Olvidando a las víctimas

“El 11-M se convirtió en un campo de batalla política. Conjurar ese peligro debería ser una urgencia ineludible […]. que no se vislumbra en la actuación de la Generalitat” tras los atentados de agosto. La cita es del editorial de El País de este viernes. El mismo periódico que recibía la manifestación antiterrorista del pasado fin de semana asegurando en su titular de portada que “Puigdemont provoca a Rajoy la víspera de la manifestación”. Todo es un poco contradictorio.

El Periódico de Catalunya ha calentado la semana con la exclusiva de la advertencia estadounidense a los mossos de un posible atentado este verano en Barcelona. La interpretación de los hechos es tan variopinta que nos retrata. Para algunos, El Periódico manipula para reventar el procés y desprestigiar a la policía autonómica. Otros creen que ha sido El Periódico el manipulado por la capacidad intoxicadora de los sucesores de Jorge Fernández Díaz. Algunos alumbran incluso teorías algo más conspiranoicas, como la de que Adelkabi es Satty, el imán de Ripoll, era confidente de algún cuerpo policial, y por eso se enturbió la información inicial sobre la explosión de Alcanar, y tanto las advertencias de un policía belga como los documentos que ha aireado El Periódico fueron achivados para protegerlo (más de un policía ha olisqueado esta posibilidad). Y hoy mismo, este noticiario simpa, nos recuerda que nuestra brigada política es experta en falsificar burdamente este tipo de documentos. Entre tanto, nos hemos olvidado de las víctimas. Pero eso era de esperar. País.

Tenemos la costumbre, cuando nos declaran la guerra, de ponernos a guerrear entre nosotros. Se conoce que acercar la amenaza nos tranquiliza. El vecino es un enemigo más llevadero.

La corrección política se ha terminado, si es que algún día existió (que no). Escribe Pedro Narváez en La Razón que los mossos van “a recibir con toda la precipitación del universo una medalla de oro por matar a unos terroristas”. Y califica a los miembros de la policía catalana como “advenedizos de la élite de los héroes, [que] conocían los planes del Estado Islámico pero no hicieron nada. Estaban en otra cosa, a purgar a todo aquel que dudara del procés“.

Más fino e inteligente, Francisco Pascual hila desde El Mundo de hoy parecido paño: “El día después del atentado muchos ciudadanos de Cataluña se detenían al paso de los mossos para aplaudirles de forma sincera. Las gentes de la sociedad abierta, los abrazos y la multiculturalidad agradecían así que uno de sus policías hubiese cosido venturosamente a balazos a casi todos los miembros de la célula yihadista que quedaban sueltos. Como hubiese hecho un agente de Londres, de París o de Arizona, el mosso de Cambrils descargó primero el cargador de su franchi y luego se puso a darle vueltas a si había alguna alternativa a acribillar a unos jóvenes que iban armados con cuchillos de cocina comprados en un chino. Nadie duda de que hizo lo difícil y lo correcto. El aniquilamiento de los fanáticos disparó el prestigio de los mossos. Fue eso lo que elevó su popularidad”.

En ABC, Juan Manuel de Prada se interroga sobre “por qué los servicios de inteligencia del Estado no corrigieron a tiempo las negligencias y marrullerías de los mossos“. Los héroes de ayer son los villanos de hoy. Pero yo insisto: ¿Y qué hay de las víctimas?

Me aterra pensar lo que puedan estar pensando los supervivientes o los familiares de los fallecidos cuando asisten a este espectáculo, a esta banalización de la tragedia hacia el género del bodevil político, mediático y policial. Sobran banderas y faltan espejos. Para mirarnos con asco.