Mariano Wallace, Braveflags

Ya se ha hablado aquí muchas veces del hooliganismo, del roncerismo que aqueja a nuestros periódicos de papel. En la prensa balompédica se ha creado el concepto de “periodistas de bufanda” para calificar a estos especímenes. Supongo que ya está más que justificado que incorporemos la definición de “periodistas de bandera” para los que toman las mismas actitudes supporters en la mal denominada prensa seria.

Las portadas de nuestros periódicos de hoy son muy fondo sur. El Estado acude a sofocar la insurrección, clama El País. En ABC, con fotomontaje heroico de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera (el trío de los Ozores), se asegura que España descabeza el golpe. Por la misma vereda discurre el pensamiento de Francisco Marhuenda para su portada de La Razón: Urnas frente al golpe. Y solo El Mundo huye de la hipérbole y la soflama con su 55 días de 155, que suena a castigo profesoral sobre niños rebeldes: 55 noches en el sótano. Hemos compuesto un vodevil pero lo titulamos en plan magnificat. Pusimos a Manolo el del Bombo al frente de una sinfónica y nos intentamos convencer de que suena celestial. España, en resumen.

Yo, en todo caso, eché un poco de menos algún discurso solemne y televisado de nuestro rey no emérito, Felipe VI El Desaparecido. O sea, se rompe España y el jefe de Estado garante de la unidad se queda en su salón con la bata, las pantuflas, el móvil y el mando a distancia de la tele como únicas armas y bagajes. Qué poca épica. No me extraña que Letizia se despiste en sus atmósferas orientales de corruptos compiyoguis. Se ha hablado mucho de que este Felipe necesita su 23-F para dorarlo de borbonesca majestad. Pues se le olvidó asistir a Normandía el Día-D. Toda la gloria ha ido a parar al bravo Mariano, el William Wallace acolchado de nuestra derecha.

Hay que bucear los rescoldos aznaristas de nuestra prensa para encontrar atisbos de crítica hacia el papel del paladín pontevedrés en esta gesta. Y para eso nada mejor que darle voz a la aristócrata Cayetana Álvarez de Toledo, que en El Mundo se marca un claqué sobre la honra del presidente recordando la carta que le escribió al dejar el partido: “Pedía al presidente […] que rectificara su política leguleya y tecnocrática hacia Cataluña. Que abandonara esa mezcla viscosa de cálculo y condescendencia que había desembocado en el humillante referéndum del 9 de noviembre de 2014. Que dejara de esconderse detrás de los jueces, fiscales y tribunales”. Lo que critican a Mariano nacionalistas y podemitas, idéntico. Pero con un más dulce aroma a rododendro y a Chanel, como corresponde a las marquesas. Aunque las nobles damas no desprecian a veces los efluvios de la cicuta: “Las palabras de respaldo de sus colegas europeos sonaban ayer inevitablemente paternalistas, un reencuentro del primer mundo con la vieja excepción española. Macron. Merkel. May. Ellos nunca habrían tolerado algo parecido en sus respectivos territorios. El moderado de Mariano sí”.

La Razón, en su editorial, nos ilustra que Rajoy ha protagonizado un “movimiento audaz y arriesgado”. Son dos adjetivos que casan algo mal con la estampa del presidente andando rápido, o corriendo despacio, nunca se sabe, pues no nacieron los registradores de la propiedad para las épicas. Pero con un teclado genuflexo delante, eso se arregla en un pispás.

Salvador Sostres supera también la prueba del azúcar en ABC. Sus elogios son tan edulcorados que si los relees te puede dar una diabetes y quedarte ciego, como si te masturbas: “El día empezó mal para Rajoy pero a su manera –siempre a su manera– supo darle la vuelta, y [la de] ayer me pareció una maniobra inteligente, ganadora, templada, indiscutible para cualquier demócrata de España y de Europa”. Se me han puesto los diccionarios como escarpias.

Todo así hasta que llega uno a Lucía Méndez (El Mundo) que viene a decir lo mismo que yo pero con más elegante serenidad: “Confieso que me dan envidia los analistas y comentaristas que tienen clarísimo quiénes son los buenos y quiénes son los malos, aquellos que defienden con brillantez intelectual la esencia maligna del nacionalismo, y los que son capaces de establecer cuál es la verdad indubitada fuera de la cual no existe salvación”. Si este humilde vate no fuera un sinsombrero, se descubriría.