El discurso del Reydículo

franco(Transcripción exacta del discurso de Navidad de don Juan Carlos I: salvo las frases verdaderas)

Llega la navidad con sus nuevos deseos e ilusiones. Con sus copitos de nieve cayendo sobre las ramas inclinadas de los árboles, o alineándose sobre las cisternas de los váteres del Congreso de los Diputados para ser esnifados. Los copitos de nieve improvisan muy diversas estrategias en Navidad, españoles. Llegan los Reyes Magos, con sus regalos, y llega el mensaje de vuestro rey, yo, Juan Carlos I, con mi consuetudinaria campechanez. Llega la azarosa lotería, que por primera vez este año no le ha tocado a ningún Fabra. Llega el tercer año de Rajoy, para colmar de felicidad al mundo obrero. Llegan los nasciturus de Gallardón, regando de felicidad el futuro de las mujeres que han perdido el derecho a decidir sobre su cuerpo, pero han entregado a Dios su alma. Llega un tiempo nuevo. Por muy imbécil que seas, lo mejor de ser rey viejo es que cada año encuentras a tu país más joven. No precisamente porque el país se modernice. Todo lo contrario. Es que lo ves más infantil de lo que lo encontraste. Y me ha dicho Sofía que eso, para seguir yo siendo rey, no es precisamente malo.

Es indiscutible que la crisis económica que sufre España ha provocado desaliento en los ciudadanos, y que la dificultad para alcanzar soluciones rápidas, así como los casos de falta de ejemplaridad en la vida pública, han afectado al prestigio de la política y de las instituciones. Sin embargo a mí, como monarca, lo de vuestras soluciones rápidas me la trae floja. Sois un pueblo de mierda que se ha dejado empobrecer a costa de los elefantes que mato, de las Corinnas que me trajino y de los banqueros que sufragan mis vicios mientras con vuestra miseria los rescatáis de su hiperabundancia, que engorda.

jcSé que la sociedad española reclama hoy un profundo cambio de actitud y un compromiso ético en todos los ámbitos de la vida política, económica y social que satisfaga las exigencias imprescindibles en una democracia. Es verdad que hay voces en nuestra sociedad que quieren una actualización de los acuerdos de convivencia.

La convivencia, como todo el mundo comprende, es el equilibrio entre mis privilegios, y los de mi gente, y vuestra mansa apatía. Y sobre esa ejemplar forma de convivencia debemos de articular nuestro futuro y la ausencia del vuestro. La salud moral de una sociedad se define por el nivel del comportamiento ético de cada uno de sus ciudadanos, empezando por sus dirigentes, ya que todos somos corresponsables del devenir colectivo.

Cuando os hablo de salud moral, españoles, sé de lo que me hablo, porque yo antes andaba mucho mejor de salud que de moral, aunque ahora se me van igualando. Y os conmino a observar, con paciencia y resignación cristiana, cómo mi hijo, cuyo único mérito es ser alto, va a ser rey de España, mientras vuestro hijo biólogo, vuestro médico, vuestro filólogo o vuestro nascisuturus indeseado va a terminar limpiando váteres en los arrabales de Mönchengladbach. Mi moral y vuestra salud son, a mi pesar, antónimos.

Mi posición me ha permitido vivir las múltiples vicisitudes por las que ha atravesado España, a la que he dedicado mi vida. He visto momentos malos y buenos y siempre hemos sabido los españoles salir juntos de los malos y construir juntos los buenos.

De hecho, cuando en octubre de 1975 acompañé a Franco en el balcón del Palacio Real, para apoyar con mis aplausos los últimos fusilamientos revanchistas de la dictadura, lo hice pensando en que era bueno para España. Y para mí tampoco estuvo mal. Después de aquello, Franco se subió en un taburete y me puso en la cabeza esta corona. Desde entonces no he hecho más que trabajar por España y matar a todo aquel elefante que, desde Africa, amenazara la unidad de la nación con su antipatriotismo. La nación española es indisoluble, razón por la cual nunca la he confundido con un azucarillo.

Por último, significaros que nuestro gobierno y la banca March, o la que sea, siguen trabajando en sintonía para alcanzar vuestro bienestar y permitir que hoy os pueda decir, con el orgullo de ser vuestro rey y de ser español: ¡Feliz 1936 en 2014, españoles casi todos!

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(Han de perdonar los historiadores serios que este artículo compare 2013 o 2014 con un tal 1936, pero los paletos que no sabemos de Historia maliciamos que en estos años nos están dado un golpe de Estado. Disculpen los historiadores las molestias).