad general”. O sea, que a Cristo lo mató la democracia, una asamblea de Podemos avant la lettre. Ahora me entran ganas de quemar viva a una niña de doce años, como hiciera la Inquisición con Inés Esteban.

En La Razón, Abel Hernández nos recuerda como se las gastan los enemigos de la Iglesia. Aunque, eso sí, aclarando que escribe sin “deseo de remover las cenizas humeantes del odio”. Aquí va la perla: “Ocurrió en un pueblo de Valencia la noche del 20 de agosto de 1936. Un grupo de hombres, que formaban el Comité Revolucionario del Pueblo, bebían y contemplaban, entre carcajadas, la hoguera” en la que ardía “El Cristo de la Fe”. Y luego hay gente que se empeña en sacar a estos bárbaros de las cunetas.

Lo cual que nos hemos pasado la semana soportando el cuelgue de nuestros yonquis del incienso. Con todos los cuarteles con la bandera a media asta por la muerte de Cristo, pues nada dice la Constitución de que el Ejército sea también aconfesional. Con nuestra España de siempre, encorvecida de sotanas dispuestas a imponer a los niños sus supersticiones y otras aficiones no menos deletéreas. Sí. En España hay una persecución de los cristianos tan feroz que nos cuesta cada año 10.000 millones de euros. Que la democracia nos coja confesados.