Del Ceta a quemar conventos

Desde que Manolo el del Bombo perdiera su bombo, no se había visto en las portadas periodísticas de España tanta consternación como la que hoy llora los bandazos de Pedro Sánchez con el CETA. Como sabéis, el CETA es el tratado comercial de la UE con Canadá que permitirá a los españoles comer pollo lavado con lejía, grelos transgénicos y fletán criogenizado, además de asegundar los derechos de los trabajadores y crear tribunales lobby que sustituyan a nuestra galápaga justicia a la hora de dirimir conflictos entre los oligopolios y el Estado. Huelga decir que ganarán siempre las multinacionales. O sea, que todo son ventajas.

Para ABC, el no es abstención del PSOE en este divertido tema “ha sido la historia de un despropósito, de un disparate político generado solo por la obsesión de Pedro Sánchez de imitar a Podemos”. El Mundo lo califica en el titular de su editorial como “Un volantazo que acerca al PSOE a los antisistema”. Para El País, “el PSOE se refugia en una abstención que delata la triste realidad: que más allá del deseo de recibir la bendición ideológica de Podemos, carece de posición propia”. La Razón, siempre un paso por delante de cualquier tebeo, lo define en portada como el “Eurexit de Sánchez” y coincide en que se trata de “un giro táctico e irresponsable hacia el populismo en busca del granero de votos de Podemos”.

Vivimos en un país de uniformidades mediáticas tanto en lo que gritan como en lo que callan nuestros periódicos de papel. De lo que han gritado ya he dado cuenta. Callan, por ejemplo, en lo referente a la práctica univocidad de las organizaciones ecologistas y de consumidores europeas contra este tratado, que no es otra cosa que una gatera por la que se nos cuela el denostado TTIP (los acuerdos entre Canadá y EEUU así lo bendicen).

Entre los columnistas que se han ocupado del tema destaca, cómo no, Salvador Sostres [ABC], quien afea a PS sus bandazos hacia la izquierda con una boutade en pentámetro yámbico: “Si nos gusta Felipe González, y guardamos el recuerdo de su era extraordinaria, es porque pese a las siglas ha sido el gobernante más de derechas que hemos tenido, mucho más que el socialdemócrata bonachón de Franco“. Qué simpático lo de llamarle a Franco “socialdemócrata bonachón”. Qué cosas tiene nuestra derecha tipográfica. Si uno le llama a Josu Ternera “cachazudo gudari” le quitan el bozal al ministro Zoido y te come de un bocado una libra de libertad. Pero Franco es tan entrañable…

Quemar conventos

Ha causado mucho revuelo el atentado incruento que ha sufrido la capilla de la Universidad Autónoma esta semana. Arrojaron botes de pintura y presuntos cócteles molotov contra la imagen de “un San José a quien mira un niño Jesús ya crecido, y en cuyo pedestal puede leerse en latín: yo soy manso y humilde de corazón“, nos relata píamente José Luis Restán en el torcuatiano diario (me he tenido que atar un pie a la silla para no levitar).

A Bieito Rubido, el director, le han salido hasta estigmas en la prosa ante tal sacrilegio. Arrodillaos, infieles, al leer estas meditaciones tituladas hoy Acoso al catolicismo: “Lo que intentan los populistas de extrema izquierda es mostrar de nuevo su rostro más sectario y totalitario, a través del acoso a los cristianos mediante las estructuras de poder que ellos ahora mismo controlan […]. Como siempre a lo largo de la historia, una minoría violenta y chillona se impone a la mayoría, que se muestra cobarde y silenciosa”.

Varios matices. Escribe esto Rubido sin constancia policial ni judicial de quién ha sido el bárbaro o la bárbara, con lo cual parece lógico que se lo achaque a “la extrema izquierda populista”. No voy a recordar aquí que, durante la II República, uno de los divertimentos de Falange era precisamente quemar conventos para crispar el ambiente. Tampoco es oportuno constatar el absurdo que supone la exhibición de figurillas supercheras en un centro del saber científico, más cuando esas supercherías torturaron a Galileo y señalaron en la guerra a los profesores rojos para que los fusilaran y fueran sustituidos por ignorantes curillas fascistas, o que la Iglesia católica apoyó a Hitler y nunca pidió perdón. No es el momento. No es oportuno. Sería populista recurrir a estos argumentos.

Más gracia me hace aun saber que “los católicos representamos el 80% de la población”, dato que Rubido nos regala después de hacerse una demoscopia entre unos cuantos obispos afines, se supone. Respecto a las “estructuras de poder” con las que los podemitas acosan al catolicismo, pues no sé, no se me alcanzan. Hacer información con inspiración divina es lo que tiene. La fe mueve rotativas, ahora que ya no nos quedan montañas.

`Hooligans` europeístas

Se ha puesto El País muy espídico con el Consejo Europeo concluido ayer. Su editorial parece la carta de un hijo bravo de Ronaldo a Florentino Pérez. Llena de pasión por los colores. Atentos: “Vuelve Europa. Vuelve al compás de las sucesivas derrotas populistas. Y de los nuevos liderazgos democráticos surgidos en las distintas elecciones. Y de la fragua de un sólido frente común ante peligros externos como los que representan Donald Trump o el Brexit. Y vuelve, lo que aún es más decisivo, no solo entre la élite gobernante, que redescubre el europeísmo como herramienta política útil, sino también entre los ciudadanos, como esperanza de mejora concreta”. ¿A que suena muy bonito? Después se nos descubre la realidad: “Aunque los avances en seguridad y Defensa sean menos exaltantes para una mayoría, ha sido en ellos donde la cumbre ha dado más pasos concretos, de importancia capital para un continente en el que cunden los temores estratégicos”. O sea, que todas esas albricias europeístas se reducen a eso: un acuerdo más sobre defensa, sobre guerra, sobre armas. Nada de derechos humanos o laborales. Nada de refugiados. Nada de cambio climático. Nada de nada. Poco polvo y mucha pólvora. Que alguien rapte otra vez a Europa, que está penando por un revolcón de amor.