Opinion · Rosas y espinas

Harry el Facha

 

El gran Clint Eastwood apareció por sorpresa esta semana en una convención republicana para dar su apoyo a Mitt Romney. La puesta en escena fue peculiar. Eastwood se sentó frente a una silla vacía, que se suponía ocupada por el fantasma hawaiano de Barak Obama, y le reprochó al presidente el incumplimiento de promesas como el cierre de Guantánamo o sus políticas laborales, que han elevado la cifra de paro en EEUU hasta los 23 millones de desempleados.

Parece paradójico que Eastwood critique a Obama por traicionar sus ofertas más izquierdosas mientras apoya a una de las derechas estadounidenses, y es que en EEUU existen dos derechas y nada más. Porque, evidentemente, Romney no va a cerrar Guantánamo si llega a la presidencia. Y, si lo hiciera, Eastwood necesitaría enfrente dos sillas vacías. Pero es precisamente esta paradoja la que nos confirma que la grandeza del arte está siempre por encima del artista, que acostumbra ser un patán presuntuoso, sin que este sea el caso de mi admirado Eastwood. Aunque su performance haya sido una rigurosa fascistada.

Eastwood es republicano de toda la vida. Nunca lo ha ocultado. Llegó incluso a ser alcalde republicano de Carmel, su pueblo, en 1986. Pero uno ha visto pocas películas norteamericanas tan progresistas como las de este genio de derechas que prefiere en presidencia a un empresario que a un abogado.

Gran Torino es un escupitajo al racismo yanqui protagonizado por un racista violento y posfascista que se despereza y se hace ángel redentor de su sociedad y de sí mismo. En Million Dollar Baby, un católico irlandés acaba concediéndole la paz pecadora de la eutanasia a su boxeadora tetrapléjica. En Ejecución inminente se puede atisbar el reflejo de una esvástica en el cristal tras el que se va a ajusticiar a un condenado a muerte. Mystic River nos demuestra que el dolor personal, por infinito que sea, nunca puede ser excusa para tomarse la justicia en propia mano. Bird, la inmensa película sobre Charlie Parker, es un solo de saxo, en libertad sostenida mayor, que rezuma anarquismo.

El cine de Clint Eastwood, en resumen, hace propaganda progresista y bastante radical desde los ojos de un fulano de derechas. El gran arte es fricción entre nuestro pensamiento y lo que aun no nos atrevemos a pensar. Es un conflicto entre nuestra ideología y LAS IDEAS mayúsculas, que no son de nadie y nos arrebatan. En esto se percibe que la política nunca podrá ser un arte.

Varios periodistas veteranos de la Norteamérica han coincidido al tuitear que nunca habían visto nada semejante en un acto político. Y es que en política, por desgracia, no existen obras de arte y ensayo. Los organizadores de la convención se han disculpado con la boca chica, tras la performance, asegurando que no se esperaban eso, que no estaba programado así, que llamaron a Harry el Sucio y les vino Émile Zola, que no saben ni quién es, monologando otro J´accuse. Aunque, la verdad, bastante fascistoide.

Olvidaré este día y acudiré a ver la próxima película de Clint Eastwood esperando que derribe mis cimientos con un nuevo huracán de libertad. Porque estoy seguro de que el arte superará otra vez al artista. Y su arte nos relatará cosas que al artista nunca le dejarían pronunciar en una convención republicana. Al arte de Eastwood, en una convención republicana, también lo sentarían en una silla vacía. A los jodidos yankis no hay quien los entienda.