Opinion · El repartidor de periódicos

Los intocables de Gallardón

A veces los lectores de periódicos sufrimos algún que otro dejavu. Nos ha pasado esta semana, con la imputación de toda la cúpula de Alberto Ruiz Gallardón en el proceso que investiga las turbias aguas que discurrían por el Canal de Isabel II. A aquella reina borbona la apodaban “la de los tristes destinos”, así que ahora ya se va entendiendo por qué le pusieron su nombre al canal. Lo que es menos comprensible es que una noticia con tanto glamour no haya saltado a las portadas de ninguno de nuestros periódicos papeleros nacionales. Uno ya ni siquiera piensa mal. Casi todo lo contrario. A veces sospecho que nos quieren preservar de la realidad con buena intención. Para que sigamos creyéndonos que los reyes magos existen y que M. Rajoy, el de los papeles de Bárcenas, nada tiene que ver con el tal Mariano Rajoy que nos gobierna. Como estrategia humanitaria me parece bien, pero aun sigo pensando que los periódicos estamos para otras cosas, para otras causas.

El caso es que Galardón sigue siendo un intocable, como la pía y recién fallecida Carmencita Franco, que se quejó toda su vida de lo laxa que era la justicia española desde la muerte de papá. Se conoce que las cunetas de sus fincas necesitaban abono para fortalecer los olivares.

Titula hoy La Razón con indisimulada nostalgia: “Carmen Franco: se apagó la última luz del Pardo”. Escribe Ussía en la última del diario planetario que “no resulta sencillo ser la única hija de una figura denostada y admirada […]. Oír, leer o asumir toda suerte de improperios de un padre, tiene que ser devastador y agotador, además de irritante”. La verdad es que sí. Debe de irritar mucho que los hijos de un millón de muertos anden todo el día dándote la tabarra en los chocolates con pastas de las cinco. Yo no sé cómo se invita a esta gente a los actos sociales, habiendo obispos de sobra.

Pero volvamos a Gallardón, ese hombre invisible para la Justicia. Para quien nunca se apaga la luz del Pardo. Existe en España una casta, una raza de personajes a los que el periodismo aun trata con cierto temor. Sucedió, en su tiempo, con Esperanza Aguirre, que untaba los labios de los periódicos y televisiones con mucha pasta pública para que se estuvieran callados. Los periódicos digitales nos hastiábamos relatando sus trapacerías mientras el papel no hacía más que olas a la lideresa. Tuvo que pasar mucho tiempo y hubieron de pronunciarse muchos jueces para que la condesa fuera bajada del santoral. Con Gallardón es menos sencillo. No es tan zangolotino como su gorgona de cámara. El silencio siempre ha sido un gran aliado del diablo.

El caso es que a los españoles nos importa menos –según nuestros periódicos– la imputación de la cúpula de un ex alcalde y ex presidente madrileño que el triste deceso de la hija de un dictador, señora que, por otra parte, nunca ha dicho o hecho nada digno de salir en prensa, salvo heredar sangre (en todos los sentidos).

Ya dije arriba que, a lo mejor, es que nuestros directores de diarios tradicionales prefieren no amargarnos estas fechas tan señaladas, que dirían los horteras, con el molesto y constante eco de los cien mil casos de corrupción que cada día afloran de Tabarnia al Cabo de Trafalgar. La verdad es que es cansino. Uno sabe que es más rápido silenciar los escándalos que acabar con ellos vía policial o judicial. Y, además, estamos en navidad. No vamos a amargar a nuestros lectores con más porquería. Fíjate qué paradoja: con tanta Catalunya, lo que yo echo de menos es Venezuela. ¿Ya no pasan cosas allí? Qué sosos.