Rajoy, un puto genio

Vale, no es el 11-M. En aquellos días lejanos, la manipulación política de la tragedia fue orquestada por el Gobierno de José María Aznar y secundada por los medios afines, hasta el delirio de acabar inspirando una teoría de la conspiración mezcla de Tom Clancy y Torrente en la que las bombas las ponía Rubalcaba. En esta ocasión, el Gobierno ha sido ligeramente más prudente, y son los medios afines los que dan la cara y nos ilustran sobre la relación directa entre los atentados de Catalunya y el procés.

Titula hoy El País que “Puigdemont provoca a Rajoy la víspera de la manifestación”. En El Mundo, “Puigdemont dinamita la unidad de la manifestación de Barcelona”. Para La Razón, existe un “Boicot soberanista a la marcha de la unidad 24 horas antes”. Solo ABC mantiene el perfil bajo, y excusa abrir su boletín con la entrevista de Carles Puigdemont en el Financial Times, en la que asegura que el referéndum del primero de octubre se celebrará de todas formas.

No quiere decir esto que ABC se haya civilizado de repente. Yo creo, sencillamente, que ha creado el puesto de redactor jefe contra el ridículo. O algo así. Pero su editorial –en el que no se cita el conflicto catalán– también da aliento al viejo espíritu conspiranoico que destruyó para siempre la credibilidad de nuestra prensa escrita: “Esta extrema izquierda se apresura a presentar el terrorismo yihadista como una responsabilidad de las democracias occidentales por la intervención aliada que derrocó a Sadam Hussein […]. Les da lo mismo que esté demostrada la desvinculación de la guerra de Irak con el 11-M”. Las pruebas fehacientes de esta desvinculación las tenéis que poner vosotros, pues al ABC no le quedaban páginas, se conoce.

En su editorial de hoy, El País nos sermonea para que seamos buenos, apartemos el secesionismo y no nos olvidemos de hipervitaminarnos. “Hacemos un llamamiento a que la manifestación de hoy en Barcelona sirva no solo para escenificar el dolor ciudadano y la repulsa ante los atentados sino para construir una agenda política realista que sitúe en el centro la unidad de acción y la eficacia contra el terrorismo. Ya basta de oportunismo y de fanatismo en esa quimera independentista que nos divide y nos hace a todos más vulnerables”. No sé cómo todavía no se les ha ocurrido vincular el procés y los atentados con la fuga de Neymar.

Angela Vallvey, en su columna de La Razón, aprovecha el atentado para escribir un alegato contra las drogas. Aquí cada uno con sus obsesiones: “He visto las duras imágenes de uno de los terrorristas de los atentados de Cataluña […]. Claramente, estaba drogado. Exaltado por la sangre y las sustancias, alucinado, impotente, enfebrecido […]. Aunque es de noche, se aprecia perfectamente el estado del terrorista”. También, aunque es de día, se aprecia perfectamente el estado de Ángela Vallvey. ¿Inhalación de incienso en dosis excesivas? Vaya usté a saber con qué se pone nuestra derecha. Yo a veces permito que las columnas me las escriba mi camello, pero no se me nota tanto.

Alucinógenos aparte, a uno le da la impresión de que estos llamamientos tan cándidos a la unidad ocultan una perversión: se confunde la unidad con el acatamiento de los preceptos del gobierno del PP. Pues yo no quiero estar unido. Cuando gobernaba ZP, el PP se negó a asistir a la manifestación de repulsa por el atentado de la T-4. La reina Letizia tampoco asistirá a la manifa de hoy, y nadie por eso escribe que sea una desbragada antisistema.

La muerte siempre tiene trampa. Solo mueren por amor los que ya han sido asesinados. Y la derecha ha sabido utilizar la muerte por amor en muchas ocasiones. Hasta no hace mucho, se nos convenció de que contra la violencia terrorista solo existe un camino: afiliarse al PP. Uno era del PP o simpatizante de ETA. Zapatero iba a regalarle chuches de Goma-2 a los terroristas para que destruyeran España. Es un discurso tan simplista que funciona. A veces.

Ahora Mariano Rajoy “tiene bien aprendida la lección de los días siguientes a la matanza de Atocha”, nos dice Salvador Sostres en una columna en la que logra la proeza de no insultar a casi nadie. Y es verdad. Rajoy no ha dicho una palabra más alta que la otra. Sabe que para eso tiene a los medios afines, las televisiones, las radios, el papel. Ya se encargan otros de salpicar de bolardos mentirosos a Puigdemont, a Ada Colau, a Pablo Iglesias. De la manipulación de este atentado apenas nos quedará hemeroteca. Salvo la que retrata a los periodistas. Al final, uno va a terminar admirando a Mariano Rajoy. Pocos bueyes se han visto capaces de lograr que sean sus labriegos los que tiren del carro. No necesita hacer nada, no necesita decir nada. Salvo por su ausencia inicial, su actitud ante la tragedia ha sido casi irreprochable. Todo fraternidad, igualdad, alcaldes que eligen a los pueblos, sentimientos que tienen seres humanos y tal. El trabajo sucio se lo hacen otros. Rajoy es el Señor Lobo inverso: todos sus problemas se los solucionan sus especialistas. Un puto genio. Y lo digo sin ironía. La ironía, como la esperanza, fue lo último que se perdió.