Podemos de Luxe

Al final parece ser que Podemos no nació para asaltar los cielos, sino para distraer a los españoles cuando descansan las estrellas de Sálvame de Luxe o de Gran Hermano. Ayer mismo, en los mentideros de la Villa y Corte se hablaba más de la escena parlamentaria entre Íñigo ErrejónPablo Iglesias que de la elegía hernandeziana de Mariano RajoyRita Barberá, del nombramiento del turbio Arsenio Fernández de Mesa en Red Eléctrica, o de Donald Trump en general.

La política como medio de entretenimiento de masas es un fenómeno que, en España, le debemos mucho a Podemos. Cuando nació el 15-M, germen de la formación morada, las televisiones y las radios empezaron a fijarse en estos muchachos porque eran raros, inexplicables, fenoménicos. Eran la mujer barbuda de ese circo llamado España. Los espectadores patrios descubrieron entonces a Gramsci y a Chomsky sin leerlos, y desenterraron de sus cunetas mentales un mito conocido como segunda república española.

Paradójicamente, los primeros medios que dieron barra libre opinadora al Podemos germinal fueron los de la ultraderecha. Quizá consideraban que alentar divisiones en la izquierda era un plan fabuloso. No lo sé. Es una teoría que rueda por ahí pero que yo no comparto. Yo creo que les daban tanta cancha porque eran pintorescos y no tenían futuro. Es España es pintoresco cualquiera que hable dos idiomas, que haya leído más de tres o cuatro libros gordos, y que no grite en los platós. Iglesias, Monedero, Errejón y otros subversivos del montón eran observados por los comunicadores y sus audiencias como el entomólogo que se asombra de un insecto que habla. El prime time había descubierto que es más rentable un idealista cultivado que Uri Geller doblando cucharas con el intelecto.

Ya he apuntado, también, que otra de las razones por las que el caretovetonismo ultra español abrió sus salones mediáticos a los podemitas es porque no tenían futuro. Era obvio. En España jamás ha triunfado un político por su estatura intelectual. La musa transicional Carmen Díez de Rivera solía reírse cariñosamente de su jefe Adolfo Suárez por la incapacidad genética del presidente para abrir un libro, cualquier libro. Mi querido editor Ramón Akal va presumiendo por los bares de que él tiene editada la obra completa de Felipe González: un prólogo. José María Aznar, para darse lustre, leyó un poco a Antonio Machado  y otro poco a Manuel Azaña, no entendió a ninguno de los dos, prefirió seguir con los abdominales y delegó en su esposa la responsabilidad literaria familiar. José Luis Rodríguez Zapatero aprendió economía en dos tardes. Y Mariano Rajoy, ay, el ínclito, nuestro amado líder, está demasiado ocupado en leer y releer la constitución europea hasta que exista. Con este panorama, es absurdo pensar que un jovenzuelo con biblioteca pueda llegar a presidente.

Podemos nació de la sobrexposición mediática de una rareza intelectual, pero ahora ha sido engullido y digerido ya como realityTania Sánchez y Pablo Iglesias cortaron su relación por twitter. Y no lo hicieron en los platós de La Sexta porque a Antonio García Ferreras no se le ocurrió inventar el follómetro. Ayer la atención informativa de lo que sucede en el Congreso (sede de la soberanía popular, en todos los sentidos) se centró en la bronca escañera entre Íñigo y Pablo, como si el futuro de España dependiera de sus desamores o amistosas cuitas. Los ideales y los idealistas son como la nieve, que deja de ser bella en cuanto alguien la pisa.