Michi Panero y Bartleby

Cuando se murió, a Michi Panero le escribió un hermoso epitafio uno de sus últimos amigos: Enrique Vila-Matas. Recuerdo una entrevista crepuscular de Michi moribundo en la que se jactaba de que ya solo Vila-Matas iba a verlo a su piso madrileño de la calle Ibiza. “A su muerte, alguno de esos que él ya veía que no eran sus semejantes le ha llamado gandul en un artículo repugnante. En realidad, tras su ociosidad, ligada estrechamente a ese ennui que le condujo al aislamiento y a la pérdida temprana de la necesidad de tener un currículo (palabra extraña de la que tal vez se deriva el verbo currar o viceversa; hay quien curra para tener el Nobel, pero sólo tiene un premio en Perpignan), se escondían los lúdicos ademanes de la protesta vanguardista, con sus anhelos de que las cosas fueran de otra forma”.

Michi Panero, hijo de Leopoldo Panero y hermano de Leopoldo María y Juan Luis Panero, todos peligrosos poetas, contaba hasta hace nada con la inmensa dicha de ser el mejor escritor sin obra del siglo XX español. Ahora la editorial Bartleby –no podría ser otra para un escritor que ‘preferiría no hacerlo’– acaba de publicar Funerales vikingos, una colección de relatos que el Panero diletante había sepultado en una carpeta.

El libro se presenta hoy en la librería Miraguano de Madrid, y no lo digo por hacer publicidad, sino por advertir a los asustadizos: yo creo que Michi Panero se va a levantar de su tumba y se va a corporeizar allí para protestar. Eso sí, vestido de elegantes y aromados harapos.

No escribir es la más hermosa labor literaria que se pueda realizar. De hecho, casi un cien por cien o más de los amantes de la literatura eligen no escribir. Michi Panero nunca quiso escribir y ahora, con el tiempo, su silencio violado es una de las obras más esperadas de la literatura transmilenaria, esa que nos lleva de un milenio al otro para atrás y para delante sin horario fijo.

Yo no estoy seguro de que Michi Panero vaya a sobrevivir a su única obra. Ahora que se ha lacrado en tinta su silencio, enseguida se le olvidará. Pasará a ser un escritor más, cuando su gran valor consistía en ser el gran escritor menos.

Si nos pusiéramos mitómanos, mis queridos trolls, podríamos decir que Michi Panero, en su silencio, era la voz más autorizada de los hijos de los vencedores para contar la historia de nuestra transición. Y así lo hizo, en cierto modo, en El desencanto y en Después de tantos años. Son dos películas más que mudas, porque lo que más rompe los tímpanos es lo que callan. Igualito que nuestra transición.

Ahora se rasga el silencio elocuente de Michi Panero con este libro. Espero que no sea demasiado bueno. Que su obra no estropee su vagancia. Su ennui, como recordaba Vila-Matas. “Michi tenía aburrimiento (ennui, dicen los franceses), lo tuvo casi toda su vida. Bebía para no aburrirse o tal vez para aburrirse más. En los periodos de ley seca, yo sé que se aburría el triple. A su muerte, los periódicos españoles lo han tratado de escritor, cuando fue o quiso ser todo lo contrario”.

Ahora se presenta el primer libro póstumo de un tío que quería ser todo lo contrario que escritor. Descanse en paz. Sobre todo, el libro. Supongo que esta frase te gustaría, Michi: la posteridad, a veces, es más ajetreada que la vida. Por lo menos te han publicado los de Bartleby, tú que tanto amaste Melville.