‘Procesismo’ catalán

“La realidad que llamamos Estado no es la espontánea convivencia de hombres que la consanguinidad ha unido. El Estado empieza cuando se obliga a convivir a grupos nativamente separados. Esta obligación no es desnuda violencia, sino que supone un proyecto iniciativo, una tarea común que se propone a los grupos dispersos. Antes que nada es el Estado proyecto de un hacer y programa de colaboración. Se llama a las gentes para que juntas hagan algo. El Estado no es consanguinidad, ni unidad lingüística, ni unidad territorial, ni contigüidad de habitación. No es nada material, inerte, dado y limitado. Es puro dinamismo –la voluntad de hacer algo en común–, y merced a ello la idea estatal no está limitada por término físico alguno”.

José Ortega y Gasset, ese pensador al que todos nuestros políticos fetén citan pero ninguno ha leído, escribió esto en los periódicos españoles de 1927, año rapsoda por excelencia, para después incluirlo en La rebelión de las masas, “ensayo de serenidad en medio de la tormenta”. Me voy a poner negacionista climático: desde entonces, en España y en Europa seguimos bajo la misma tormenta, con los paraguas tan destrozados de entonces, ya solo utilizables para seguir batiéndonos a bastonazos bajo el incesante aguacero nacional.

En pleno juicio por las urnas de papel de fumar de aquel 9-N, no se nota que sobre las palabras de Ortega hayan transitado ya 90 años.

Me entero por mi caro Fernando ‘Radiocable‘ Berlín de que un periodista francés, Henry de Laguerie, acaba de acuñar el término procesismo para definir la tesitura catalana. Lo que viene a sugerir el transalpino corresponsal es que los líderes secesionistas catalanes no son realmente independentistas, sino procesistas. No buscan tanto el descanso del fin como la adrenalina del medio. No quieren vencer ni ser derrotados, pues morirían de aburrimiento sin el fragor de la batalla, los juicios, las esteladas, los baños de multitudes, los tres por ciento, las consultas, las rufianadas, los desplantes al Borbón y demás abalorios confiteros del procés.

Sin embargo, yo creo que Laguerie no se da cuenta de que ese procesismo es también vicio común de los grandes partidos del toro: PP y PSOE. Sostengo que tanto PP como PSOE son tan procesistas como los convergentes y los esquerros. No quieren que el conflicto acabe. Juegan a enconarlo. Les beneficia electoralmente que siempre, sea desde Catalunya o desde Euskadi, alguien les dé excusa para pronunciar lo de “la sacrosanta unidad de España”. Saben que cada vez que pronuncian esa frase, la vieja izquierda y la nueva izquierda pierden un voto. Porque la verdadera izquierda no enarbola dogmas ni soluciones al conflicto. Y lo que quiere el español medio, el humano medio, el votante medio, el explotado medio, son dogmas. La verdadera izquierda solo expresa dudas, y me parece un punto de partida admirable para iniciar un entendimiento, un intento hermanador, un debate. No quiero certezas, prefiero la felicidad intelectual que me proporcionan mis dudas, parafraseando al otro. Pero cuéntale esto a Soraya Sáez de Santamaría, al comisario Villarejo, a la gestora del PSOE o a sus respectivos votantes.

El procesismo no sería un problema en sí, sería tan solo inofensivo esparcimiento, si no fuera porque nos distrae de nuestras cuitas esenciales, cual el paro, los desahucios, los hambrientos, la prostitución, los explotados, los refugiados, los ladrones, los maltratos, la epidemia de idocia, el calentamiento global y el precio de la luz.

El procesismo es un estado mental consistente en usar lo menos posible la mente. No vaya a ser que algún día alcancemos una solución razonable y llena de dudas, y empecemos todos a ganar tiempo y arriesgar votos.