Opinion · El repartidor de periódicos

Patologías mediáticas poselectorales

Esta mañana, en cuanto he visto los periódicos, he caído en la tentación de telefonear al director de El MundoFrancisco Rosell, para advertirle de que las elecciones catalanas ya han sido. No me atreví al final, no fuera a estropearle a la familia de un colega las navidades. Si lo veis por la calle, no se lo digáis tampoco vosotros, por favor. Dejad que el tiempo lo devuelva a la infame realidad lentamente, sin traumas, shocks ni conmociones innecesarios. Son comprensibles, después de tantas semanas de estrés, ciertas dosis de desvarío, perturbación, insania y guilladura. Anda el hombre cual soldado japonés al acecho en la selva años después del armisticio, disparando a podemitas y puigdemoncitos imaginarios, durmiendo en zulos aun peores que las celdas de Estremera, pinchando con alfileres vudú lacitos amarillos fabricados con plantas autóctonas.

El caso es que el director del diario de la bola, días después de los comicios, sigue haciendo la campaña a Inés Arrimadas con el mismo entusiasmo que otrora. Hoy la saca en portada, repeinadita y vestida de domingo, diciendo sus cosas: “La candidatura de Puigdemont es solo por Puigdemont, no tiene ni equipo, ni proyecto, ni plan de gobierno, ni tienen nada. Vamos a ver cuánto tiempo son capaces de mantener la mentira y la irrealidad del procés“. ¿Veis? Hasta Arrimadas habla como si todavía no se hubiera votado, dándose cuenta de que ha de cuidar la salud mental de uno de sus propagandistas más tenaces. A ver si Rosell vuelve a casa por navidad, como en el anuncio.

El malhadado Rosell no fue el único afectado por esa demencia negacionista. A Antonio Caño director de El País, el 21-D también le produjo sus paranoias, neurosis y ciclotimias. Titulaba en primera edición este viernes: “Ciudadanos frena la mayoría del bloque independentista”. Ya se había completado el recuento de votos, pero una cortina color naranja cegaba los ojos y el entendimiento del arrojado periodista. Supongo que el equipo de psicólogos del diario lo sometió rápidamente a descargas eléctricas, chutes de adrenalina y dosis de icetatón, pues a los pocos minutos rectificaba y, dolido cual Bambi tras perder a su mamá, se sometía al necesario duelo: “La victoria de Ciudadanos no evita la mayoría separatista”. De Arrimadas escribe en su editorial que “en otras circunstancias ese fulgurante ascenso la haría acreedora de una primogenitura en el intento de investidura como presidenta”. Una primogenitura: qué tierno. Aun se resiste a saber que vivimos en una democracia parlamentaria, no presidencialista. Los reyes, para Caño, nunca serán los padres.

La situación en La Razón está siendo más que crítica, me comunican fuentes poco solventes de la redacción. Francisco Marhuenda continúa encerrado en su despacho sin agua ni comida desde que se completó el recuento. Desde el fondo de su reclusión, se escucha de vez en cuando una sola frase, teñida de una rara mezcla de marcialidad y melancolía, como si fuera posible un legionario tierno: “El Alcázar no se rinde, el Alcázar no se rinde, el Alcázar no se rinde…”. Los sensibles redactores del diario han traducido hoy la histórica frase al civilizado, a ver si desenajenan al periodista catalán: “Rajoy se prepara para resistir”.

En la misma línea furrielera discurren los síntomas alucinatorios del gallego Bieito Rubido, director de ABC, que hoy titula “Ni un paso atrás”, y ha enviado a una falange de redactores al frente de Aragón, con la inapelable misión de conseguir que no entre hacia España ni una butifarra de realismo o diálogo. La guerra continúa en ese manicomio global llamado España.