Anormalidad periodística

Dirán los corifeos que la semana se desarrolló dentro de la normalidad democrática, que lo único que sucedió fue lo de siempre, o sea, “cuanto peor, mejor para todos, y cuanto peor para todos, mejor; mejor para mí el suyo, beneficio político”. Pues no. Yo he visto esta semana los rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. O sea: dos editoriales de nuestra prensa escrita referidos a Venezuela sin que se citara a Podemos. El primero fue este jueves en La Razón, y se titulaba Puigdemont y Maduro: golpe a la democracia. El segundo aparecía en El Mundo bajo el epígrafe El régimen de Maduro, cada vez más aislado. Ninguno de ellos, insisto, relacionaba a Pablo Iglesias con los desórdenes de esa dictadura tan rara que permite a un preso político, como Leopoldo López, emitir un vídeo a todo el orbe en el que sugiere la necesidad de que el ejército se levante contra los opositores a la oposición. Que no me digan, insisto, que esto es síntoma de normalidad.

Algo ha cambiado. En principio, este sesudo analista consideró la posibilidad de que el affaire Hermann Terstsch, columnista de ABC condenado a pagar 12.000 euros a Iglesias por difamar a su abuelo por rojo asesino, podría ser la causa de tanto recato. Pero es una conclusión demasiado liviana. De hecho, El País la desmentía con saña en su editorial Cómplices de Maduro. Allí se reunía toda la sabiduría cuñadista en un párrafo final que hizo la delicia de nuestras redes sociales: “Los líderes de Podemos, que declaran día sí y día no querer regenerar la democracia española, guardan silencio, cuando no justifican a Maduro y acusan a la oposición de antidemocrática. Es urgente que Podemos aclare si su estándar de democracia es el mismo que el que representa Maduro. No es una cuestión retórica. Los españoles tienen derecho a saber si la suerte que les esperaría si Podemos gobernara y ellos decidieran oponerse a sus políticas sería similar a las que sufren los ciudadanos e instituciones venezolanas que han decidido defender la democracia del autoritarismo de Maduro”. Sublime. Maruhéndico e índico. Pantúflico. A Antonio Caño hay que ponerle una tertulia televisiva para él solo.

También hay que decir que el mismo diario contiene una columna de Juan José Millás que destila una excéntrica y visionaria teoría sobre la normalidad democrática que hemos vivido esta semana en este puzzle indescifrable llamado España. Analizaba así el autor madrileño la testifical de nuestro amado líder en la Audiencia Nacional para despejar dudas sobre la Gürtel: “Si Rajoy atropellara mañana a una ancianita, después de una mariscada gallega regada con abundante cava catalán, en 48 horas nos parecería normal. El cava marida muy bien con el percebe, diría sin alterar un músculo del rostro, para añadir que lo importante, una vez fallecida la anciana, era actuar con sensatez y sin extremismos”.

Si uno cogía El Mundo, también en la última, se encontraba al crítico cinematográfico Luis Martínez resumiendo la genial actuación de Rajoy ante los togados: “La duda era saber si se trataba del presidente o del peor concursante de Saber y ganar“.

Pero hay otras caleidoscópicas visiones de lo sucedido en la AN. Para La Razón, Rajoy “hizo gala de una memoria excelente”, “hubo exceso de permisividad por parte del magistrado Ángel Hurtado”, y Gürtel es “un proceso judicial en el que [MR] ni siquiera tenía participación tangencial”.

En ABC, también editorializando, se destacaba que “el dato objetivo ratificado por el tribunal es que la trama Gürtel dejó de trabajar para el PP con la llegada de Rajoy”, pues de todos es sabido que el congreso que ratificó a Rajoy en Valencia en 2008 estaba organizado por un think-tank formado por Cáritas, Médicos del Mundo y el ángel de la guarda Marcelo. Los análisis son tan variados que exceden los límites de la libertad de expresión.

En este último diario, era Isabel San Sebastián la encargada de profundizar, en una muy sutil columna, la reacción de la prensa internacional ante la comparecencia del presidente en un banquillo de lujo: “El daño ya está hecho y ahí quedan los titulares [de la prensa extranjera]. Daño al nombre e imagen de España, que es lo único que a mí me importa”, escribía con rojigualda pasión la afamada columnista.

Y en la última, Ignacio Ruiz Quintano, sin querer, sugería a los jueces una pregunta adecuada al tono de lo que presenciamos en streaming y leímos en nuestros sesudos medios sobre la charla perjura que nos ofreció Rajoy: “¿Jura usted decir la posverdad, toda la posverdad, y nada más que la posverdad?”.