Reinas elegantes y comunistas chinos

 

Han causado un poquito de revuelo mediático las declaraciones de Emmanuel Macron sobre ese “gran líder mundial” llamado Xi Jinping, secretario general del Partido Comunista chino y presidente de la República Popular. Hasta El País se lo afea, con lo que se parece este hombre a un Albert Rivera con más estudios, o más caros: “La visita [a Francia de Donald Trump] ha coincidido con dos detalles alarmantes: un recorte presupuestario en Defensa que contradice las promesas electorales de Macron y su elogio hacia Xi Jinping el mismo día de la ominosa muerte de Liu Xiaobo. El pragmatismo tiene ciertos límites”.

Como los sábados de estío son muy digresores, voy a irme por las ramas. Lo primero que me llama la atención es que a Prisa le alarme un recorte presupuestario francés en Defensa, que es como define la posverdad a los presupuestos de Ataque. Coincidió el anuncio con la fiesta nacional gala y con el aniversario del atentado terrorista a Niza. De nada sirvieron en Niza los misiles nucleares ni las bombas inteligentes. Sin embargo, con pasmosa naturalidad asumen los medios progresistas la exigencia de Trump de destinar el 2% del PIB europeo a pertrechar el armero. Son muestras evidentes de que los periódicos han dejado de ser arrendatarios del humanismo más básico. No nos alarma el incumplimiento global de nuestras promesas con los refugiados, esos sintierra exiliados de nuestras guerras petroleras. Nos alarma que Macron tenga este gesto pacifista diferido (para 2025 sí promete ese 2% sangriento). Ya dije que los sábados digresivos son muy veleidosos.

Lo de Xi Jinping también tiene cierta coña. Nunca se dice en estos medios que China –segunda potencia económica mundial– representa el triste éxito total de los regímenes comunistas que en el mundo han sido. Algo que sería factible dado el ansia de simplificación que alienta a nuestros líderes políticos y mediáticos. El grado de reproche a las dictaduras se mide con el termómetro del éxito económico, y así nos va. Nuestros reyes van a la Gran Bretaña a pedir Gibraltar con la boca pequeña, pero se quedan callados en Arabia Saudí, en Marruecos o en China. Felipe VI aceptó con agrado recibir de su homólogo saudí, el rey Salman, la máxima condecoración de aquella tiranía. Fue este mes de enero pasado, y de derechos humanos se habló muy poco.

Tampoco es necesario estar todo el día dándole vueltas a tan desagradable asunto, sabiendo que “el ropero de doña Letizia conquista Reino Unido”, como destaca en su portada bis el ABC de hogaño. Analiza el centenario diario “los claros aciertos del estilismo elegido por la reina durante la histórica visita de Estado”. Para que luego anden escribiendo los tarugos como yo que el periodismo ha desertizado sus páginas de humanidades.

José Luis Restán, en el mismo periódico, sigue la línea editorial de su jefe glosando la real visita con una columna titulada Los hilos que cosen nuestra historia. Todo esto me parece maravilloso. Pero echo de menos que nadie escriba un poco sobre el estilismo de Felipe VI. ¿O es que nuestro rey iba desnudo? Me parece injusto este desprecio informativo hacia las galas de nuestro monarca, como si fuera un zafio sans-culotte solo encargado de sujetar la cola del vestido de la elegante dama. El feminismo de ABC a veces se pasa de la raya en su defensa de la igualdad de sexos.

En La Razón se ofrece una visión bastante más profunda, tanto en forma como en fondo, de la trascendencia de esta visita a Buckingham Palace: “La soberana británica y su marido tomaron a los reyes por los brazos y se despidieron con dos besos que hablaron por sí solos sobre su impresión de este viaje”. Los besos de los reyes hablan por sí solos. De todos es sabido.

En El Mundo tampoco están exentos de ese tufillo feminista. Así, en su “análisis real” del suplemento LOC, titulan con un Letizia, más reina que nunca, e informan de que “en la visita de Estado de tres días a Londres ha conquistado a todo el mundo. Alabada por su comportamiento y por la elección del vestuario, la reina ha estado siempre sonriente, relajada e incluso ha accedido a estar morena”. No acaba aquí el agravio a Felipe VI, que al parecer no ha “accedido a estar moreno”, y cuya labor diplomática ha quedado eclipsada por una primera dama que “solo ha lucido joyas buenas, diciendo adiós a la bisutería que tanto se pone”. En resumen, que lo mismo mañana nos devuelven Gibraltar. Al loro.