Opinion · ¿Tendrá futuro la UE?

¿Y si todos fuéramos finlandeses?

Las pasadas elecciones celebradas en Finlandia el 19 de abril ocuparon el lugar justo en los rotativos diarios, en los informativos de televisión y en la prensa digital: apenas un breve espacio de tiempo y, en general, solo el día posterior a la celebración de los comicios.

Lo propio quizá para nuestros pagos, a fin de cuentas, se trata de una nación de menos de cinco millones y medio de habitantes y cuyo peso económico no es determinante en Europa: un PIB de 200 mil millones de euros en 2014, más o menos. Y desde que Nokia fue vendida a Microsoft el pasado año nos quedamos sin muchas cosas que decir de este país salvo que tiene una educación excelente según los Informes PISA.

El dato más llamativo de las elecciones es el hecho de que, como en otros lugares, un partido xenófobo y sospechoso de más cosas, llamado Verdaderos Finlandeses, dirigido por un personaje de los que dan grima: Timo Soini, ha conseguido auparse a la segunda plaza en número de escaños (la tercera en número de votos).

Pero creo que ese pequeño país puede ayudarnos a entender mejor qué está pasando en Europa y qué podemos esperar del surgimiento y consolidación de organizaciones políticas que, aparentemente, rompen el tradicional sistema de partidos articulado alrededor del eje izquierda-derecha.

Las elecciones las ha perdido la coalición encabezada por el Partido Conservador y que fue el vencedor de los comicios de 2011. Los cuatro partidos que formaron esa coalición hasta el final (el Partido Conservador junto con el Partido del Pueblo Sueco y el Partido Cristiano-Demócrata, además del socialdemócrata) pierden votos y escaños.  El conjunto de esos partidos pasa de 101 diputados a 85. Los dos únicos partidos que ganan votos y escaños, son el Partido del Centro que lidera el empresario Juha Sipilä, partido en la oposición hasta ahora y futuro primer ministro, y los Verdes. La Alianza de Izquierdas pierde 2 escaños y un punto.

El Partido de los Verdaderos Finlandeses que en 2007 tenía algo más del 1% de los sufragios y 5 diputados, pasa a tener en estas elecciones 38 escaños y un 17,60% de los sufragios. Pero pierde un diputado y casi dos puntos respecto a los comicios de 2011.

La Alianza de Izquierdas participó en el gobierno después de las anteriores elecciones y hasta 2014, así es que parece más que probable que haya pagado también el coste de la gestión y de la crisis económica, además de ser un partido marcado por divisiones y confrontaciones traumáticas habituales.

En fin, estamos ante un resultado que puede interpretarse en términos de voto económico: castigo a los partidos de la coalición gobernante que han sido incapaces de poner freno a la recesión.

Por otra parte, podemos constatar la consolidación de un nuevo clivaje en el escenario político alrededor de temas como la Unión Europea, la identidad nacional, la inmigración y eso que se ha denominado “egoísmo del bienestar”.  Es decir, en la irrupción de nuevos actores los factores nacionales o estatales cuentan y mucho.

Pero por muy importante que pueda pensarse sea la irrupción de esta nueva fuerza su papel remite a la presentación de nuevas demandas y a su capacidad de condicionar la agenda gubernamental y las políticas públicas.

La estabilidad del sistema político finlandés no se ve conmovida por esta presencia singular. Como es así, por otra parte, en prácticamente todos los países de Europa Occidental. Salvo el caso italiano, en el resto de países la irrupción de nuevos actores no ha quebrado el sistema bipolar tradicional articulado alrededor del eje izquierda-derecha. De hecho, desde 1960, el único dato relevante en el sistema de partidos surgido de la Segunda Guerra mundial es el colapso electoral de los partidos comunistas y su minimización representativa. Pero hasta mediados de la década de los 80 este cambio venía expresándose como transferencia de votos dentro del mismo bloque electoral.

Como muestra el caso de Ciudadanos en España, especialmente, la consolidación de nuevos actores sirve, adicionalmente, para limitar la transferencia de votos entre bloques y asegurar el espacio de representación de la derecha política.  Los intentos de generar, desde la izquierda social, espacios transversales de representación que fueran más allá de los bloques tradicionales sólo ha tenido éxito, de momento, en Grecia y lejos, en todo caso, de los niveles de representación conseguidos en otros momentos por Nueva Derecha o por el Partido Socialista.

Ni los Verdes-Verdes, ni los ecosocialistas ni las diferentes refundaciones socialdemócratas en varios países han obrado el milagro de reconstruir un partido reformista, nacional y en condiciones de sobrepasar el tradicional clivaje izquierda-derecha. No es que tal cosa no pueda ocurrir, es que de momento no ha ocurrido.

Por otra parte los partidos socialdemócratas, con crisis y todo, siguen siendo la referencia política más votada en la izquierda. Convendría no obviar este hecho. El mantra según el cual la socialdemocracia está en una crisis irreversible y terminal, supuestamente porque han desaparecido las condiciones objetivas para su existencia, debería dejar de enunciarse como una verdad convertida en propuesta política. Las confusiones implícitas en esa relación son tantas que necesitan de otro artículo para ser explicadas.

Los nuevos actores no son solo un fenómeno reactivo, no representan solo un “cansancio de la participación tradicional” y, por lo tanto, un fenómeno transitorio. Son la expresión de la emergencia de nuevos clivajes sociales en busca de representación, del legado político y moral de tres décadas de neoliberalismo salvaje y de crisis de lo público y de cambios sociales profundos que han subvertido la dinámica propia de la representación tradicional. Son vectores que miran en direcciones diferentes y que pueden ser construidos como espacios de representación en función de las singularidades de cada país. Lo que puede dar lugar a una o varias fuerzas políticos en ese espacio.

Pero, hasta ahora, la experiencia muestra la consistencia del eje izquierda-derecha como imaginario político, como identidad incluso y como espacio de representación partidaria. La nueva complejidad no borra esas fronteras, las reinterpreta. No es lo mismo.