Opinion · El repartidor de periódicos

Borboneando

Fíjate tú, o sea, con lo que es y ha sido el ABC con Juanito, oyes, no me digas que no ha estado muy feo, y en la víspera de reyes. Pues sí que ha estado feo. El 80 cumpleaños de nuestro monarca emérito ha sido aprovechado por el torcuatiano diario para otorgarle a Felipe VI un protagonismo descarado. Le han fastidiado a Juan Carlos I el cumple y los reyes, con lo susceptible que anda el hombre desde que sospechó que le estaban plantando un pino en la barriga, como dijo a los medios antes de su abdicación.

En su editorial de este viernes (Una vida al servicio de España) se cita hasta cuatro veces al heredero, y se llega al delirio de comparar el discurso real que desarticuló (bueno, ya tal) el golpe de estado del 23-F de 1981, con la charleta desmedida sobre el conflicto catalán que soltó el 3 de octubre pasado por la tele nuestro reluciente monarca nuevo: “Treinta y seis años después, la Corona ha vuelto a ser el revulsivo de la nación española frente a otro golpe contra la democracia, el perpetrado por el separatismo catalán […]. Si la Corona no hubiera generado el crédito histórico que le aseguró el reinado de Don Juan Carlos, difícilmente el discurso de Felipe VI habría habría provocado entre los españoles lo que fue, y sigue siendo, un auténtico efecto unificador y reanimador del sentimiento nacional”.

Leyendo estas delicadas prosas, a uno le queda la impresión de que lo que hizo Felipe fue saltar a las pantallas de los hogares españoles y gritar: ¡A por ellos, oé! Hubo felipólogos que así lo interpretaron, y afearon al monarca su escaso sentido de la mesura, pero, la verdad, si aceptamos ese mantra cansino que nos asegura constantemente que Juan Carlos paró el golpe –otros sospechan que lo montó–, otorgar a Felipe VI mérito comparable es, cuando menos, estupefaciente y lisérgico.

Resulta también asombroso que, ese mismo día, el director del periódico monárquico por excelencia no dedicara su billete cotidiano a nuestro campechano emérito. Bieito Rubido sí escribió de reyes, pero de los magos, a raíz de la polémica montada porque una drag-queen participara vestida de peluche en la cabalgata de Vallecas: “Nuestro país, merced a estos regidores populistas que sostiene el PSOE, se ha vuelto inculto, irrespetuoso, enemigo de la belleza”, protesta el periodista airado. La cuestión de fondo es: ¿cómo el ABC ha mudado en tan anti-juancarlista como para que su director sustituya, en el papel de musa de sus prosas, a nuestro campechano por una drag-queen? ¿Continúa el ABC resquemoroso con Juan Carlos desde que este aceptó eclipsar y humillar a su padre, tan lector del diario desde Estoril? ¿No habíamos quedado en que no conviene reabrir viejas heridas? Con tanto agravio, no me extrañaría que Juan Carlos se viera obligado a viajar a Botsuana otra vez con nuestro dinero. Matar un elefante ayuda mucho a aplacar iras y diluir bilis.

El columnista Ignacio Camacho, para compensar, se bebió un quilo de azúcar antes de arrodillarse ante “la visión demiúrgica del rey” y recordarnos a todos los plebeyos que “esos episodios de falta de ejemplaridad son errores de decadencia que se perderán en la hojarasca”. Margaret Mitchell no lo hubiera descrito mejor.

Salvo ABC, el resto de periódicos se portó con donosura y elegancia. La Razón fue el único con la delicadeza de otorgarle portada al cumple. En El País, Juan Francisco Fuentes destaca entre los méritos de Juan Carlos el de “desterrar el borboneo”. Pues si Juan Carlos no borboneó, cómo serían los otros borbones, se pregunta uno.

Páginas más adelante, Mariola Urrea nos ofrece una curiosa visión de los años finales del juancarlato:  “Dicen los que conocen a don Juan Carlos que en los últimos años reclamaba para sí poder hacer aquello que mejor se acomodaba a sus deseos y no tanto lo que era requerido en el marco de su responsabilidad institucional. Creía que se lo había ganado gracias a sus años de servicio a España […]. Quién sabe si, en realidad, es este el verdadero reconocimiento que don Juan Carlos espera poder recibir durante este año de celebraciones”. O sea, que lo dejen en paz, que desaparezca, que se momifique sobre una tumbona. Los panegíricos los carga el diablo.

Francesc de Carreras, en el mismo diario, nos señala que “Don Juan Carlos ha sido un rey astuto, intuitivo, valiente y popular”, aunque “sus últimos años se vieron turbados por su exceso de confianza en un yerno desleal, al que se añadieron otros episodios menores, pero desafortunados, de su vida privada”.

Lo del “yerno desleal” es francamente hermoso. Y nos viene a dar la clave de la visión global que nuestros periódicos tradicionales quieren vendernos sobre la monarquía: una institución que sufre gigantismo en los aciertos y esconde la daga en los errores. JC tenía que saber de las deslealtades de su yerno por lógica sumaria: como jefe de Estado, tenía a los servicios de inteligencia bajo su mando.

Cuando los historiadores del futuro repasen nuestras hemerotecas, no podrán construir una biografía objetiva de JC, pero sí la de su pueblo. Como se demuestra una vez más, España es un país empeñado en no estudiar su propia historia. Prefiere el retrato embellecedor a la verdad goyesca. El photoshop a la gimnasia adelgazante. Así nos va.