Shangay mordaza

Shangay-LilyMientras entra en vigor la ley mordaza, esa que nos puede costar 30.000 euros de multa por intentar detener un desahucio u okupar un edificio para habilitar un comedor de niños pobres, se cuela por la ventana de mi chabolo el último libro de Shangay Lily como una golondrina acalorada. La golondrina se llama Plasma Virago, vida y obra de un poeta homociborg anticapitalista, y está emplumada por la editorial Huerga&Fierro. Como todas las golondrinas intrusas, se golpea contra las paredes y los cristales sin saber salir, rompe alguna bombilla, tira un cenicero y se caga sobre el canto del libro de un poeta asustado. Los libros sobre libertad siempre nacen cautivos.

Ya no habrá callejones.
La lluvia no mojará nuestros clandestinos paseos.
Aquellas blandas conspiraciones ante un capuchino
servido en un terraza de moda no volverán.

Canta la golondrina para conjurar su terror.

Pero nadie conoce a nadie que haya vuelto.
Se murmuraba en los foros del antiguo internet,
antes de que lo privatizaran, que un tal Gagarin jr. volvió.
Y lloraba día y noche. Y no sabía explicar.
Había olvidado ser humano.
Solo repetía con ojos desorbitados:
“Es bueno. Todo es bueno”.
Y lloraba día y noche. Sin parar.

Al final la golondrina de Shangay se quedó a vivir en casa, porque uno no debe dejar que vagabundee por ahí tanta tristeza o tantas ganas de pelea.

Nuestros cuerpos fueron atravesados por bayonetas,
por misiles, por crucifijos, por sables, por alambradas.

Conocí a Shanghay Lily hace algún tiempo, no demasiado, y lo primero que hizo fue echarme una gran bronca.

–A ver, niña -me llama niña a menudo–. Una drag-queen no es un travesti. Un travesti es un señor que se disfraza de señora. Una drag-queen es una revolucionaria con un mensaje.

Shangay me hizo comprender poco a poco que la lucha por los derechos de los homosexuales no es algo social ni sexual ni fashion ni literario ni postural sino político. Que es, me ha venido a decir, un capítulo más en el asunto de lucha de clases.

–De verdad, hija. Es que no te enteras de nada.

Nosotros conquistamos tus derechos.
Y cuando agonizaba nuestro tiempo,
entre ignorados temblores de muerte
descubrimos que nunca nos visteis.

Plasma Virago, el poeta de este libro, es un personaje excepcional. Nació en el siglo XXIV, época en la que el Estado de Israel vindicaba sus derechos sobre Nueva Gaza en la Luna. “El Tribunal Interplanetario de Justicia había dictado varios decretos que daban derecho al estado de Israel para reclamar territorios históricamente ligados con el pueblo judío. La explicación de que al haber sufragado el estado de Israel el transporte de los palestinos desde Gaza hasta Nueva Gaza en la Luna, el territorio tenía lazos con el pueblo judío”.

Pero un atentado, no reivindicado jamás, mató a los padres de Plasma Virago y a él le tuvieron que reconstruir parte del cerebro, tronco y brazos y se convirtió en un cíborg. Durante su recuperación, leyó libros olvidados, no codificados, y después inspiró “la mayor revolución de la historia a través de la poesía”.

Era el de cíborg un tiempo como éste, en el que “hacía ya mucho que la política se consideraba un error de la humanidad que había causado más problemas que beneficios. Ya en el siglo XXI una poderosa generación de filósofos había desechado la división de la política en izquierdas y derechas como una trampa anti-revolucionaria […]. La economía sustituyó a la inefectiva política y consiguió expresar con mayor certeza las necesidades y demandas de una población ajena a ideologías polarizadas”.

“Las religiones aspiran a hipnotizar en masa a la población, para distraerla de sus verdaderos problemas y convertirlos en los autómatas que mis amigos robots jamás serían”, escribía el homocíborg cuando ya “una ley de 2254 había prohibido cualquier manifestación atea como agresión al sentir general”.

Plasma Virago se desconectó una tarde, antes de que sus ideas revolucionaran a seres humanos, cíborgs y robots. Me moriré en París con aguacero, leía a César Vallejo antes de arrancarse las pilas, supongo.

Me despierto hoy con la extraña premonición de que mi golondrinita intrusa ha amanecido muerta. Pero no. Ahí está. Asomada a la ventana. Supongo que tendré que reeducarla para que no se deje ver tan descaradamente. Su sola presencia me puede suponer 30.000 euros de multa desde hoy, y no están los tiempos como para dispendios becquerianos. Ya sabía yo que, tarde o temprano, mi amigo o amiga o como quiera decirse Shangay Lily me iba a meter en algún lío.