Por qué sería deseable un acuerdo de las izquierdas en España

Pedro Chaves

Este ha sido siempre un tema en el que la deseabilidad general del enunciado -la unidad de la izquierda- se compadece mal con las prácticas que lo harían posible. De modo y manera que la “estrategia” de un amplio acuerdo de las izquierdas (deseable) rara vez encuentra el modo de materializarse en compromisos concretos bajo la excusa de los imponderables “tácticos” de la ocasión: que si la coyuntura, que si el contexto general, que si las declaraciones de tal o cual dirigente de alguna de las fuerzas concernidas. Y en esas seguimos.

Algunos siguen queriendo construir “pueblo” y otros encuentran que el acuerdo de las izquierdas podría producirse después de las elecciones pero no antes.

Al mismo tiempo se hace política con la calculadora electoral en la mano, de manera que las alzas o bajas ocasionales en el mercado electoral condicionan la oportunidad de un mayor o menor acercamiento de las izquierdas. No es raro encontrarse en estos días análisis, que se pretenden de largo aliento, cuyo argumento sustancial es que tal o cual partido se debería pensar mejor lo que está haciendo porque las encuestas dicen que no les está yendo bien.

No soy de los que piensan que no deban tenerse en consideración las encuestas, pero es incluso más interesante tener en cuenta las elecciones mismas. Éstas ya dijeron que la estrategia populista, esa amparada en la “construcción del pueblo” había fracasado de manera notable y con pocas posibilidades de recuperarse. La existencia de Ciudadanos había cortocircuitado el trasvase de votos entre los bloque derecha-izquierda. A algunos les puede parecer que fue por poco, pero es una visión interesada. En realidad lo que hizo dignos unos resultados que, de otro modo, hubieran sido decepcionantes -respecto a las expectativas-, fueron las confluencias de izquierdas que se produjeron en sitios como Catalunya o Galicia. Alianzas éstas organizadas en una lógica diferente a la vocación populista.

Con la calculadora en la mano alguien debe creer todavía que las elecciones en ciernes darán un respiro a esta opción produciendo el sorpasso famoso con el PSOE. Parece poco probable y, de hecho, lo que parece seguro es que los resultados conseguidos sólo se volverán a repetir si se repiten, también, las coaliciones electorales multipartido que se fraguaron en los anteriores comicios generales.

Por otra parte ha cambiado el zeitgeist, ese espíritu del tiempo que condiciona de manera tan poderosa la política y a sus actores. El dilema entre vieja y nueva política, tan presente en el ciclo político desde las elecciones europeas hasta las elecciones generales, está amortizado en este momento como factor de cambio.

El tiempo no pasa en vano ni en balde y cobra su precio. La ilusión por la nueva política dura el tiempo en el que es posible visibilizar un cambio real de la situación. Y se agota si este cambio no se produce o no ha surtido los efectos esperados y las expectativas depositadas en determinados actores. A fecha de hoy insistir en esa situación dilemática ya solo movilizará el voto de los fieles y no diré que no son pueblo, pero parecen pocos en relación con el resto de pueblo que se decanta por otras opciones.

De otra parte, la idea de hacer cobrar los errores de cada cual en los procesos electorales y derivar a un momento posterior la lógica del encuentro de las izquierdas, da por hecho cosas que convendría demostrar para hacer plausible el razonamiento. En primer lugar, en los sistemas parlamentarios las elecciones son un momento de la estrategia política, son un espacio de visibilización de la política, irrepetible. Son la ocasión para mostrar las cartas programáticas, y también políticas, para tratar de convencer a los propios y a algunos de los ajenos.

En segundo lugar, la persistente manía de creer que las elecciones dicen lo que a uno le gustaría que dijeran se topa siempre con la evidencia de que las elecciones suelen decir una cosa y otras muchas más adicionalmente, a veces incluso contradictorias. Entre otras razones por esa condición estratégica de los comicios en el proceso político y por el hecho de que la interpretación de los votos dirime varias cuestiones simultáneas de la agenda.

En mi opinión, el escenario político después de estos tres meses de negociación y postureo no se parece en nada al ciclo político vivido entre las elecciones europeas y las generales y tampoco al que se abrió después de los resultados de las generales. Y el nuevo ciclo es más favorable al mantenimiento del status quo que el anterior. Si ya en el anterior ciclo que cerraban las elecciones generales,  constatamos la resistencia del modelo bipartidista, que acusaba el golpe pero no caía tumbado en la lona, ahora podemos vivir un retorno a la “necesidad de gobernabilidad” que favorezca a los partidos del sistema, frente a los partidos alternativos.

Ya constatábamos en relación con los resultados de las generales el hecho de que los partidos del sistema, incluyendo aquí al PP, al PSOE, pero también a Ciudadanos le daban una paliza soberana a las opciones de cambio y de ruptura constitucional.

Y si este va a ser, someramente, el escenario de las inevitables próximas elecciones no va a entenderse muy bien que las izquierdas no hagan un esfuerzo para presentar una propuesta estatal en condiciones de ser creíble como alternativa.

Las condiciones de esa oferta exigen una propuesta con dimensión estatal, en primera instancia: buenos acuerdos en algunas comunidades son muy importantes, pero no son suficientes.

Es imprescindible que el acuerdo sea percibido como una suma, no como un encastramiento de algunos ilustres en las listas de otros o como la subordinación mezquina de los partidos más pequeños, ahora, en el paraguas de Podemos.

El acuerdo debe expresar una voluntad decidida de ir más allá de los límites partidarios que hoy existen, de manera que se haga visible la voluntad por recuperar la vivacidad de lo social en el proceso político. Y eso afecta al nombre de la cosa.

Es imprescindible dotarse de un método que permita el empoderamiento social en el proceso: primarias abiertas para la elección de las listas, etc.

Debe hacerse visible también la condición plurinacional del acuerdo, de manera que se emita una señal clara sobre el asunto de la condición multinacional de nuestro estado.

Por último, el acuerdo debería ayudar a hacer creíbles -no solo pensables- propuestas que puedan entenderse como una mejora sustancial de la vida de las gentes, empezando por los y las más desfavorecidas: pobreza y exclusión; recuperación del estado social; mejoras sustanciales en educación, sanidad y justicia; una apuesta por la solidaridad en el asunto de los refugiados etc. A la política del 1% se responde con una lógica de una mayoría social, no con versiones prêt-à-porter de la vanguardia de siempre. Los delirios de “revolución democrática”, “crisis de régimen” y demás, mejor para otro ratito.

Si se trabaja para estas condiciones es probable recuperar la ilusión del cambio en el espacio de la izquierda. Se extiende el desánimo y casi peor que esto, la indiferencia y el abandono. Sobre este sustrato moral y anímico no hay unidad de la izquierda que se construya. Cambiarlo para hacer mejor la vida de las mayorías requiere de muchos esfuerzos desde ahora mismo y que puedan plasmarse en las elecciones. ¿Llegaremos tarde otra vez?