En manada

A veces España se encuentra consigo misma, y no suele ser un tropiezo agradable. Ha sucedido estos días con el tratamiento informativo que se le está dando al juicio a La Manada por violación múltiple en los sanfermines del año pasado. Resume la situación en un tuit la tuerkera Irantzu Varela: “Creía que no había nada peor que una violación entre 5 tíos a una chavala de 18 años. Pero sí: los medios de comunicación juzgándola a ella, la justicia cuestionándola y todos esos machunos ofendiéndose porque nos solidarizamos con ella: sois de #LaManada. #EsUnaGuerra”.

En la manifestación celebrada este viernes ante el Ministerio de Justicia no solo se criticaron las formas “patriarcales” con las que nuestros togados están tratando a la víctima. También se habló, y mucho, de los medios de comunicación. De cómo algunos están anteponiendo la presunción de inocencia de los salvajes sobre la de la chica, cuya “vida normal” después del suceso ha sido investigada periodísticamente, y hasta por un detective de La Manada, con el fin nada subrepticio de demostrar que no ha sido para tanto, que la vida sigue, que la víctima, incluso, se ha permitido el lujo de irse de viaje con unas amigas. ¡De viaje! Fehaciente casquivanía. Esa España con la que nos tropezamos cada cierto tiempo los españoles, esa España, la única salida digna que observa para esta joven, es que se meta monja. Y no lo digo de broma, aunque lo parezca. Porque es la España del nacional-catolicismo. La de Trece TV, la televisión de los obispos que tuvo a bien difundir las imágenes de la violación en prime-time para montar uno de los shows catódicos más denigrantes de nuestra desvergüenza reciente. No se oyó allí el comentario de que se visten como putas, pero sobrevolaba el plató como la voz en off de nuestra verdadera conciencia sociológica.

En prensa escrita, que es lo nuestro, La Razón nos regalaba este viernes una columna de María José Navarro sobre la necesidad de respetar la presunción de inocencia de los cinco caballeretes: “El juicio está siendo impecable. Lo está siendo que admita el tribunal como prueba las redes sociales de la que dice ser la agredida, sus fotos posteriores al día de autos, su estado mental después del supuesto forzamiento”. Lo que dicen los jueces y respalda Navarro es lo que resumió Manuel Jabois en El País con bella sencillez silvestre y muy gallega: “La chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo”. Meterse monja, insisto, nos hubiera sacado de toda duda.

En su alegato periodístico, a Navarro la traiciona el subconsciente: “Estos cinco jóvenes merecen que alguien los represente y que se esgriman todos los recursos para que salgan de esta con su penita adecuada”. ¿Demandará también Navarro para Puigdemont “su penita adecuada” cuando lo enchirone De la Maza? Que se sepa, además, los simpáticos jóvenes descarriados de La Manada gozan de todas las garantías procesales. Lo que hace cuestionarse una vez más la verdadera intención de este artículo, que demanda algo que ya se posee. Artículo que escribe, y esto es duro, una mujer.

Pero hay que ser ecuánimes. Un día después de publicar el texto de Navarro, La Razón incluía en su segunda página una columna de Ángela Vallvey mucho más acertada, por decirlo en suave y algodonoso: “Tradicionalmente, las mujeres sufrían esa violencia sin revelarla, sin descubrirla, temiendo acusar al violador, intentando tapar el crimen. Porque la violación hecha pública siempre ha manchado más (todavía) a la mujer. La cubre de ignominia. En vez de procurarle compasión pública, la envuelve en una suciedad mayor. En lugar de mostrarla como una víctima, la salpica con la sospecha de ser una prostituta o de estar estropeada, dañada para siempre”. Suscribo cada palabra. Incluida la primera: tradicionalmente. Este tradicionalmente no nos remite al pasado. Nos retrata nuestro hoy. Mirar así a la mujer vejada es una tradición muy nuestra, como los toros. Sucede que a veces me canso de ser hombre, escribía Neruda. Pues no te digo nada, querido bardo, si hubieras nacido mujer.